Conflicto diplomático

Giro en el 'caso Huawei': China y Canadá intercambian prisioneros

  • La justicia estadounidense renuncia a la extradición de la directora financiera de la tecnológica, a la que reclamaba por fraude

  • Pekín deja libres a los 'Michaels', los dos canadienses detenidos en China desde 2018 como represalia por el arresto de la heredera del emporio tecnológico

Meng Wanzhou, a su llegada a China.

Meng Wanzhou, a su llegada a China. / JIN LIWANG (EFE)

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Adrián Foncillas
Adrián Foncillas

Periodista

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Faltaron los tipos con prismáticos en cada extremo de un puente helado pero, descontado el escenario, todo remitió a las novelas de John Le Carré. La china Meng Wanzhou y los dos Michael canadienses, Kovrig y Spavor, se cruzaron en los aires. El intercambio de prisioneros tras un enjuague judicial finiquitó una crisis de tres años que había arrastrado las relaciones bilaterales al barro. 

La alambicada historia recomienda el orden cronológico. La guerra tecnológica que le declaró Donald Trump a China estaba en su punto álgido a finales de 2018 cuando Washington pidió a Canadá que detuviera a Meng en Vancúver. No era una cualquiera: hija del mítico fundador del gigante tecnológico Huawei, Ren Zhengfei, y su más que probable sucesora. Huawei acababa de superar a Apple en ventas de teléfonos y cerraba contratos en todo el mundo para implantar su red de 5G que está llamada a cambiarlo. Washington la acusaba de violar el embargo a Irán y pedía su extradición mientras China denunciaba la motivación económica y política del proceso. Sus sospechas se vieron confirmadas cuando Trump admitió que intervendría si Pekín firmaba una tregua comercial.

Siguieron días convulsos para los canadienses en China. El narcotraficante Lloyd Schellenberg vio su sentencia de 15 años de cárcel aumentada a pena de muerte y poco después eran detenidos los dos Michaels por “espionaje y entrega ilegal de secretos de estado al extranjero”. Kovrig, antiguo diplomático, trabajaba en el 'think tank' International Crisis Group. Spavor tenía lazos con Corea del Norte, se había fotografiado con el tirano Kim Jong-un y ejercido de puente para iniciativas comerciales.

Quedaron atrapados más de un millar de días en el turbio sistema legal chino y sin que trascendieran las acusaciones concretas hasta que la prensa nacional aclaró que Spavor le había enviado fotos y videos de instalaciones militares secretas chinas a Kovrig. Fueron juzgados finalmente en marzo. Al primero le cayeron once años y estaba pendiente la sentencia del segundo. Las tercas alusiones a “rehenes políticos” desde Canadá y el bloque occidental eran rebatidas por China, que desligaba sus casos del proceso de extradición de Meng  y se presentaba como un país regido por el imperio de la ley. 

Liberación de Meng

El embrollo se desenredó el viernes con el acuerdo en una vista oral telemática entre Meng y la fiscalía estadounidense. La alta ejecutiva, siguiendo los términos del apaño, reconoció que había dado información falsa al banco británico HSBC sobre los negocios de Huawei con Irán y se declaró inocente de las acusaciones de fraude y conspiración. Horas después regresaba a China en una operación que subraya su estatus: un vuelo chárter hasta Shenzhen, la megaciudad del sur y cuna de Huawei, cuyo aeropuerto ha permanecido cerrado durante la pandemia.  “Doy gracias a mi patria y a mi pueblo por su apoyo y ayuda. Sin un país poderoso, hoy no podría disfrutar de la libertad”, decía entre lágrimas antes de volar.  

Horas después anunciaba Justin Trudeau, presidente canadiense, que los Michael volaban hacia casa. El acuerdo, según fuentes periodísticas, se había cocinado en una llamada telefónica días atrás, pero se retrasó su ejecución hasta pasadas las elecciones canadienses. 

Justicia contaminada

El final alegra a todos. El caso Meng carecía de sustancia jurídica, señalan los especialistas, y permite a Joe Biden rebajar la tensión con Pekín. Canadá sale al fin de un conflicto al que fue arrastrado. Y China vende el regreso de una de sus empresarias más rutilantes como un síntoma de su auge. “Detuvieron a Meng porque China era muy poderosa y por la misma razón han tenido que devolvérnosla”, se leía en la prensa nacional.

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También le sirve para denunciar que todos los sistemas judiciales cuecen habas. “Su arresto y las acusaciones sobre ella fueron una persecución política evidente. La detención de empresarios por una rivalidad de poder supone un mal precedente y amenaza la seguridad de los viajes de negocios (…) ¿Asustaron y vencieron a Huawei? ¿Intimidaron a China? No. Lo único que ha conseguido Estados Unidos ha sido mostrar al mundo la brutalidad a la que puede llegar para alcanzar sus propósitos políticos y cómo ha ignorado las reglas. El caso será una mancha eterna”, señalaba hoy el matutino 'Global Times'. 

Varían las condiciones del encierro: Meng pasó el arresto domiciliario en su mansión de Vancúver con todas las garantías procesales mientras los Michael estuvieron incomunicados en centros ignotos. En el uso espurio de la justicia hay menos diferencias porque siempre prevaleció la geopolítica. La saga subraya una inquietante deriva: los optimistas esperaban que China, sin división de poderes, caminara hacia un sistema legal más razonable e independiente, pero son algunos modelos occidentales los que se han acercado al chino.