06 jul 2020

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muy seriemente

Antes de que censuren 'Yo, Claudio'...

La papanatas decisión de descabalgar clásicos por sus hoy incómodos planteamientos invita a sopesar si nos adentramos ya en una segunda edad de la penumbra, esta vez laica

Carles Cols

Claudio, Calígula y Tiberio, en una escena de la serie inspirada por el libro de Robwert Graves.

Claudio, Calígula y Tiberio, en una escena de la serie inspirada por el libro de Robwert Graves. / BBC

Está ‘Yo, Claudio’ a buen recaudo en Filmin, pues esta gran bodega de series y películas, sin duda la mejor en cuanto a caldos de gran reserva, ha dejado claro que no hará el papanatas como HBO, que en un ataque de presentismo decidió guardar en el baúl ‘Lo que el viento se llevó' y, consecuentemente, no retirará de sus estantes, por ejemplo, ‘El nacimiento de una nación’, capítulo ineludible de la historia del cine aunque a la par sea una obra que ensalce al Ku Klux Klan. De ‘Yo, Claudio’, con esas censoras miradas de la corrección política de HBO, se podría decir que es una serie golpista (arranca con Augusto, primer emperador y, por tanto, verdugo de la república), misógina (Livia, esposa de AugustoJulia, hija de ambos, y Mesalina, que no necesita presentaciones, solo son superadas en perversidad por Calígula) e incluso homófoba, pues entre líneas se reprocha lo que Edward Gibbon destacó cuando pormenorizó la decadencia de Roma, que 13 de los 14 primeros emperadores comían ostras y caracoles con idéntico placer. Solo Claudio, al parecer, era exclusivamente heterosexual.

Los pasos, torpes en el caso de Claudio, de los primeros emperadores de Roma causaron conmoción en 1976

Esta semana, por pundonor, ‘muy seriemente’ ha revisitado la adaptación que en 1976 hizo la BBC del superventas de idéntico título que en 1934 publicó Robert Graves. Hace 44 años, aquello fue un juego de tronos romano de fama mundial y, en España, de enorme impacto emocional. Los 12 capítulos fueron gozados como un ‘crescendo’ de intrigas y depravación y hoy pueden ser revisitados para la reflexión. La primera de ellas, sin ir más lejos, que la misma BBC que entonces puso en antena aquella serie ya no es la misma que estas últimas dos semanas ha sacado, como HBO, las tijeras de podar, por ejemplo un capítulo de la cómica ‘FawltyTowers’ porque considera que la ridiculización que John Cleese hacía de las actitudes racistas podrían no comprenderse hoy en día.

Las razones por las que en 1976 se llevó al plató de rodaje ‘Yo, Claudio’ se mes escapan. Puede que fuera simplemente por placer teatral, aunque a lo largo de la historia Roma ha sido un recurso literario, pictórico, escultórico e incluso filosófico para denunciar el presente sin jugarse la vida. Shakespeare nunca escribió directamente sobre su época, no fuera que la hoja le cortara el cuello y, de paso, la lechuguilla con el que lo adornaba, y los pensadores de la ilustración francesa pusieron la lupa sobre la república romana y su posterior degradación imperial para censurar el absolutismo monárquico y redactar así los principios de la división de poderes. ‘Yo, Claudio’, como serie, ha envejecido. Eso es innegable. Los planos cortos delatan la falta de presupuesto, pero su revisión parece oportuna visto lo caligulesco de los tiempos políticos actuales, y no es una exageración, pues, a ver, que poco indistinguibles son los tuits de Donald Trump de aquellas frases de Calígula recopiladas por Suetonio para retratar al tercero de los emperadores romanos. “Hiérele de forma que note que se muere”. “Que me odien, con tal de que me teman”. Y mi favorita, pronunciada para decidir qué presos de una fila echaba a las fieras: “Desde el calvo hasta el otro calvo”.

Qué gran tuitero habría sido Calígula si el retrato que de él hizo Suetonio es cierto 

Hace dos años (por resumir sensaciones tras revisitar ‘Yo, Claudio’), la escritora Catherine Nixey publicó un audaz libro titulado ‘La edad de la penumbra’, de lectura siempre recomendable, un ensayo sobre cómo el fanatismo cristiano destruyó concienzudamente el pasado clásico para construir un nuevo presente sin margen para la disidencia. A lo mejor es que nos hemos adentrado ya en una nueva edad de la penumbra, esta vez laica, a costa de negar la existencia de Scarlett O’HaraRhett Butler y Basil Fawlty y, lo que es peor, que la nueva creatividad se lleve a cabo con un incómodo corsé.

Suerte tenemos de ‘Bodegas Filmin’, pues, como decían los clásicos, ‘in vino veritas’, en el vino está la verdad.