Elecciones en el gigante sudamericano

Los grandes desafíos de Lula y el Brasil del futuro

El futuro presidente debe enfrentar una pesada herencia en medio de un ambiente de hostilidad de la ultraderecha

Lula necesita ampliar sus alianzas en el Congreso para evitar tormentas y, a la vez, comenzar a resolver serios problemas sociales

Lula da Silva celebra la victoria electoral junto a su mujer.

Lula da Silva celebra la victoria electoral junto a su mujer. / Reuters

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Abel Gilbert
Abel Gilbert

Corresponsal en Buenos Aires

Especialista en se ha especializado en temas políticos relacionados con la región pero también ha abordado cuestiones culturales y deportivas

Escribe desde se encuentra en la ciudad de Buenos Aires

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La noche del domingo le perteneció por completo a Luiz Inácio 'Lula' da Silva. Recibió felicitaciones de todos los líderes internacionales. Se fundió en innumerables abrazos. Sonrió una y otra vez ante las cámaras y teléfonos celulares. Pero los momentos de euforia sin embargo pasan muy rápido, mucho más en un Brasil donde todavía quedan dos meses de la presidencia de Jair Bolsonaro.

El mismo lunes supuso para el hombre que gobernará Brasil por tercera vez a partir del 1 de enero de 2023 una inmersión en las dificultades que se avecinan. Algo de eso se puso en escena durante los mismos festejos por la victoria electoral. Lula evitó recurrir a sus dotes de gran orador e improvisador al hablar en Sao Paulo ante sus seguidores y aliados. Leyó un discurso escrito como un gesto más de cautela, luego de horas de temores. Las palabras fueron bien recibidas. Sin embargo, los medios de comunicación ya le pidieron gestos más decididos de su viaje de la izquierda al centro político.

El problema de la polarización

El diario paulista Estado consideró que, tras años de enfrentamientos, Lula tiene "el deber de enfriar los ánimos". Su victoria, añadió, "está lejos de representar una solución para el país. Es, de hecho, un nuevo reto". Para Ligia María, columnista de Folha, el clima bélico de la campaña electoral se trasladó a todas las esferas de la vida de la sociedad y no es de fácil disolución. "Los padres se pelearon con sus hijos, las parejas se separaron y las amistades se rompieron". El daño, "ya está hecho" y "no se vislumbra un cambio en el horizonte cercano".

El presidente del Senado, el exbolsonarista Rodrigo Pacheco, se comunicó con Lula para decirle que encontraría en el Congreso toda la "colaboración y el diálogo" para resolver los problemas del país. Pero también le advirtió sobre las complejidades que le esperan al futuro presidente. El Parlamento pondrá en escena los límites de la política de concordia esbozada por Lula. La ultraderecha contará a partir de 2023 con la bancada mayoritaria. El 24% de los escaños pertenecerá al Partido de los Trabajadores (PT), un número insuficiente para detener una embestida contra el futuro presidente. Por otra parte, Lula tendrá gobernadores aliados en 11 estados, incluidos cuatro gobernadores del PT. Sin embargo, deberá lidiar con 14 estados opositores, especialmente en el sur, el sudeste y el centro-oeste del país. Y, a la vez, en breve se sabrá cuáles serán los movimientos de la ultraderecha más activa tanto en las redes sociales como en las calles. El bolsonarismo es un movimiento de masas y una señal de peligro permanente por muchos años.

De la proeza a la realidad

Cuatro años atrás, Lula fue condenado por el juez Sergio Moro en una causa que terminó revelándose escandalosa y fue anulada por el Tribunal Supremo. "La democracia es así. El resultado de una elección no puede sobrepasar el deber de responsabilidad que tenemos con Brasil", dijo el exjuez, quien luego fue ministro de Seguridad de Bolsonaro, se peleó con el capitán retirado y en 2023 será senador por un partido conservador.

El futuro mandatario estuvo en prisión 580 días. Al salir, llevó adelante una empresa colosal, "a la altura de los más épicos viajes de superación", según Roberto Andrés, columnista de la revista Piaui. En noviembre de 2019, al abandonar la cárcel, pocos creían que sería eso posible. Sucedió. El próximo Gobierno "tendrá una tarea aún más ardua que la emprendida hasta ahora. En los últimos tres años, Lula y el PT han hecho bien lo que dominan: articulaciones, negociaciones, campañas. A partir del próximo año, tendrán el reto de reconstruir un país destrozado, de dialogar con un Congreso cuya fisiología tradicional se ha radicalizado hacia la derecha, y de dar dirección a un Gobierno formado por una coalición heterodoxa. Todo ello requerirá también superar los límites de la primera versión del lulismo".

La herencia social

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En su primera alocución, el vencedor de la contienda subrayó el carácter intolerable de la pobreza. En 2003, cuando Lula inició su primer mandato, puso en marcha políticas de redistribución de la renta que no afectaron a los intereses de la élite económica y se vieron beneficiadas por el crecimiento de la economía global. La mitad más pobre de la población brasileña aumentó su participación en la renta total del 11% al 12% entre 2001 y 2015, mientras que el 10% más rico pasó del 54% al 55%. A su vez, el 1% más rico vio crecer su participación en la renta del 25% al 28%. Fueron los sectores medios los que vieron caer su cuota de ingresos del 34% al 32%. Ese fue el fermento de la aversión al PT que terminó con en el golpe parlamentario contra Dilma Roussef y, luego, la llegada de Bolsonaro al Palacio Planalto.

Pedro H. G. Ferreira de Souza, autor de Una historia de la desigualdad, estima que Brasil fallará otra vez si Lula no puede enfrentar los privilegios del 1% más pudiente. El mandatario electo lo sabe, y por eso, como hace 20 años, le recordó a la sociedad que, ante todo, es imperativo "garantizar que todos los brasileños tengan diariamente un desayuno, un almuerzo y una cena". El próximo Gobierno tiene el desafío de cumplir ese objetivo haciendo malabares entre la promesa de controlar el gasto estatal y promover el crecimiento de un país cuya economía subiría en 2023 un 1%.