La vida del refugiado

De un colegio de Kabul a uno de Barcelona

Un niño afgano de siete años, hijo de un periodista refugiado político, se incorpora a una escuela de la capital catalana

Colgador de pertenencias de los alumnos en un colegio de Barcelona.

Colgador de pertenencias de los alumnos en un colegio de Barcelona. / Manu Mitru

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Montse Martínez
Montse Martínez

Periodista internacional

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De una escuela de Kabul, la capital de Afganistán, a una de Barcelona. En medio, cuatro meses de odisea para H., un niño de siete años y toda su familia, obligada a salir de Afganistán prácticamente con lo puesto con la llegada de los talibanes al poder el pasado mes de agosto. Su padre, Feridoon Ayran, periodista, tuvo terror a estar en el punto de mira de los extremistas, como muchos otros informadores, y tomó la difícil decisión de dejar todo atrás de un día para otro.

Residen en un centro de ayuda al refugiado ubicado en la parte alta de Barcelona mientras se tramita su petición de asilo, intentando, cada uno a su nivel, recomponer su día a día. En el caso de H., la normalidad ha pasado por empezar a ir al colegio. No es sencillo, ni para el menor ni para el centro educativo (que ha solicitado explícitamente mantenerse en el anonimato para preservar la seguridad del menor) preparar un aterrizaje de estas características pero los resultados, por el momento, son muy positivos y esperanzadores.

"El hecho de que este niño, como cualquier otro en su situación, tenga una plaza garantizada en nuestro sistema educativo es muy importante", apuntan desde la dirección del colegio donde hacen hincapié en que "es clave" darle un "entorno seguro y ordenado". Tras comprobar que el menor tiene las necesidades básicas cubiertas fuera de la escuela, ha empezado el trabajo inclusivo en el centro, el mismo que se aplica a cualquier niño venido de fuera, sea o no refugiado político.

Inglés

En el caso de H., el hecho de que pueda comunicarse en inglés ha facilitado mucho las cosas, tanto en la relación con el niño como con sus progenitores. "No es lo mismo usar este idioma, uno de los tres del centro junto al catalán y el castellano, como, por ejemplo, urdu o árabe, como nos encontramos en otras ocasiones", apunta la dirección que añade: "Ya no son las mismas barreras". Se está aproximando perfectamente al catalán y castellano -"lo aprenden enseguida", dice la responsable del colegio-.

El padre de X. explica las sobrecogedoras pesadillas que tenía su vástago tras abandonar de forma traumática Kabul. En la retina de todos quedan las imágenes de miles de personas agolpadas a las puertas del aeropuerto intentando irse del país y cómo eran golpeadas y humilladas por los talibanes. Allí estaba esta familia.

Ahora, está contento. Lo confirma su familia y lo confirman en el centro. "Le vemos bien", dicen, con la puntualización de que ha pasado poco tiempo para hacer una valoración exhaustiva. Además, el covid no ayuda porque su clase ya ha sufrido dos confinamientos. La relación con los compañeros, que le han recibido con los brazos abiertos, es buena. "Tenía necesidad de estar con otros niños", explica la educadora para puntualizar que no se han dado explicaciones sobre su condición de refugiado político porque no están preparados aún para asimilarla.

Estabilidad emocional

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El equipo educativo está especialmente pendiente de la estabilidad emocional del menor. "Han dejado todo atrás, todo es nuevo, el idioma, el país, los compañeros, la comida...", explican desde la dirección para añadir: "Son muchos cambios a asimilar". Por eso consideran fundamental no correr, dar tiempo al niño para masticar su nueva realidad vital. Los asociación de padres juega también un papel fundamental en la integración porque ha de llegar allí a otras cuestiones como las actividades extraescolares, las colonias...

Las escuelas de Barcelona, según datos facilitados por el Consorci d' Educación de Barcelona, albergan en estos momentos poco más de 39.000 alumnos venidos de fuera de casi un centenar de nacionalidades. Predominan los estudiantes chinos (3.700 alumnos), pakistanís (3.085) y marroquís (2.715), que encabezan una lista cerrada por Sudán, Uganda y Togo, con un alumno de cada una de estas tres últimas nacionalidades.