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LA OBESIDAD: UN GRAVE PROBLEMA DE SALUD

Loli Godoy: «Te operan el estómago, pero no el cerebro»

EVA MELÚS

Loli Godoy, en la actualidad. 

Loli Godoy, en la actualidad.  / ELISENDA PONS

De pequeña a Loli Godoy le daban aceite de bacalao para que engordara. Después, ya no hizo falta. Dos veces ha pasado por el quirófano para reducir su estómago. ¿Qué ocurrió?

«Después de cada parto, me engordaba y me abandonaba», confiesa. Y con tres hijos, uno detrás de otro, se plantó en los 165 kilos. «Me ponía a dieta y no perdía nada. Cuando me enfadaba, saqueaba la nevera. Un trozo de tocino, salchichón, lo que hubiera… Me he llegado a despertar llorando a media noche del hambre que tenía y no me podía volver a dormir», revela. Loli sufría hipertensión, diabetes, problemas articulares. A principios de la década de 1980 se sometió a una prueba piloto de reducción de estómago en el Hospital de Bellvitge. «Cuando te operan el estómago, no te operan el cerebro», le dijo el médico al salir del quirófano. «Y ese es el problema: te operan el estómago, pero no el cerebro», añade ella a día de hoy, más de 30 años después.

La primera operación fue, aparentemente, muy bien y Loli se quedó en unos fantásticos 75 kilos. Sin embargo, como no le habían operado el cerebro ni los impulsos por comer, la cosa se torció. «Yo me ponía a comer y lo vomitaba todo», recuerda. «¿Y qué me apetecía? Alguna sopita. O mejor, un flan, que no tiene azúcar, o medio kilo de helado, que tampoco…», ironiza.

Un día se dio cuenta de que su vómito era marrón. «Se me había cerrado la boca del estómago», explica. Estuvo 15 días ingresada. Ya tenía 55 años, una edad en la que teóricamente ya no entraba en los circuitos para operarse, pero no había otra solución. Dos décadas después se ha estancado en los ciento y poco.

La obesidad le ha perjudicado sobre todo a la hora de buscar trabajo. «Hacía entrevistas por teléfono. Todo era perfecto, pero cuando me veían, ya no me contrataban», se queja.

En una ocasión, al coger un avión, en el mostrador de 'check-in' le plantearon que quizás debería pagar por dos asientos en lugar de por uno. «¿Y al que es flaco, qué, le hacéis pagar la mitad?», cuenta que les dijo con su gracioso acento granadino. La gente, afirma, es poco tolerante con la obesidad. «Si ven a una chica sin un brazo dicen 'pobrecita', pero si ven a una gorda dicen que cómo se ha puesto de comer. Y es verdad, pero es que el tema no es fácil», ese lamenta. 

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