30 aniversario de la desintegración soviética

'Back in the USSR'

  • La clase oficialista rusa y su presidente, Vladímir Putin, se sumergen con frenesí en la nostalgia del desaparecido imperio comunista cuando se cumplen tres décadas de su autodisolución

  • Las fuerzas opositoras y las organizaciones de derechos humanos contemplan con inquietud y pesimismo la deriva autoritaria que esta emprendiendo el Gobierno

Varias personas caminan el pasado lunes junto a una estatua de Vladimir Ulyanov ’Lenin’ y otros monumentos de la URSS en un parque de Moscú

Varias personas caminan el pasado lunes junto a una estatua de Vladimir Ulyanov ’Lenin’ y otros monumentos de la URSS en un parque de Moscú / YURI KOCHETKOV / EFE

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Marc Marginedas
Marc Marginedas

Corresponsal para la exURSS

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Con los termómetros marcando récords de frío en Moscú y en una parte importante del país, una frenética nostalgia hacia la extinta Unión Soviética invade en estos días a políticos, deportistas y prohombres de la Federación Rusa. Una acrítica reivindicación del desaparecido Estado socialista por parte del oficialismo ruso, cuando se cumplen 30 años de su autodisolución, en la que ha querido participar incluso el propio presidente, Vladímir Vladimírovich Putin.

Este lunes, el Partido Demócrata Liberal de Rusia, formación ultraderechista perteneciente a la denominada oposición sistémica, ha presentado para su discusión y votación en la Duma Estatal una moción en la que se valoraba la autodisolución de la URSS con las mismas palabras revisionistas que empleó el líder del Kremlin para referirse a dicho acontecimiento histórico en un discurso pronunciado hace tres lustros y repetido hasta la saciedad desde entonces: "La Duma Estatal considera el colapso de la Unión Soviética como la principal catástrofe geopolítica del siglo XX, que llevó a la desintegración de varias áreas de la sociedad" y a la "exacerbación de las crisis política y económica y a la aparición de los conflictos nacionales", proclama el documento. Según se lee en el texto, los firmantes de su acta de defunción, Borís Yeltsin, presidente de Rusia en aquellos agitados años, Leónid Kravchuk, su homólogo ucraniano, y Stanislav Sushkiévich, en representación de la pequeña república de Bielorrusia, realizaron un acto ilegal al adoptar una decisión para la cual "no estaban autorizados".

La exaltación hacia el desaparecido imperio comunista ha tenido hasta su vertiente deportiva en la moscovita pista de hielo CSKA Arena. El equipo nacional de hockey, desprovisto de bandera e himno debido a los sucesivos escándalos de dopaje que han salpicado al deporte local, ha jugado partidos de un torneo de selecciones con una camiseta retro en la que estaban escritas las siglas de la URSS en idioma ruso y alfabeto cirílico -CCCP-. "Me gusta, porque nuestros jugadores soviéticos entraron en la historia del deporte mundial como unos de los mejores", ha justificado Viacheslav Fetisov, antiguo defensa de la selección nacional, exjugador en la liga profesional de hockey estadounidense y en la actualidad miembro del Consejo de la Federación (Senado).

'Revival' y morriña

El líder del Kremlin, por su parte, ha querido aportar su granito de arena a esta atmósfera de 'revival' y morriña, desvelando por vez primera un presunto episodio de su vida en aquellos agitados años que, sobre el papel, parece destinado a congraciarle con las penurias económicas que sufrieron entonces millones de ciudadanos exsoviéticos: "A veces, tenía que ganar un dinero extra; quiero decir, con un coche, como conductor privado; no es agradable hablar de ello, pero desgraciadamente, ése fue el caso". En los tiempos inmediatamente posteriores al fin de la URSS, miles de cabezas de familia completaban sus devaluados salarios llevando en sus coches de fabricación soviética camino del trabajo a cualquier pasajero ocasional que apareciera en la ruta. En cambio, Putin, que había trabajado como agente del KGB en Dresden desde mediados de los 80, regresó a Rusia tras la reunificación alemana en teoría bien colocado: en seguida comenzó a trabajar para una de las estrellas políticas del momento, Anatoli Sobchak, quien acabaría convirtiéndose en alcalde de San Petersburgo.

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La nostalgia y la reivindicación festiva del oficialismo se transforman en desazón, pesimismo e inquietud ante el futuro cuando quienes hablan son los representantes de la oposición o de las organizaciones de los derechos humanos. "30 años después del final de la URSS, veo que el país no ha extraído las conclusiones necesarias y no ha derrotado al bolchevismo y al comunismo", explica a EL PERIÓDICO Nikolái Ribakov, jefe de filas de Yábloko, la principal fuerza liberal de Rusia. "Se está llevando a cabo la rehabilitación de Stalin y sus métodos de Gobierno, el individuo y los derechos del hombre tienen cada vez menos importancia para el Gobierno; además, el poder intenta destruir la memoria de los crímenes soviéticos y revisar este periodo", ha denunciado.

Precisamente, las maniobras del poder ruso para blanquear y hacer olvidar las actuaciones del Estado totalitario comunista son una de las grandes preocupaciones de Tatiana Lokshina, al frente de la oficina local de Human Rights Watch. "Es precisamente en estos momentos cuando el Gobierno quiere liquidar Memorial", denuncia Lokshina a través del teléfono. Esta organización, una de cuyas labores ha sido desvelar y sacar a la luz los crímenes cometidos durante la era soviética, afronta en estos momentos un proceso judicial que podría desembocar en su ilegalización. Puestos a recordar a la URSS, la activista Lokshina compara los juicios y condenas a una buena parte del liderazgo del Fondo contra la Corrupción, la oenegé fundada por el bloguero encarcelado Alekséi Navalni, con "los procesos a disidentes soviéticos" del siglo pasado, donde los jueces "no eran independientes" y obedecían "consignas "políticas".

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