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Karl Schlögel, experto en historia soviética: "Putin es un dictador 'low cost'"

Karl Schlögel, experto en historia soviética: "Putin es un dictador 'low cost'"

Elisenda Pons

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Núria Navarro
Núria Navarro

Periodista

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Si alguien tiene una visión panorámica de la historia soviética y la Europa del Este es el historiador Karl Schlögel (Hawangen, Alemania, 1948), hijo de un soldado raso de la Wehrmacht que participó en la invasión de la URSS. Ha pasado allí parte de su vida y su esposa es rusa. Su último libro es el monumental ensayo 'El siglo soviético. Arqueología de un mundo perdido' (Galaxia Gutenberg), del que habló en el Palau Macaya de la Fundación la Caixa.

Su padre participó en la invasión de la URSS. ¿Tiene algo que ver con su pasión?

Sí y no. Formé parte del movimiento estudiantil, que seguía de cerca el juicio de Auschwitz, y debatirlo con mi padre, pero él era totalmente incapaz.  Antes de 'escapar' de casa, muy pronto, en la familia nadie hablaba de la experiencia nazi. Sé que a veces se reunía con otras personas que estuvieron en el frente oriental, pero creo que se sentía muy culpable. Pero mi interés por el tema venía de antes.

Cuente.

Me formé en un instituto humanista, donde tuvimos la oportunidad de aprender ruso. En 1965 viajé a Praga y se organizó un viaje a la URSS. Me fascinó. Y mientras en Holanda o en Francia el alemán estaba proscrito, en la URSS no sentí ningún tipo de agresividad por parte de los veteranos del Ejército Rojo. Fue muy extraño que los veteranos me invitaran a tomar vodka. ¿Cómo podían ser tan generosos con los hijos de los enemigos? ¿Por qué evitaban hablar de las terribles atrocidades que habían vivido?

¿Pudo usted entender a su padre?

-Después de su muerte, tuve en las manos su pasaporte, donde figuraban los lugares en los que había estado, y supe que era un soldado raso. Era un granjero. Durante el camino a Stalingrado fue conductor y lo evacuaron porque estaba enfermo. No le acuso.

¿Usted vivió la URSS?

Estuve durante la Perestroika, en los años 90. Viví aquel momento de incertidumbre y de caos. Mientras en la generación más vieja está aún presente el sentimiento de pérdida, la nueva generación, que viaja mucho, se pregunta: "¿Por qué no podemos vivir en un país normal?". El partido gobernante, que había controlado a los antiguos educadores, trata de volver a coger las riendas del control persiguiendo a las personas que utilizan las redes sociales. Un bloguero de Novosibirsk, una ciudad de Siberia, fue acusado y multado porque escribió: "El Pacto Ribbentrop-Mólotov fue una traición a los valores antifascistas de la Unión Soviética". Todos los post de Aleksei Navalni, ahora en prisión, y todas las personas que declaran su solidaridad pueden ser acusados de apoyar a extremistas y ser encerrados.

Señala a Putin con dedo acusador.

Es un tipo de dictador de nuevo cuño, pero aún no hemos acabado de entender. Putin rellenó un vacío que se produjo tras el hundimiento de la Unión Soviética. La mayoría de rusos esperaban que llegara alguien joven, enérgico, capaz de cargar con todo el peso del imperio perdido. Putin fue percibido como la pantalla donde todo el mundo podía proyectar sus aspiraciones. Y yo debo confesar que también. Tenía que inventar nuevas instituciones, encontrar un lenguaje, cicatrizar los traumas. Un colega húngaro dice que es una dictadura 'low cost'. No necesita ejército que reprima las calles. Cuando está entre la espada y la pared, le basta con el Novichok. La sociedad tiene miedo a perder lo que han obtenido en los últimos 30 años y la situación salga de control. Y él hace negocio con los traumas y utiliza ciertos éxitos, pero que no van en la dirección de mirar hacia el siglo XXI. No ha sabido modernizar el país. Los jóvenes están hartos de imperios y zares. Están impactados con lo que han visto en Shanghái. No entienden cómo es posible que en 30 años la China haya despegado mientras Rusia continua exportando recursos naturales.

¿El horror queda en casa, o Putin supone una amenaza?

La situación es aparentemente tranquila, pero un imperio en estado de desestabilización y que no conoce su propia identidad está abierto a situaciones críticas. Putin ha destrozado todos los pilares que habrían podido proporcionar alguna forma de debate abierto sobre qué camino tomar. Todo depende de él. Todo. Boquea el debate público sobre quiénes son, hacia dónde van, por qué están en guerra con Ucrania y Georgia, por qué se han implicado en Siria. Y nuestro modo de responder a esta propaganda no es suficiente. Occidente piensa que tiene que destruir la propaganda, pero la propaganda de tipo soviético era un fantasma, pero la de Putin mezcla medias verdades y mentiras, lo que complica el contrarrestarlo. Tiene conciencia de las debilidades de Occidente, conoce los conflictos internos, las fricciones, los equilibrios ideológicos y sabe dónde intervenir. No solo en términos tecnológicos, sino culturales.

Da aliento a la ultraderecha.

Putin no tiene principios. Utiliza a todo el mundo. La izquierda y la derecha alemanas van a visitarle. La izquierda critica a los oligarcas y el capitalismo primitivo y brutal, pero cree que hay que respetar a Rusia. Juega muy bien la carta de las diferencias nacionales con la intención de desestabilizar. No tiene nada que ofrecer a cambio. Él utiliza la potencia nuclear. Ahora está en estado de guerra. Hay una guerra real en Dombas, con dos millones de refugiados, 12.000 muertos. Es una guerra de bajo coste.

La palabra comunismo es sinónimo de horror. ¿No hay nada a rescatar del socialismo distributivo?

El legado de las aspiraciones originales, de igualdad y acceso a los servicios, fue recogido por el Estado del bienestar. En este sentido, son aspectos a conservar y que actualmente están desapareciendo. Rusia es hoy el país con las desigualdades más extremas entre ricos y pobres, entre la ciudad y el campo. Nunca he visto formas de riqueza desvergonzada como la he visto en Rusia. Lo extraño es que todos los oligarcas, beneficiarios de la transformación, han sido salvados con la ayuda del capitalismo occidental. Fueron a Londres, compraron toda Kensington, Benidorm y distritos enteros en Berlín. Rusia es una combinación de feudalismo y capitalismo, que no existe en otras partes. El capitalismo, por supuesto, no es la última respuesta de la Humanidad.

Usted es alérgico, de todos modos.

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Yo tengo los 20 volúmenes de Marx, he traducido parte de los de Lenin. Marx fue uno de los pensadores más brillantes del siglo XIX y no es responsable lo que hizo Stalin. Era un republicano demócrata, un hombre de mentalidad abierta. Ahora bien, cuando piensas en términos concretos. Feuerbach decía que no tenemos que interpretar el mundo, sino cambiarlo. Durante toda su vida, Marx intentó entender lo que estaba ocurriendo y dibujó un panorama materialista. Tomar el marxismo para repensar la realidad de nuestro mundo es un desafío. Los esfuerzos para hacer un análisis materialista de lo que ocurre es el reto para una nueva generación que ha tenido la suerte de vivir en un mundo pacífico y seguro. Nosotros éramos observadores de lo que ocurría en la periferia. Paradójicamente, vivimos a la sombra de la seguridad de la Guerra Fría, y ahora se ha disuelto, está emergiendo un tablero con distintos jugadores. No me explico cómo China ha despegado de esta manera. Max Weber en 1904 manifestó la misma sorpresa al llegar a EEUU.

En Rusia hay infraestructuras increíbles: 70 estaciones de metro en los últimos años. Pero fuera de estas comunidades amuralladas en Moscú hay un proceso de regresión en marcha. En la época soviética las aldeas tenían conexión con las ciudades, ahora están vaciados. Coexisten distintas capas de temporalidad. Puedes vivir en el siglo XVIII.