Selecto Ambigú

Rambla abajo, por soleares

El Tablao Cordobés 'descelebra' su 50º aniversario cerrado a cal y canto, pero con las ideas muy claras: el flamenco también es cultura

María Rosa Pérez Casares, propietaria del Tablao Flamenco Cordobés. 

María Rosa Pérez Casares, propietaria del Tablao Flamenco Cordobés.  / MARTÍ FRADERA

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Las manos a la espalda y el bozal en el hocico. Un paseo por la Rambla casi vacía, haciendo tiempo para el encuentro con María Rosa Pérez Casares, exbailaora y propietaria del Tablao Flamenco Cordobés. Aunque resulta placentera e insólita la descongestión de guiris, gofres y juguetes voladores, flota en el aire un no sé qué, un ramalazo de congoja que la luz de septiembre todavía logra encubrir. De saber entonar, lo suyo sería caminar por soleares, el palo más solemne y profundo del flamenco, con su tempo lento y melancólico, una soleá como las que estilaba Chano Lobato: «Tiro piedras por las calles/ y al que le dé que perdone/ tengo mi cabecita loca/ de tantas cavilaciones». No está el patio para fiestas por bulerías; tampoco el tablao, cerrado a cal y canto desde el estado de alarma. Seis meses sin que entre un euro en caja.

El local recibe al visitante con las sillas patas arriba, dispuestas sobre las mesas, como si tocara hacer sábado a fondo. Explica María Rosa que la pandemia mantiene a una cincuentena de trabajadores en el limbo del erte, mientras los artistas flotantes, sin bolos que llevarse a la boca, sobreviven mordiéndose las uñas, a base de clases con cuentagotas. Encima, un dedo acusador e imaginario parece culpar al establecimiento de su desgracia: «Claro, como habéis querido dedicaros al turismo, ahí lo tenéis…». Falso. El binomio Rambla y tablao activa un automatismo que remite a un flamenco de gato por liebre, de sangría y 'paellador', cuando por el Cordobés han pasado leyendas del cante y el baile como Camarón, Fernanda y Bernarda de Utrera, Farruco (abuelo) o Lole y Manuel, por hablar solo de los antiguos. En efecto, el 90% de la clientela del tablao son turistas -lo mismo pasa en Los Gallos, de Sevilla, o en el Corral de la Morería, en Madrid-, pero la deserción de público local no responde a una merma de calidad, sino a que los gustos han cambiado y quizá nos hemos hecho más comodones. Antes, la noche se remataba en Zeleste o en La Macarena; ahora, en el sofá con Netflix.

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Fundado en 1970 por los padres de la anfitriona, el guitarrista Luis Adame y la bailaora Irene Alba, el local se disponía a celebrar su 50º aniversario, con festejos y actuaciones de relumbrón, y, mira por dónde, el cumpleaños se ha ido al garete… ¿Reabrir? Impensable. El flamenco se lleva a matar con el covid, pues no habría cómo mantener las distancias de seguridad sobre la tarima del escenario ni entre las mesas. El tablao es calor y sudor, 'juntiña' e improvisación. El duende poco entiende de geles hidroalcohólicos. Para María Rosa, la palabra talismán es «resistir» como se pueda hasta marzo, cuando arranca la temporada turística.

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Ante el sombrío panorama, el Cordobés, junto con el Tablao de Carmen (Poble Espanyol) y Los Tarantos (plaza Reial), creó en julio una plataforma para solicitar ayuda institucional, para paliar en algo el descalabro, para obtener al menos la cesión de espacios públicos al aire libre. Y hete aquí que, dos días después de la charla, el Ayuntamiento acordó la creación de una mesa de trabajo sobre los tablaos emblemáticos. Algo es algo.

La soleá arrastra una carga de sentimiento, pero a menudo las letras encierran un destello, un guiño: «Fui piedra y perdí mi centro/ y me arrojaron al mar/ y a fuerza de mucho tiempo/ mi centro vine a tomar».   

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