Guerra en Ucrania

Transnistria: nostalgia y hartazgo en el país que no existe

Putin no solo pretende ocupar el este y el sur de Ucrania, sino que tiene en el punto de mira a Transnistria, la región secesionista y prorrusa de Moldavia | Recuperamos el reportaje que cuenta la vida en esta peculiar nación

Transnistria: nostalgia y hartazgo en el país que no existe
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Vicent Chilet

Anton Dendemarchenko debe su nombre a Anton Chéjov ya que su madre era una apasionada lectora del autor de 'Tío Vania'. Quizá por esa genética literaria a Anton, historiador, le gusta transformar en hip hop los versos del gran poeta ruso Aleksandr Pushkin. En los ratos libres que le deja su trabajo hasta medianoche en un call center, da la bienvenida como guía turístico, con chistes de Stalin y Churchill, estrofas random de Julio Iglesias y poemas rapeados, a los escasos viajeros que se acercan a Tiraspol para ilustrarles con píldoras de humor acerca de la complejísima historia de Transnistria, el país que no existe, su país. El último vestigio de la URSS cumple en este 2020 treinta años de vida suspendido en el limbo, olvidado en las noticias y desaparecido en los mapas.

La rebelde Transnistria, Prednistrovie para sus mayoritarios habitantes de habla rusa -"pronúncialo como si fueses a decir Britney Spears", me aconseja Anton- tiene gobierno, parlamento, bandera, moneda, leyes y frontera militarizada hasta los dientes, pero no goza de ningún reconocimiento internacional. Encajonada entre la fina línea orográfica (y psicológica) entre el río Dniéster y la frontera con Ucrania, lleva independizada de facto de Moldavia desde 1990 cuando, en pleno desmoronamiento soviético, la industrializada región poblada de masa obrera eslava se negó a formar parte de la negociación moldava para integrarse en una gran Rumanía. El referéndum fue el inicio de dos años de tensión que acabaron en seis meses de guerra hasta que el carismático general Aleksandr Lébed, a los mandos del 14 Ejército Ruso, mandó firmar una paz forzada. El permanente despliegue militar ruso en la zona sigue dominando el tablero y garantizando la paz, para alivio de transnistrios y moldavos. Moscú no reconoce la independencia, pero subsidia gran parte de las necesidades elementales del "no país", como la dotación gratuita de gas, aparte de sacar beneficio geo-estratégico al convertir a Transnistria en un incómodo satélite, al estilo Crimea, en pleno conflicto nacionalista con Ucrania.

Dos son los sentimientos que más fácilmente pueden crecer en cualquier territorio aislado del mundo durante tres décadas y que encara un futuro de incertidumbre. Nostalgia y hartazgo. La nostalgia de quienes vivieron el pasado dorado de la URSS y el grito ahogado de jóvenes que quieren emigrar. "¡Rusia no nos dejes!", suspiran los mayores. "¡Queremos largarnos, nos da igual quién era Lenin!" clama una juventud con acceso libre a Internet y vestida a la última moda. Por un lado la melancolía de los años de mayor prosperidad soviética, con una vida tranquila y una patria fuerte. Con otras siglas, Rusia rellena hoy aunque solo sea con influencia política y no soberanía directa el corazón que durante tantos años ocupó el dominio comunista. Una ensoñación que contrasta, en el otro extremo, con el frustrante desencanto generacional de los más jóvenes, que solo han visto envejecer las anchas avenidas, las moles brutalistas y las docenas de estatuas de Lenin y vehículos Lada aún en activo que motean un paisaje cinematográfico de reliquias rojas vintage. No hay perspectivas de progreso juvenil en un país que, oculto en su burbuja, sin vigilancia internacional, ha florecido entre acusaciones de corrupción política, fabricación armamentística clandestina y una actividad económica manejada por un gigantesco holding, Sheriff, fundado por dos exagentes de la KGB y que controla las telecomunicaciones, gasolineras, supermercados y un equipo de fútbol, el Sheriff Tiraspol, cuyo estadio cinco estrellas es el edificio más lujoso de toda Transnistria. Todo ello con una bandera nacional en la que reluce la hoz y el martillo.

En las 72 horas de visado exprés concedidas en el checkpoint de la frontera, Levante-EMV se propuso recorrer Transnistria en marshrutkas (viejas furgonetas de gran suspensión) y en autostop y conocer los miedos y esperanzas de sus habitantes. Desde Tiraspol a las poblaciones agrícolas como Cioburciu y Crasnoe, con sus estatuas de cosmonautas y antiguas fábricas estatales de refrescos abandonadas desde la Perestroika, pasando por ciudades industriales como Dnestrovsc, núcleo urbano levantado en 1961 entre extensiones de patata y remolacha para dar cobijo a los trabajadores de la flamante central eléctrica nacida con la guerra fría en acelerada palpitación. Una tierra mestiza, como todo enclave fronterizo, de pasado otomano y con leyendas de contrabandistas, de mercenarios que cruzaron la frontera hasta Odessa para intervenir en las revueltas pro-rusas de 2014 y de supuestos criminales deportados desde Siberia por Stalin, los urcas, que dieron a Transnistria ese aire entre Macondo y Corleone literaturizado en 'Educación siberiana', de Nikolai Lilin. "En los años de caos tras caer la URSS, crecieron mitos en cada esquina de cada nueva república. Si quieres comprobamos si hay armas en los mercadillos de segunda mano. De Transnistria uno se va con más preguntas que respuestas", bromea Anton que, junto a su esposa Zlata, me acompañará como traductor.

A Ludmilla Federovna, de 75 años, la encontramos podando una rosaleda comunitaria, en el centro de Tiraspol. Realiza cada día marcha escandinava, con caminatas de ocho kilómetros, y cuida el jardín "para mantener activo el corazón y no llenar los días solo de recuerdos". Agradece la pausa y echa la vista atrás. "En la URSS podías tener un trabajo estable, un salario. Después de la Perestroika vinieron tiempos duros. Especialmente para los más jóvenes, que eran niños en la guerra con Moldavia y ahora han tenido que emigrar por todo el mundo. Un hijo se marchó a Ucrania, otro a Estonia, mi nieto está en Rusia. Todos intentan ganar dinero como pueden", señala Ludmilla, que trabajaba "en lo que en el Oeste llamaríais Recursos Humanos" en una planta de acero que hoy solo da trabajo a 600 empleados cuando llegó a contar, en su época, con más de 5000 trabajadores.

- ¿Y cómo imagina usted el futuro?

Del futuro solo espero que Rusia no nos deje solos, que cuide de nosotros. En Moldavia ha habido crisis de los bancos, ha desaparecido un millón de dólares (sic)... Hay que esperar lo mejor para el futuro, hay que enfocarse en las cosas bonitas, pero dependerá de nuestra hermana Rusia. Nuestro lugar está con Rusia. Soy optimista, no me siento triste. Si me rindiera no podaría estas rosas y dejaría que el césped creciera descontrolado.

Rusia aparece en cada conversación, como pasado, como anhelo, como patria imaginada. Nos desplazamos a la ribera del Dniéster, un río caudaloso y de porte señorial. El día es soleado ("no ha nevado en todo el invierno") y Félyx, de 81 años, con una dentadura toda dorada y una gorra bien ajustada con el lema de "USA Air Force", sirve a sus amigos brandy local, el gran orgullo nacional, en vasitos de plástico. Me apremia para que lo apure rápido, pues no se puede beber en público. "Nos estamos preparando para el día de los defensores de la patria, que es mañana (24 febrero). Ya lo celebrábamos en los tiempos soviéticos y lo seguimos haciendo por nuestras tropas y las rusas, que nos protegen. Para muchos, estábamos mejor en la URSS". "¡¡Devuélvannos a la URSS!!" brindan todos los presentes, camuflados bajo un gigantesco chopo. "En la Unión Soviética teníamos escuelas, medicinas, equipamientos. Ahora sobrevivimos con 100 dólares al mes, esa es la única realidad".

Vladimir Ivanovic, de 75 años, toma el sol frente al Dniéster con su esposa Valentina, de 70. Nada más presentarme me regala una cabeza de ajos comprada en el cercano mercado de la verdura de Tiraspol, y toma nota de mi nombre ("como Van Gogh") en unos papeles sacados de la cartera. "No solo las calles recuerdan a la URSS, sentimos nostalgia de la URSS, es como un sueño que se fue. Era una vida tranquila en base al trabajo, fue un largo periodo de trabajo. Rusia vino y se fue dos veces de esta tierra. Primero los zares que echaron a los otomanos, luego los comunistas. Rusia siempre vuelve". Valentina trabajaba en una fábrica de pan y nos cuenta con todo lujo de detalles una estancia de juventud en Guinea Conakry, donde fue destinado su esposo para dirigir el plan de instalación eléctrica de nuevos edificios. De aquella experiencia les queda el recuerdo de frutas exóticas, como las bananas. "Aquí tenemos manzanas, albaricoques, melocotones, pero no bananas. Ni mandarinas, ni papaya, que sabe como la calabaza. La papaya era buena para el estómago. No pierdas la ocasión de ir al mercado de la verdura".

Cada alusión romántica a la Unión Soviética, más que un posicionamiento ideológico, empiezo a tener claro que se trata de un recuerdo idealizado de la juventud que ya se fue. La URSS es un chispazo emocional, como los dibujos animados de "¡Nu, pogodì!", los extintos guateques o la antigua rivalidad con Estados Unidos en los Juegos Olímpicos. Una impresión que me confirma Tatiana, de 67 años: "Fui campeona de remo, aquí en el Dniéster. Nuestro país es el mejor del mundo, lo amo, aunque echo de menos a mi nieto, que está en Barcelona. Tuve una infancia feliz. Pensar en la URSS me pone melancólica. Recuerdo las actividades al aire libre en la escuela. El deporte era importante. El Dniéster estaba limpio, podíamos beber agua directamente del río, el pescado estaba fresco, sano, ahora no tanto, por la polución de Ucrania. Aquí, donde estamos sentados, transcurrió mi infancia. Y aquí seguiremos. Estamos muy condicionados entre Moldavia, que quiere recuperar este territorio, y Ucrania, que desconfía de nuestra alianza con Rusia. Pero aquí seguimos". Alexei, coleccionista de armas, antiguo contrabandista y veterano de las guerras contra Moldavia y en Afganistán, señala que "todas las grandes decisiones en el mundo dependen de Rusia", en una explicación cortada de raíz porque empezó a sonar su móvil, con la melodía del himno soviético.

Igor y Valeria, una pareja de estudiantes de Policía y Medicina de 21 y 18 años, son el primero de los muchos ejemplos de jóvenes, sin excepción, hartos de crecer en el limbo de un país aislado dentro de la nación más pobre y menos visitada de Europa. "No tengo ni idea del futuro que le espera a este país. Quisiera ser optimista, pero resulta difícil. Estudio para ser de la "militia", la policía militar, que es de las pocas salidas con futuro". "Vivimos muy mal, no hay oportunidades de trabajo, los empleos son malos. No tenemos ni lo suficiente para vivir dignamente. He planeado seguir estudiando, quiero ser médico y marcharme al extranjero", remata Valeria.

- ¿Y qué sentís al ver tanta simbología comunista en las calles? ¿Os apela alguna emoción?

- Me traen sin cuidado tantas estatuas de Lenin, apunta Igor.

- Nadie sabe quién demonios fue Lenin y nos da igual todo lo que hiciera en el pasado. Está en las plazas, en las estaciones, por todas partes. Lenin is everywhere, canturrea Valeria.

La juventud transnistria posee varios pasaportes. El moldavo por imperativo legal; el prednistroviano sin ninguna validez lejos del Dniéster; y si se demuestra ascendencia, se puede obtener ciudadanía rusa o ucraniana. Alexandr y Anastasia, mellizos de 20 años, se muestran hiperactivos a la hora de hablar. Viven en Odessa, la primera gran ciudad ucraniana al otro lado de la frontera. Representan una rara excepción, ya que las personas en edad militar con origen en Transnistria no pueden cruzar a Ucrania desde 2014. Visten con un desenfadado toque de modernidad, se nota que proceden de una ciudad abierta, marítima, muy comercial y famosa por su histórico sentido de la ironía. Acaban de cargar dos vasos grandes de café y abren un melón, el de la corrupción política, que escasamente se trata en público. Transnistria tiene como forma de gobierno la democracia parlamentaria y ya ha tenido alternancia política en el poder. El partido de centro-derecha Reforma, que mira más hacia la Unión Europea, relevó al nacionalista República, mayoritario en la primera década y férreo seguidor de los dictados de Moscú. El partido comunista, con muchos adeptos, completa la terna.

-Nuestros padres son de aquí. Pasamos en Tiraspol nuestra infancia y nos mudamos hace tres años, -empieza Anastasia-.

-Volvemos de vez en cuando porque es nuestra patria, -reconoce Alexandr-. Pero el futuro lo imagino sombrío porque Transnistria es un país con la corrupción instalada y nadie lucha contra ella, la gente se ha acostumbrado a vivir así. He estado en otros países y puedo decir que Rusia es menos corrupta que Transnistria.

- ¿Y en base a qué se mide el nivel de corrupción de este país? -mando a Anton que traduzca.

- Muy fácil: ¡Fíjate en el número de coches que tienen las hijas del presidente!

Todos estallan en carcajadas.

Anastasia retoma la palabra: "Sucede una cosa graciosa. Cada presidente (ha habido tres, Ígor Smirnov, Yevgueni Shevchuk y el actual mandatario Vadim Krasnoselski) tiene como proyecto emblemático levantar un gran edificio. Y acaba abandonado. Llega el nuevo presidente y manda construir otro aún más grande. Y acaba abandonado. Y los precios de los pisos nuevos son elevadísimos, 450 dólares el metro cuadrado".

Dina y Olga, dos amigas entre 25 y 30 años, tienen un plan definido. Como toda su generación aspiran a salir de Transnistria, pero con la idea de poder ahorrar e invertir en su tierra. Dina no quiere renunciar a un país que le gusta y siente que le pertenece: "Algunos encuentran aquí una vida placentera, ven signos positivos y siguen aquí. Para muchos no hay expectativas, pero yo creo que hay un lugar para todo el mundo aquí". ¿Pero marcharse, dónde? "Muchos se van a trabajos de media jornada en Moscú o San Petersburgo", detalla Olga. "Pero en San Petersburgo hace mucho frío y si vas a otro país europeo el idioma es un gran problema. Quiero irme y volver, me gustaría montar mi propio negocio, algo orientado a la infancia". En la cuestión en la que no se ponen de acuerdo es respecto al futuro. Dina lo proyecta "tal y como vivimos ahora, en el limbo, en una situación que puede parecer de transición, pero que se eternizará. El pasado comunista solo forma parte del paisaje. Nos enseñan historia en la escuela, pero cuando paso delante de las estatuas de Lenin no la veo reflejada, no intuyo el background que hay detrás. Depende todo de los transnistrios, de que nos organicemos". "Yo creo que depende de Rusia", replica Olga. "Su presencia económica y su influencia política es la que nos aleja de la posibilidad de una guerra. Y creo que en el fondo tranquiliza también a Moldavia".

Misha levanta un saco de piedras en el patio interior de un condominio al que he entrado para hacer fotos, cerca de la estación. A los 16 años se plantea ser militar. "Este descampado es mi gimnasio". "Me gusta vivir en Tiraspol. Es una ciudad tranquila, relajada, pero es más difícil abrirse camino, alcanzar una estabilidad. El sueldo medio es de 3000 rublos prednistrovianos, unos 150 dólares al mes. Es una sociedad complicada, probablemente si tengo ocasión de marcharme, lo haré. Soy joven y de momento me gusta entrenar en artes marciales en el colegio. No creo que haya muchos cambios en el futuro, continuaremos como hasta ahora, flotando". Sus deseos no se manifiestan en mayúsculos designios, con una ciudad más habitable le basta: "Me gustaría que al menos repararan los parques, cuidasen más los jardines públicos y mientras esperamos a ver qué pasa en este país, vivamos en una ciudad más bonita. La herencia soviética es bonita, no me gusta cuando veo grafitis en las estatuas".

Paso la noche en el Hotel Sofía, modesto, limpio y casi vacío. El desayuno lo pido en una conversación con la cocinera del comedor a golpe de Google Translator. Desde el centro de Tiraspol partimos en marshrutka hacia el sur, hacia las poblaciones agrícolas y la llamada Little Bangkok, un asentamiento de casitas de chapa y uralita frente a un lago fronterizo con Ucrania en el que los trabajadores de la central eléctrica se reúnen para pescar. El trayecto se completa con tramos breves en autostop en los que Anton aporta como propina postales de monumentos de Tiraspol pintados por él.

La cantidad de coches Lada aumenta por esta zona. También el número de granjas y fábricas abandonadas en las que uno puede encontrar monedas soviéticas, calendarios de 1986 y los carnets de los obreros, con cuños con la efigie de Lenin. Un lema, "Gloria al trabajo", aparece en rótulos y estatuas. A las afueras de Dnestrovsc, Tamara y Veronika, dos señoras ya jubiladas y vestidas de sport, nos invitan a tomar parte del picnic que preparan a la puerta de un garaje. Es el día de los defensores de la patria, cierto. Les ayudamos a montar la mesa mientras sus maridos matan el tiempo en la cantina del pueblo. Llegan al cuarto de hora, con ramos de rosas y con gatos descendiendo del coche. "Somos la última isla de la URSS, la última isla de libertad", proclaman antes de brindar con un brandy casero con el que ya comienzo a estar familiarizado.

Frente a una estatua de Lenin, en el jardín del antiguo cine de Cioburciu, ahora reconvertido en Casa de la Cultura, Stephan Gregorovic conversa con sus amigos, todos ellos veteranos del ejército soviético. Pese a sus respetables edades, entre 83 y 85 años, han acudido en bicicleta e intercambian impresiones observando un viejo Traban 601 con asientos tapizados de leopardo, aparcado cerca. En el interior del complejo cultural, semivacío y con mosaicos desconchados, una niña de unos 5 años ejecuta pasos de danza, mientras su profesora juzga con detalle cada movimiento, con la melodía salida de un radio-cassette sonando a todo volumen. Vuelvo los pasos hacia los entrañables tovarich, con Gregorovich evocando con fascinación los recuerdos de una patria a la que ahora ya no ven tan orgullosa. "Nos sentíamos parte de algo grande, un imperio en el que muchas nacionalidades nos llevábamos bien, con camaradas de Alemania del Este o Checoslovaquia. Yo estaba destinado en Vladivostok. Tardábamos en tren quince días en llegar al regimiento. Después de un año de servicio te daban vacaciones, pero era tan lento cruzar el país que me quedaban diez días para estar con mi familia. El respeto primaba mucho más en los tiempos soviéticos que en la actual sociedad". Antes de despedirnos preguntan por Cataluña.

El regreso a Tiraspol es lento porque no se detiene ningún coche que nos acerque hasta la parada más próxima de una marshrutka. "¡¡Ublyudok!!" ("¡¡Cabrones!!"), grita Anton, cada vez que un vehículo acelera cuando le pedimos que se detenga. "Se creen que sus coches son demasiado bonitos para que nos sentemos en ellos". Caminamos unos 5 kilómetros en medio de la nada, acompañados por dos perros callejeros desde Cioburciu. Uno de ellos, negro y peludo, asalta el paso de cada coche lanzándose sobre ellos entre ladridos en plan kamikaze, obligándoles a frenar o dar bruscos volantazos. A la mañana siguiente regreso a València y no he preguntado todavía a Anton qué piensa de su país, de sus raíces y del futuro que les aguarda a Zlata y a su hijo de tres años.

- En la guerra con Moldavia tenías 7 años. ¿Albergas recuerdos?

- Tengo la imagen vaga de los tanques entrando en Bendery, mi ciudad natal, la primera nada más pasar la frontera viniendo de Chisinau. Allí se estableció el "front-line".

- Hemos encontrado a gente que vio el esplendor de la URSS y a jóvenes desencantados por el estancamiento y corrupción. Tú y Zlata representaríais un tallo distinto, una aproximada clase media, que de alguna manera ha echado raíces.

- Intentamos tirar hacia adelante, sin ser ciegos a las contradicciones que nos rodean. Hay gente como nosotros, que tiene ese anhelo de trabajo, un apartamento o una responsabilidad. Buen clima, amigos, familia, raíces. Eso también es una especie de patriotismo.

- Un patriotismo sin banderas.

- No es un patriotismo en el sentido clásico, tipo "este es mi país y me dejaré la vida por él", no es la cosa soviética de "tú eres el país y el país eres tú" y sacrificar la vida por el bien del comunismo. Es normal que la gente busque oportunidades, otros países, prosperidad, la actividad que ves en ciudades como Moscú o San Petersburgo, con museos y música en directo. Pero aquí Internet no está prohibido, tenemos acceso en cierto modo a la cultura universal. Música, literatura, películas. Aunque estemos aislados, no hay ningún telón de acero.

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- No hay telón de acero, pero el problema es salir del limbo.

- El gran problema es la corrupción, no tener apenas tiempo para nada con dos trabajos. Y viajar al extranjero. La Unión Europea requiere visado, Ucrania ha prohibido a todos los hombres rusos y a los transnistrios en edad militar pisar su país. La política es la que hace la vida complicada, no la gente.

Nota al lector:

Este reportaje se publicó originalmente en junio de 2020. Este diario lo recupera ante los acontecimientos actuales que señalan que el presidente ruso Vladímir Putin no piensa pararse únicamente en su invasión ucraniana sino que tiene como objetivo este peculiar territorio de Moldavia.