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Dani Martín: ese chico sensible

Jordi Bianciotto

El tránsito de ídolo 'teenager' a artista de largo recorrido es una de las piruetas de mayor riesgo en el mundo del pop, una especialidad en la que abundan las estrellas estrelladas y los lánguidos fundidos a negro. Dani Martín está en ello desde que, en el 2010, su banda de éxito, El Canto del Loco, bajó la persiana, buscando un lenguaje personal y reteniendo a una base de público que ha aprendido a crecer con él.

Hacia ahí apunta ese premio Ondas al Artista del Año, fallado esta semana y que se entregará 9 de noviembre en la gala del Liceu. Distinción otorgada por su «valentía y humildad», reza el comunicado, y su «capacidad de innovadar y asumir riesgos». Bien, no es que Martín se haya pasado ahora a la música electrónica abstracta ni al post-rock, pero es cierto que sus tres discos en solitario revelan una inquietud, un afán por partir de cero y una voluntad de relativizar sus logros comerciales.

Una de sus causas
es dotar de respetabilidad a la canción de amor
(y de desamor)

Los títulos lo dicen todo: 'Pequeño' (como el álbum con el que, en 1999, Bunbury renació en solitario tras Héroes del Silencio), el homónimo, con aires de tabla rasa, Dani Martín y, ahora, 'La montaña rusa', publicado la pasada primavera tras realizar unos conciertos llamados La cuerda floja, en los que convocó a trapecistas, zancudos y payasos. Enunciados que transmiten a conciencia una idea de vulnerabilidad, de no dar nada por sentado, a juego con propuestas escénicas distintas.

DESENCANTO AMOROSO

En La montaña rusa vemos a un Dani Martín presuntamente descolocado tras un descalabro amoroso. Queda claro desde la canción que abre el disco, 'Las ganas'. «'Se cae el techo, no puedo respirar / ¿Qué habremos hecho para torcernos mal? / Y se han deshecho el cielo y el hogar / Y lo de dentro no se pudo salvar'», canta con cierta urgencia, arropado por guitarras rockeras.

Todo el disco suena más dinámico y pop que los anteriores, donde Martín parecía encaminado a convertirse en una versión siglo XXI de Pablo Abraira. Más cerca ahora de El Canto del Loco, pero igualmente dispuesto a airear las debilidades del corazón, su material lírico predilecto. Lo cual nos recuerda que una de las causas de Martín ha sido tratar de dotar de respetabilidad intelectual la canción de amor (y de desamor) entre las acusaciones de blandengue, y defender que el romanticismo y las emociones son ingredientes tan legítimos para el autor de canciones como la depresión, el suicidio, la confusión sexual, el surrealismo, el cosmos o cualquier otra de esas materias que tanto han entusiasmado a los críticos musicales en las últimas décadas.

DE "I LOVE YOU" A "TE QUIERO"

Dani Martín es ese chico sensible que apela a la tradición narrativa del pop anglosajón para justificar que se pueda cantar al amor sin ser un cursi. Aquella idea de que cantar «I love you»es fenomenal mientras que «te quiero» apesta. A punto de cumplir los 40 (el 19 de febrero), tiene edad para pensar cuál es su lugar en el mundo, en ese paisaje musical tan sujeto a vendavales. Sus predecesores pasaron más apuros: David Summers (Hombres G) no llegó a establecerse en solitario, Coque Malla (Los Ronaldos) lo está logrando ahora después de 15 años de travesía individual, y de los miembros de Modestia Aparte mejor no hablamos.

En estos días de barricada política, en que se repiensa la misión del cantante, del músico, en relación a su entorno, Martín no se sitúa en ninguna casilla. «A lo mejor hay cosas de la derecha que son interesantes y cosas de la izquierda que también. Hay que aprender a vivir con coherencia y saber que los grises, y no solo el blanco y negro, son importantes», argumenta en la biografía de Javier Menéndez Flores, 'Soñar no es de locos'. Identificado, quizá, con una perplejidad generacional, Dani Martín representa otra cara del signo de los tiempos. 

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