25 feb 2020

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muy seriemente

'Babylon Berlin' y los tontos útiles de Vox

Vuelven a Movistar las aventuras del inspector Gereon Rath, tal vez para recordar que el fascismo pudo engañar una vez, una tragedia, pero que hacerlo de nuevo sería una miserable farsa

Carles Cols

Liv Lisa Fries, coprotagonista de ’Babylon Berlin’ y, dicho sea de paso, una actriz realmente luminosa.

Liv Lisa Fries, coprotagonista de ’Babylon Berlin’ y, dicho sea de paso, una actriz realmente luminosa. / MOVISTAR

Solo 12 días antes de que Alemania invadiera Polonia, ‘The New York Times’ publicó un amplio reportaje titulado ‘Hitler, su propio arquitecto’, que no era precisamente un fino análisis geopolítico sobre cómo el canciller alemán pretendía resituar los tabiques de Europa, sino que simplemente le trataba como lo que hoy se consideraría un ‘influencer’. El artículo elogiaba el buen gusto de Hitler a la hora de decorar la casita de madera que en 1927 se compró en los Alpes bávaros. Las alfombras, por situar el tono de aquel reportaje, le concedían al lugar “una atmósfera de callada alegría”. La historiadora Despina Stratigakos, si ansían saber más, tiene un estupendo libro sobre esa cuestión, sobre cómo medio mundo periodístico y político se dejó seducir por aquel leviatán con bigote.

En un clímax de la candidez, cuando en 1940 se reeditó en Londres 'Mein Kampf', los beneficios se donarona la Cruz Roja

La ocasión para desempolvar aquel reportaje la sirve en bandeja el reciente estreno en Movistar de la tercera temporada de ‘Babylon Berlin’, a su manera, la versión policíaca de lo que en su día fue ‘Cabaret’. Si en aquella maravilla de Bob Fosse el decorado de fondo de los número musicales de Liza Minnelli era el ascenso del nazismo, en ‘Babylon Berlin’ la barbarie política enmarca las investigaciones del inspector de policía Gereon Rath, en pantalla eclipsado por momentos por la luminosidad de la actriz Liv Lisa Fries en el papel de la aspirante a policía Charlotte Ritter. El Berlín que retrata esta superproducción alemana es el de semanas antes del ‘crack’ de 1929, desplome económico que si en Estados Unidos supuso a medio plazo el ascenso político de Roosevelt (por cierto, defensor de la subida de salarios sin que el lobi empresarial le acusara de comunista), a este lado del Atlántico comportó la consolidación de Hitler como remedio y, lo que es peor, el final abrupto de una época culturalmente vibrante, en especial en la capital de Alemania, tal vez entonces la menos mojigata de las sociedades europeas.

El retorno de ‘Babylon Berlin’ parece que es para decir adiós. No habrá cuarta temporada. Una pena, sobre todo por cuanto invita a desempolvar. Aquel reportaje de ‘The New York Times’, que encabeza esta vigesimoprimera entrega de ‘muy seriemente’, se cita a menudo como ejemplo de la candidez con que el mundo encaró los años previos a la segunda guerra mundial. Hay otros ejemplos. Menos conocidos. Más chocantes. El mejor de ellos se encuentra escondido en la crítica literaria que George Orwell publico en 1940 sobre ‘Mein Kampf’, libro que Hitler publicó en 1925, pero que una vez comenzada la guerra fue reeditado en Londres por la editorial inglesa Hurts and Blackett. Consideraron los responsables de aquella compañía que era una buena ocasión para conocer mejor al enemigo, no para hacer caja, o eso decían, y como prueba de ello anunciaron que los beneficios obtenidos con las ventas se donarían a la Cruz Roja. Parece un chiste. No lo es.

La decencia ética evita que en Alemania los líderes filofascistas se exhiban acompañados de la versión bávara de los legionarios

No todo el mundo tenía la perspicacia de Orwell ante el ascenso de los fascismos en aquellos tiempos. Chamberlain, con su insensata política de apaciguamiento, no la tuvo, desde luego. Probablemente no era fácil interpretar lo que estaba a punto de suceder. La cuestión es que los fascismos, a los que ahora se los llama ultraderecha, como si eso los edulcorara, vuelven a estar muy presentes, pero en esta ocasión no sirve como excusa la imprevisibilidad. En Alemania no ha habido estas últimas semanas tontos útiles que hayan explicado cómo los dirigentes de Alternativa por Alemania, el Vox teutón, decoran sus casas con atmósferas de callada alegría. No se les ha blanqueado. El vergonzoso pacto de Turingia se ha saldado esta semana con inapelables dimisiones. No desayunan los alemanes, ni siquiera los lectores del ‘Bild’, que tanto espacio ha dedicado a la ultraderecha, con una galería de fotos de los líderes de Alternativa por Alemania a lomos de un caballo, posando con el equivalente teutón de los legionarios, escalando riscos con unos ‘shorts’ demasiado ajustados o en programas de entretenimiento en horario de máxima audiencia que no tienen ni la decencia de donar a la Cruz Roja los beneficios de la emisión.

'Inside nº 9', el faro del humor inglés

Se va el Reino Unido, pero nos queda ‘Inside nº 9’, tal vez el mejor representante actual de aquello que de forma elogiosa ha sido calificado a lo largo de los últimos 100 años como el humor inglés. Filmin (perdón, la maravillosa señora Filmin) estrena cada semana, de forma sincronizada a como lo hace la BBC al otro lado del canal, un capítulo de esta joya seriófila que anda ya por la quinta temporada. Los episodios son autoconclusivos. Se pueden consumir sin orden, como pinchos en una taberna vasca. El primer capítulo de esta nueva temporada, ‘El árbitro es un CAP**LLO’, es lo más original que se ha guionizado sobre las bambalinas del fútbol desde que Ebenezer Cobb Morley redactó, en una taberna, lo cual aclara muchas cosas, las reglas de este deporte.