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En la Villa

La metáfora del georgiano espabilado

Georgi Natroshvili llegó de Tiflis para cubrir los JJOO de las repúblicas exsoviéticas y aquí se quedó

EL PERIÓDICO contó con un espía en la Villa Olímpica que descubría las crónicas cotidianas de los atletas

Iosu de la Torre / Barcelona

Los apartamentos de la Villa Olímpica, la noche del uno de agosto de 1992. / JUAN VALGANON

Los apartamentos de la Villa Olímpica, la noche del uno de agosto de 1992.
La sala de juegos de la Villa Olímpica, centro de entretenimiento donde triunfaba un simulador de vuelo.
Estampa del Portal de lÀngel, aquel verano de 1992.
Un mar humano en el Estadio Olímpico la noche de la inauguración de los JJOO, el 25 de julio del 92.

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Giorgi Natroshvili era un veinteañero georgiano al que los Juegos de 1992 le cambiaron la vida de verdad. El personaje es la metáfora del devenir histórico de Barcelona, del eco atómico que hoy puede verse en la invasión descontrolada del turismo o en esa milla de oro para jeques árabes y millonarios rusos en que se ha transformado el paseo de Gràcia. Qué lejos de la imagen que se tenía en los años previos a los JJOO y que sumió a los comerciantes y hoteleros de entonces en una extraña depresión que nadie hoy recuerda. 

Natroshvili resume al hombre rico, a un antiguo siervo de la URSS, imaginario reflejo de una ciudad que tomó impulso en 1992 para dar un salto planetario. El aterrizaje, 25 años después, resulta inquietante.

Verano del 92. El reportero Giorgi Natroshvili se presentó en la redacción de EL PERIÓDICO para ayudar a cubrir la información de aquellas antiguas repúblicas soviéticas (una docena en total), que competirían bajo la bandera efímera del Equipo Unificado. Tratarían de emular los éxitos alcanzados en otras citas olímpicas con la extinta URSS, según consta en la crónica firmada por Natroshvili el 23 de julio. Faltaban dos días para la inauguración.

Natroshvili parecía un secundario salido de una película de Nikita Mijalkov ('Quemado por el sol''Ojos negros'). Alto, famélico, con un flequillo cortado al hacha sobre una cara nada asustada, grande, rendonda, huesuda. En el equipaje, una muda de recambio y una camisa. Una visita al Simago de la Rambla mejoró la maleta gracias a varios periodistas. De cuando aún no se utilizaba la expresión 'crowfounding'.

Hablaba un correctísimo castellano gracias a Kubalita, el sobrenombre de Juan Manuel Gozalo. La voz de los deportes en Radio Nacional de España, con la ayuda de un transistor de onda corta, llegaba cada madrugada hasta el dormitorio de Nastroshvili, en un remoto barrio de Tiflis, la capital de aquella Georgia que recién estaba a punto de dejar de ser soviética tras la caída del sistema desatada por Mijail Gorbachov, el de la macha violeta. Con un diccionario ruso-español, una libreta, un boli y la radio, dominaba la lengua de Cervantes.

Con este capital ya no abandonó Catalunya. Los Juegos quedaron lejos en su currículum. El conocimiento de los idiomas le catapultaron en los negocios de cierto catalán, amigo del expresident Pujol, con la Rusia de Boris Yeltsin. La pista del georgiano se pierde. Hoy, dar con él ya no es tan sencillo como cuando se le ocurrió telefonear a la redacción y plantarse en Barcelona.

Nastroshvili vivió divertido las idas y venidas de los colegas de deportes y fue testigo de alguna de las anécdotas registradas en los pisos que ocupaban los atletas en la Villa Olímpica y que aún se conservan en la memoria de algunos testigos de aquellos días.

Mensajes sin internet

Revisar la hemeroteca permite percatarse de cuánto ha cambiado la sociedad. Cuando internet solo era un sistema de comunicación del Ejército norteamericano, se estrenaban los primeros móviles (aquellos zapatófonos) y la mejor manera de quedar con alguien era confiar en una cabina telefónica, ese mobiliario hoy a punto de desaparecer.

¿Qué hubieran hecho los deportistas con ganas de ligar si hubieran existido las redes sociales, la vida en una pantalla que cabe en la palma de una mano? No importa. Las ganas de compartir y divertirse se resolvían en la prehistoria tecnológica. Titular del 5 de agosto: Crece la fiebre del ligue a través del ordenador, firmado por Txiki Cuevas.

Nuestro espía en la Villa Olímpica detectó la fiebre de los mensajes entre los atletas más ociosos, los que ya estaban eliminados. «En su cartulina acreditativa, cada atleta tiene un código a través del cual puede enviar y recibir mensajes de otro atleta mediante pantallas del sistema informático AMIC que se hayan diseminadas por el reciento olímpico». Barcelona 92 se adelantó a Zuckerberg. 

Como ejemplo este aviso que hoy llamaríamos tuit: Te espero a las 5 para tomar una Coca-Cola junto al centro de objetos perdidos. Conozco todos tus datos y me gustaría que conocieras todos los míos. Al parecer los buzones de las brasileñas eran los que mayor número de correspondencia recibían, explicaba preservando el anonimato de sus fuentes.

La ‘batalla del condón’

Las crónicas desde la Villa dieron cuenta de la batalla del preservativo. Los deportistas consiguieron que los condones se repartieran gratis tras una protesta por las 200 pesetas (1,30 euros) que costaba el paquete de tres gomas, precio prohibitivo para los llegados de países pobres. 

El tunel del tiempo conduce a recordar cómo se entretenía en los ratos de ocio. Había una gran sala donde hacían turnos para quemar adrenalina con videojuegos. Entonces arrasaba 'Tormenta del desierto'. La atracción estrella era un simulador de vuelo que a ponía a los pilotos boca abajo.

Lucha de clases

La revisión de aquel verano caluroso como el actual subraya la lucha de clases entre deportistas. Los ‘ricos’ huyen del infierno, titulamos a Txiki Cuevas para el descubrimiento de cómo los profesionales abandonaban el asfixiante barrio de los atletas para cobijarse en los hoteles de lujo que sí tenían aire acondicionado.

Las noches calurosas en los pisos de la Villa Olímpica, donde estaba prohibido el acceso de los periodistas, quedaron inmortalizadas con el teleobjetivo de Juan Valgañón. «Para conciliar el sueño abren las ventanas de par en par y se aligeran de ropa para aprovechar cualquier soplo de brisa marina que llegue del exterior», decía un breve texto.

Giorgi Natroshvili, seguramente,  celebró la hazaña del fotógrafo.

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