Así es la vida en IK-2

Dentro de la cárcel de Navalni

  • Dos exreclusos relatan a EL PERIODICO la vida cotidiana en IK-2, la prisión cercana a Moscú donde cumple condena el líder opositor ruso

  • Los testimonios denuncian demoledoras presiones psicológicas sobre los presos de perfil político, recuentos interminables a temperaturas bajo cero, y presos colaboracionistas que amenazan y provocan a otros a petición de la dirección

La colonia penitenciaria IK-2 en Pokrov.

La colonia penitenciaria IK-2 en Pokrov. / Reuters

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Marc Marginedas
Marc Marginedas

Corresponsal para la exURSS

Escribe desde Moscú

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Una barrera levadiza roja y blanca, junto a una caseta de dos pisos, de donde surge una malcarada mujer de uniforme que amenaza con pedir la documentación a toda persona que se acerque a una distancia inferior a "50 metros". Nieve, placas de hielo, cielo gris y plomizo. Esto es IK-2, la colonia penitenciaria en la región de Vladímir, no lejos de Moscú, donde cumple condena Alekséi Navalni, el principal líder de la oposición en Rusia. Tipificada en el argot carcelario ruso como una institución "de régimen habitual", dos de sus antiguos moradores relatan a EL PERIÓDICO la realidad intramuros del correccional donde, según sus palabras, los presos comunes son golpeados con frecuencia y los funcionarios y administradores ejercen de forma continua una demoledora "presión psicológica" sobre los internos con perfil político.

"A Navalni no le van a pegar, pero lo van a atormentar, que es mucho peor", advierte Dmitri Démushkin, un nacionalista crítico con la guerra de Ucrania y condenado en 2016 por un delito de incitación al odio, remitiéndose a su experiencia de dos años en IK-2. "Durante ocho meses me prohibieron hablar; fue muy duro: tenía que permanecer de pie durante ocho horas al día, me dolían las piernas, no podía levantar la cabeza, ni siquiera podía rascarme la nariz", rememora. Aunque en Rusia existen colonias denominadas "de régimen estricto", donde en teoría son enviados los condenados por delitos más graves, Démushkin sostiene que esa clasificación, en realidad, no significa nada y que en el caso concreto de IK-2, las condiciones de vida son "muy rigurosas".

El recinto carcelario, situado en las afueras de Pokrov, una localidad de 15.000 habitantes a un centenar de kilómetros de la capital, alberga a unos 800 presos, la mayoría condenados por delitos de narcotráfico, y está dividido en su interior en varios sectores, con diferentes condiciones de vigilancia.

Desde el sector A

En un post publicado en Instagram, Navalni saludó a sus partidarios desde el denominado Sector A. Konstantín Kótov, quien pasó un año en la colonia en cumplimiento de una sentencia de 18 meses de prisión por participar en protestas no autorizadas, explica las particularidades de ese espacio donde ha sido instalado el bloguero. "Es un sector de vigilancia estricta con instalaciones de cuarentena dónde son enviados todos los prisioneros que llegan; pasada la cuarentena, normalmente te envían al sector de vigilancia habitual". En el caso de Navalni, aventura Kótov, "puede que se tenga que quedar en el sector 5 durante todo el encierro, bajo la presión estricta de los funcionarios". "Es la administración de la cárcel quien decide", puntualiza el activista, que no descarta una eventual intervención directa del Kremlin en dicho proceso dadas las características del recluso.

La colonia penitenciaria IK-2 en Pokrov.

/ AFP

Lo que sí parece garantizado es que el bloguero no podrá en ningún caso realizar trabajos remunerados, un privilegio reservado, según Démushkin, a los presos que acaban en el denominado sector de vigilancia moderada. "No le van a permitir ir ahí. No a gente como a Navalni o a mi. Lo único que va a hacer (Navalni) en su encierro es sentarse y esperar", augura este antiguo prisionero. Muy parecida suerte corrió Kótov, quien pasó gran parte de su encierro "mirando la televisión, los canales federales o canales musicales". "Era muy duro; teníamos que mirarla en silencio, fijamente, todo el rato; si cerrábamos los ojos o volvíamos la cabeza, nos castigaban", recuerda. De los ocho centenares de reclusos, tan solo un centenar integran la fuerza laboral de la prisión.

En IK-2, el día comienza a las seis de la mañana, cuando tras despertar a los presos, les obligan a formar en silencio en el exterior para escuchar el himno de Rusia, relata Kótov. Tras un desayuno a toda prisa, los reclusos regresan al exterior, donde los funcionarios inician el tedioso proceso de pasar lista, que en muchas ocasiones se prolonga hora y media. "Haga calor, o 20 grados bajo cero, el recuento siempre en el exterior; solo es bajo techo si llueve; muchos sufrimos congelaciones de miembros", continúa. En todo momento, el preso debe mantenerse en silencio y en una difícil postura, con las manos en la espalda. Una vez acabada la jornada, por la tarde, se hace otro recuento, en idénticas condiciones.

Presos colaboracionistas

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A decir de Kótov, en IK-2 existe un grupo de internos que "colaboran con la dirección" a la hora de presionar a presos como él, que cuentan con apoyo en el exterior. "Me amenazaban y provocaban, ya que los funcionarios no podían mostrarse violentos conmigo para no causar un escándalo", explica. Estos reclusos colaboracionistas, incide el activista, disfrutan a cambio de privilegios inalcanzables para el resto, como practicar deporte en un gimnasio. Tanto Démushkin como Kótov confirman que los presos por delitos comunes que no generan atención mediática son golpeados de forma recurrente.

La prisión apenas cuenta con un dispensario médico donde se ofrece una muy deficiente atención sanitaria que además suele llegar con retraso. "Contraje la sarna, y solo me trataron después de seis semanas", explica el activista. Su piel se resintió por ello, y aún sufre patologías cutáneas.