13 ago 2020

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muy seriemente

'La línea invisible', el virus del lenguaje

1968, con su mayo francés y la primavera antibelicista de EEUU, fue también el supuesto año del bautismo de sangre de ETA y, según se mire, de una contagiosa enfermedad lingüística que aún perdura

Carles Cols

Àlex Monner, en el papel de Xabi Etxebarrieta, primer ’mártir’ del santoral etarra.

Àlex Monner, en el papel de Xabi Etxebarrieta, primer ’mártir’ del santoral etarra. / MOVISTAR

A veces hay que revisitar los clásicos, pero como esta trastienda periodística va de series, no los clásicos literarios, sino los de HBO, revisitar la primera temporada de ‘True Detective’, la estupenda, para entendernos. Un clásico, sin duda. Luego vamos a ella. La cuestión es que tanto y tan bien se ha escrito sobre ‘La línea invisible’ desde su reciente estreno en Movistar (“higiénica dramatización del nacimiento de ETA”, así la definió en este diario Quim Casas el pasado 5 de abril) que podría parecer que no queda mucho más que añadir salvo insistir en que, antes de que llegue la mucho más mayúscula 'Patria', merece la pena verla. Pero lo hay. Queda algo por decir. Palabra de Rust Cohle.

Sostuvo Ernest Lluch dos meses antes de morir que ETA ocultaba su verdadero primer crimen, una niña de 22 meses, porque poca gloria había él

‘La linea invisible’ narra lo que según uno y otro bando han coincidido casi siempre en considerar el bautismo de sangre de la organización terrorista vasca, la muerte imprevista del guardia civil José Pardines en junio de 1968 por disparos de Xabi Etxebarrieta, sobrepasado por las anfetaminas, en un control de carretera y el asesinato, dos meses después, está vez ya meticulosamente planificado, del jefe de la brigada político-social de Guipúzcoa, Melitón Manzanas. Con una puesta en escena que ya vale por si sola un potosí, ‘La línea invisible’ huye de la fácil monstrualización de Etxebarrieta y, también, de Manzanas, un tipo con un pasado sucio incluso antes de demostrar su querencia por la tortura, pues tras la guerra civil fue un entusiasta colaborador de la Gestapo en la búsqueda y captura de judíos que huían de Francia hacia el sur. Àlex Monner y Antonio de la Torre, el primero, Etxebarrieta, y el segundo, Manzanas, sostienen sólidamente en pie con sus interpretaciones los seis capítulos. Están soberbios.

Si ETA traspasó una línea invisible aquel verano de 1968 es algo que Ernest Lluch puso en cuestión en un artículo que le publicó el diario ‘El Correo’ en septiembre del año 2000, donde el entonces exministro exponía que en realidad el primer muerto de la banda fue una niña de 22 meses, Begoña Urroz Ibarrola, víctima inesperada en 1960 de una bomba colocada en la estación ferroviaria de Amara (San Sebastián). Lluch fue asesinado dos meses después de publicar aquel artículo en el que (eso pretendía, aunque se equivocaba) desnudaba de toda épica el inicio de la llamada lucha armada, se supone que gloriosa para sus defensores si era contra un tipo como Melitón Manzanas, infame si lo era a costa de la vida de una niña.

‘La línea invisible’ pasa por alto aquel posible primer crimen, cierto, pero no esquiva lo sustancial, y es el contexto de aquel 1968, un año crucial en la historia contemporánea, con Francia estupefacta ante el menudo mes de mayo que le estaba dando París y con los Estados Unidos incrédulos al descubrir que en su propia retaguardia se discutía la guerra de Vietnam. En Euskadi, con aquellas innegables influencias externas, en 1968 se puso en marcha no solo una ola de crímenes, eso por supuesto, sino también una épica artificial que Lluch quiso denunciar en su artículo, un relato nacional de nuevo cuño cimentado en una perversión de las formas de hablar, porque en 1968 nació una neolengua en el más orwelliano de sus sentidos, se acuñaron expresiones no muy lejos de lo que el filólogo judío Victor Klemperer recopiló en su referencial libro ‘Lingua Tertii Imperii’, ese tratado sobre cómo el pueblo alemán, por decirlo fácil y directo, empezó a hablar 'otro idioma' durante la segunda guerra mundial. Que la izquierda ‘abertzale’ desdeñara la bíblica expresión del ojo por ojo en sus alocuciones y dijera que la muerte de inocentes en sus atentados era simplemente “socializar el sufrimiento” merecía que hubiera habido un Klemperer vasco, que trabajo habría tenido, desde luego.

Los patrioteros de una y otra bandera han terminado por usar una neolengua en la que lo único inteligible son los insultos

¿Y qué dicen los clásico sobre esto? Pues es hora de repescar esas homilías filosóficas que Rust Cohle, interpretado por Matthew McConaughey en ‘True Detective’, le soltaba a Woody Harrelson cuando viajaban en coche en busca de pistas. “Algunos antropólogos de la lingüística –decía el detective Cohle con la mirada perdida en las plantaciones de Louisiana-- creen que la religión es un virus del lenguaje que reescribe las conexiones cerebrales y entorpece el razonamiento crítico”. Frases así no se olvidan. Sustitúyase religión por lo que les plazca, nación, por ejemplo. Que el lenguaje pueda llegar a ser una enfermedad contagiosa es una idea no solo oportuna por los tiempos de pandemia vírica que padecemos, sino porque, ahora que queda suficientemente atrás aquella tremenda etapa de la historia vasca, resulta evidente que los neolenguajes sobreviven, no allí, no solo en Euskadi, sino en toda España y en todos los foros (en el Congreso y en twitter, por citar dos no tan distintos) en que patrioteros de muy distintas banderas dirimen sus disputas con un léxico en el que lo más inteligible resultan ser los insultos. 

A Begoña Urroz la mató el olvidado DRIL

Con posterioridad a la publicación de este trigesimoprimer capítulo de ‘muy seriemente’ y a través de redes sociales, se ha enmendado (gracias, antes de proseguir) una afirmación contenida en el texto. Begoña Urroz no fue la primera víctima de ETA. No se la consideró así durante décadas. En el 2000, lo sostuvo Ernest Lluch en el artículo citado del diario ‘El Correo’ y, solo bien entrado el siglo XX, en el 2010, aquella niña fallecida con solo un año y medio de edad pasó a ser incluida en la primera posición de la lista de víctimas de la banda terrorista vasca, por delante de José Pardines. No solo eso. La fecha en que se celebra en España el Día de las Víctimas del Terrorismo es el 27 de junio porque fue en esa fecha de 1960 cuando una bomba escondida en la consigna de la estación ferroviaria de Amara mató a Begoña Urroz e hirió a otras cinco personas. Así lo acordó el Congreso de los Diputados por unanimidad, con ETA en mente, en el año 2010 y, al parecer, como Lluch, se equivocó.

El galimatías es notable. Es verdad. Cuando se trata de terrorismo, no siempre prevalece el rigor histórico. En este caso, el olvido en que ha caído el Directorio Revolucionario Ibérico de Liberación (DRIL) resulta sorprendente.

En ‘La línea invisible’, probablemente sin voluntad de enredo por parte de los guionistas, el personaje que interpreta Antonio de la Torre, Melitón Manzanas, hace referencia en una conversación a acciones de separatistas vascos contra vías de tren. No parece que se refiera al atentado de Amara, pues le resta importancia a la fuerza de los autores de esos atentados. Lo que no hace, desde luego, es una mención concreta al DRIL.

Esta organización terrorista fue realmente singular. Era una amalgama de ideologías que pretendían derrotar a la par las dictaduras de España y Portugal. Nació y creció al tiempo que Fidel Castro tomaba el poder en Cuba, que desde la isla caribeña pretendía exportar su revolución al resto del mundo. El DRIL recibió financiación cubana y, con ella, mostró suficiente arrojo como para cometer varios atentados en 1960 en Madrid, aunque a veces fueran un tanto raros. El pobre Velázquez, bueno, su estatua, sufrió las iras del DRIL con un explosivo colocado en el pedestal.

El DRIL cruzó su propia línea invisible con Urroz. La banda organizó una cadena de atentados en respuesta a la ejecución de uno de sus miembros, Antonio Abad Donoso, detenido tras las explosiones de Madrid. Con posterioridad, cometería otro atentado mortal, pero la acción más destacada de aquella banda, con abundancia de militantes gallegos en sus filas, fue el secuestro de un barco trasatlántico que cubría una ruta entre España y Brasil. Iban 583 pasajeros a bordo y los secuestradores rebautizaron el buque con el nombre de Sant Liberdade. Soñaron con que aquello despertaría conciencias internacionales y heriría de muerte las dictaduras peninsulares. Se equivocaron. Terminaron pidiendo asilo en Brasil. La llama del DRIL, entre disputas internas, se apagó. Su recuerdo se extinguiría definitivamente (con excepción, claro, de las cátedras de Historia especializadas en ese periodo) cuando emergió ETA, que prácticamente todo lo eclipsó, salvo ocasionalmente el Grapo.

Cuando el Congreso reconoció a la pequeña Urraz como la primera víctima del terrorismo moderno en España, es decir, desde 1960, el material documental para saber que no fue ETA quien la mató estaba disponible en lo archivos policiales y en algunas memorias de miembros del DRIL. Eso se ignoró. ¿Con premeditación? Hay un viejo dicho de las redacciones periodísticas, algo así como una broma con mimbres de realidad, en el que se exclama que la verdad, por favor, no te estropee un buen titular. La política lo ha hecho suyo estos últimos años.

Poco después de que el Congreso de los Diputados retrocediera nada menos que ocho años la fecha en que ETA cruzó su línea invisible, el mismo diario que publicó el artículo de Lluch, ‘El Correo’, abrió sus páginas para que el catedrático de Historia Contemporánea del País Vasco, Santiago de Pablo, resolviera ese puzle de piezas mal encajadas. “La historia no es una ciencia exacta, pero tampoco es mera ficción”. Así comenzaba su artículo. Corregía de pe a pa la tesis gubernamental y enmendaba a todos los medios de comunicación que la abrazaron sin más.