muy seriemente

'La línea invisible', el virus del lenguaje

1968, con su mayo francés y la primavera antibelicista de EEUU, fue también el supuesto año del bautismo de sangre de ETA y, según se mire, de una contagiosa enfermedad lingüística que aún perdura

Àlex Monner, en el papel de Xabi Etxebarrieta, primer ’mártir’ del santoral etarra.

Àlex Monner, en el papel de Xabi Etxebarrieta, primer ’mártir’ del santoral etarra. / MOVISTAR

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Carles Cols
Carles Cols

Periodista

Especialista en Barcelona, en sus cuatro dimensiones periodísticas, las tres físicas, a lo largo, ancho y alto, y la cuarta, la temporal. Vamos, una gran macedonia de temas.

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A veces hay que revisitar los clásicos, pero como esta trastienda periodística va de series, no los clásicos literarios, sino los de HBO, revisitar la primera temporada de ‘True Detective’, la estupenda, para entendernos. Un clásico, sin duda. Luego vamos a ella. La cuestión es que tanto y tan bien se ha escrito sobre ‘La línea invisible’ desde su reciente estreno en Movistar (“higiénica dramatización del nacimiento de ETA”, así la definió en este diario Quim Casas el pasado 5 de abril) que podría parecer que no queda mucho más que añadir salvo insistir en que, antes de que llegue la mucho más mayúscula 'Patria', merece la pena verla. Pero lo hay. Queda algo por decir. Palabra de Rust Cohle.

Sostuvo Ernest Lluch dos meses antes de morir que ETA ocultaba su verdadero primer crimen, una niña de 22 meses, porque poca gloria había él

‘La linea invisible’ narra lo que según uno y otro bando han coincidido casi siempre en considerar el bautismo de sangre de la organización terrorista vasca, la muerte imprevista del guardia civil José Pardines en junio de 1968 por disparos de Xabi Etxebarrieta, sobrepasado por las anfetaminas, en un control de carretera y el asesinato, dos meses después, está vez ya meticulosamente planificado, del jefe de la brigada político-social de Guipúzcoa, Melitón Manzanas. Con una puesta en escena que ya vale por si sola un potosí, ‘La línea invisible’ huye de la fácil monstrualización de Etxebarrieta y, también, de Manzanas, un tipo con un pasado sucio incluso antes de demostrar su querencia por la tortura, pues tras la guerra civil fue un entusiasta colaborador de la Gestapo en la búsqueda y captura de judíos que huían de Francia hacia el sur. Àlex Monner y Antonio de la Torre, el primero, Etxebarrieta, y el segundo, Manzanas, sostienen sólidamente en pie con sus interpretaciones los seis capítulos. Están soberbios.

Si ETA traspasó una línea invisible aquel verano de 1968 es algo que Ernest Lluch puso en cuestión en un artículo que le publicó el diario ‘El Correo’ en septiembre del año 2000, donde el entonces exministro exponía que en realidad el primer muerto de la banda fue una niña de 22 meses, Begoña Urroz Ibarrola, víctima inesperada en 1960 de una bomba colocada en la estación ferroviaria de Amara (San Sebastián). Lluch fue asesinado dos meses después de publicar aquel artículo en el que (eso pretendía, aunque se equivocaba) desnudaba de toda épica el inicio de la llamada lucha armada, se supone que gloriosa para sus defensores si era contra un tipo como Melitón Manzanas, infame si lo era a costa de la vida de una niña.

‘La línea invisible’ pasa por alto aquel posible primer crimen, cierto, pero no esquiva lo sustancial, y es el contexto de aquel 1968, un año crucial en la historia contemporánea, con Francia estupefacta ante el menudo mes de mayo que le estaba dando París y con los Estados Unidos incrédulos al descubrir que en su propia retaguardia se discutía la guerra de Vietnam. En Euskadi, con aquellas innegables influencias externas, en 1968 se puso en marcha no solo una ola de crímenes, eso por supuesto, sino también una épica artificial que Lluch quiso denunciar en su artículo, un relato nacional de nuevo cuño cimentado en una perversión de las formas de hablar, porque en 1968 nació una neolengua en el más orwelliano de sus sentidos, se acuñaron expresiones no muy lejos de lo que el filólogo judío Victor Klemperer recopiló en su referencial libro ‘Lingua Tertii Imperii’, ese tratado sobre cómo el pueblo alemán, por decirlo fácil y directo, empezó a hablar 'otro idioma' durante la segunda guerra mundial. Que la izquierda ‘abertzale’ desdeñara la bíblica expresión del ojo por ojo en sus alocuciones y dijera que la muerte de inocentes en sus atentados era simplemente “socializar el sufrimiento” merecía que hubiera habido un Klemperer vasco, que trabajo habría tenido, desde luego.

Los patrioteros de una y otra bandera han terminado por usar una neolengua en la que lo único inteligible son los insultos

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¿Y qué dicen los clásico sobre esto? Pues es hora de repescar esas homilías filosóficas que Rust Cohle, interpretado por Matthew McConaughey en ‘True Detective’, le soltaba a Woody Harrelson cuando viajaban en coche en busca de pistas. “Algunos antropólogos de la lingüística –decía el detective Cohle con la mirada perdida en las plantaciones de Louisiana-- creen que la religión es un virus del lenguaje que reescribe las conexiones cerebrales y entorpece el razonamiento crítico”. Frases así no se olvidan. Sustitúyase religión por lo que les plazca, nación, por ejemplo. Que el lenguaje pueda llegar a ser una enfermedad contagiosa es una idea no solo oportuna por los tiempos de pandemia vírica que padecemos, sino porque, ahora que queda suficientemente atrás aquella tremenda etapa de la historia vasca, resulta evidente que los neolenguajes sobreviven, no allí, no solo en Euskadi, sino en toda España y en todos los foros (en el Congreso y en twitter, por citar dos no tan distintos) en que patrioteros de muy distintas banderas dirimen sus disputas con un léxico en el que lo más inteligible resultan ser los insultos. 

A Begoña Urroz la mató el olvidado DRIL

Con posterioridad a la publicación de este trigesimoprimer capítulo de ‘muy seriemente’ y a través de redes sociales, se ha enmendado (gracias, antes de proseguir) una afirmación contenida en el texto. Begoña Urroz no fue la primera víctima de ETA. No se la consideró así durante décadas. En el 2000, lo sostuvo Ernest Lluch en el artículo citado del diario ‘El Correo’ y, solo bien entrado el siglo XX, en el 2010, aquella niña fallecida con solo un año y medio de edad pasó a ser incluida en la primera posición de la lista de víctimas de la banda terrorista vasca, por delante de José Pardines. No solo eso. La fecha en que se celebra en España el Día de las Víctimas del Terrorismo es el 27 de junio porque fue en esa fecha de 1960 cuando una bomba escondida en la consigna de la estación ferroviaria de Amara mató a Begoña Urroz e hirió a otras cinco personas. Así lo acordó el Congreso de los Diputados por unanimidad, con ETA en mente, en el año 2010 y, al parecer, como Lluch, se equivocó.