Inseguridad en Latinoamérica

Qué pasa en Ecuador y cómo ha caído el país en las garras del 'narco'

El asesinato de un candidato en Ecuador pone en evidencia la espiral de violencia que devora al país

Agentes de policía montan guardia en el cementerio Vertical de Quito, antes de que comience el funeral de Fernando Villavicencio.

Agentes de policía montan guardia en el cementerio Vertical de Quito, antes de que comience el funeral de Fernando Villavicencio. / RODRIGO BUENDIA / AFP

Montse Martínez
Abel Gilbert
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El asesinato del candidato a la presidencia Fernando Villavicencio iluminó con una nitidez cegadora hasta qué punto Ecuador se ha transfigurado de la mano letal del narcotráfico y las mafias trasnacionales. La muerte en una escala desconocida es la otra cara de esa moneda del espanto. Ha pasado de ser un país de tránsito de drogas a un gran centro de almacenamiento y distribución hacia Europa y Estados Unidos, apenas superado por Brasil, según los especialistas. La nueva "autopista de la cocaína", como la definió InsightCrime, se mide en toneladas, unas 750 por año salen de sus puertos en el Pacífico, y por la región amazónica, según el exdirector de Inteligencia ecuatoriano, Mario Pazmiño.

"No podemos negar que el crimen organizado ha permeado al Estado, las organizaciones políticas y a la misma sociedad", reconoció el presidente Guillermo Lasso, cuando todavía su amigo Villavicencio no había sido atravesado por tres balazos. Se han incautado 210 toneladas de droga en un solo año. El lugar que ahora ocupa ese país no solo se relaciona con su condición de vecino de Perú y Colombia, dos grandes productores de coca. Carece de moneda propia. La dolarización de su economía, y el bajo nivel de la actividad bancaria ha funcionado como una invitación al blanqueo de capitales. Otra vulnerabilidad es la corrupción interna, en opinión de Carlos Espinosa Fernández de Córdoba, Coordinador de Relaciones Internacionales de la Universidad San Francisco de Quito (USFQ).

Ramificaciones

Un estudio de la Unidad Antinarcóticos de la Policía Nacional da cuenta de hasta qué punto han penetrado en el país los cárteles mexicanos de Sinaloa y Jalisco Nueva Generación (CJNG). El primer grupo opera en la zona andina de Pichincha, y en las provincias con puertos (Manabí, Los Ríos, Guayas y Santa Elena), aliado con organizaciones locales que conocen el mar y las rutas internas El tentáculo de CJNG se desplaza por Manabí, Santa Elena y Los Ríos. A su vez, es relacionado con buena parte de las masacres carcelarias que sacuden a Ecuador desde 2020 y que provocaron el fallecimiento de al menos 459 presos. A su vez, se han instalado la llamada Mafia Balcánica, a la que se le adjudica una llamativa capacidad de infiltración dentro del Estado y, además, el "Comando Vermelho", la principal estructura narcotraficante de Río de Janeiro.

El caso Villavicencio ocupa los primeros planos noticiosos. Por algunas horas desplaza de su centralidad a otras informaciones relacionadas con las actividades de los sicarios, una figura novedosa y temible que ha venido de la mano de la actividad ilícita y que se muestra de manera obscena e intimidante con la exhibición de cadáveres de sus víctimas en el espacio público.

Si el tráfico de alcaloides busca el sigilo, el sicariato, su brazo armado, ocupa a cielo abierto los territorios. Las ciudades y las prisiones son territorios en disputa entre las bandas rivales. En la primera mitad de 2023 se computaron 1.390 muertes violentas, casi el total de todo el año anterior. En el 2019, la tasa de homicidios por cada 100.000 habitantes era de 6,9. Un año más tarde, subió a 7,8. Para el 2021, se elevó a 13,9. En 2022, el indicador se colocó en 25,6. Se estima que 2023 cerrará con una tasa de 40 asesinatos por cada 100.000 habitantes, lo que transformaría a Ecuador en el país más violento de la región.

¿Los espejos de México o Colombia?

Los especialistas suelen señalar que Ecuador va camino a reproducir las desgracias que conoce México, no solo por la ola de violencia sino por la urdiembre que teje sin pausa el narcotráfico en el corazón de las instituciones. Pero el caso Villavicencio reaviva a su vez la memoria de los colombianos y el modus operandi del cártel de Medellín y los paramilitares de extrema derecha. "Se repite la historia. Doloroso y trágico déjà vu", dijo Juan Manuel Galán, quien hoy en día es uno de los líderes del movimiento Nuevo Liberalismo. Su padre, Luis Carlos Galán, fue asesinado el 18 de agosto de 1989 por sicarios de Pablo Escobar mientras realizaba una actividad de su campaña electoral.

La sociedad se ve enfrentada a un doble y forzoso aprendizaje. La calle ya no es la de antes. Los ojos y oídos deben captar indicios de peligro. Un tiroteo, un posible coche bomba. A la vez, los habitantes de muchas barriadas conviven con una suerte de contrapoder, el de las bandas locales, cuyos nombres deben memorizar compulsivamente, porque no parecen ser lo mismo los modos de acción de Los Choneros, los Lagartos, los Tiguerones y Lobos, las Águilas, los Latin King y otras facciones más pequeñas: los Chonekillers, R7, los Fatales y Gángster.

Esos nombres propios ejercen sus influencias tanto en el espacio urbano como las prisiones. Los enfrentamientos intramuros se reproducen en las zonas de las ciudades más asediadas. La muerte las ronda. De acuerdo con la policía, siete de cada 10 asesinatos han tenido lugar a la vista de los vecinos. El 81% de esos casos tienen que ver con acciones perpetradas por las bandas de delincuentes. El resto de los hechos han sido catalogados como "violencia interpersonal". Un 84% de los homicidios fueron consumados con un arma de fuego. La mayoría de las víctimas de 2022 fueron hombres: 4.378. Se reportaron 411 asesinatos de mujeres.

"Lo único que pueden hacer es matarme", se cansaba de repetir Villavicencio al referirse a las amenazas constantes de las que era objeto, entre otros de los narcotraficantes del cártel de Sinaloa. Y lo mataron. Un desenlace que, como él también acostumbraba a argumentar, es un reflejo de la veracidad de su diagnóstico al afirmar que el país va camino de convertirse en un narcoestado.