UN NUEVO MUNDO ( Y 10)

Coronavirus: El domingo permanente de Washington

La capital estadounidense oscila entre la desolación de los días laborables a un alarmante bullicio durante los fines de semana

Los vecinos se movilizan improvisadamente para ayudar a amortiguar el impacto de la pandemia sobre los más vulnerables

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"No ha sido fácil planear un cumpleaños durante la pandemia". El correo enviado por los padres de Scarlett a sus amigos del colegio proponía una búsqueda del tesoro en bicicleta por las calles de Capitol Hill, el barrio de casas pareadas y jardines desparramados sobre las aceras que se extiende al este del Congreso hasta desembocar en las aguas cenagosas del río Anacostia. Una fiesta sorpresa con acertijos para que la niña pudiera ver a sus amigas, aunque fuera desde la distancia, tras dos meses de encierro. Todos respondieron. La esperaron enmascarados en sus porches con galletas horneadas, regalos escondidos en los setos, abrazos al viento y un cumpleaños feliz teñido de melancolía. Nadie se tocó ni se abrazó, pero la niña acabó teniendo algo más que un décimo cumpleaños virtual.

Son tiempos para el ingenio en la "ciudad de las magníficas intenciones", el nombre que le puso Charles Dickens a la capital de Estados Unidos tras encontrarse con un pastiche a medio camino entre Londres y París cuando pisó la incipiente urbe en 1842. De estar vivo no reconocería una ciudad que mantiene en su arquitectura las ínfulas imperiales, pero que ha dejado de ser aquel villorrio provinciano infestado de mosquitos que tan mala vida dio a sus primeros políticos. La cuna del poder estadounidense vive un prolongado renacimiento desde que dejara atrás los años bárbaros del crack. De ser la capital del crimen ha pasado a ser la ciudad más gentrificada del país a medida que la clase media blanca se hartaba de los suburbios para mudarse a 'Chocolate City', la que fue hasta hace una generación una ciudad esencialmente negra.

Vecinos de Washington conversan y pasean junto al río Potomac, con el Kennedy Center al fondo. RICARDO MIR DE FRANCIA /

En esta primavera de nubes patógenas, inusualmente gris, Washington vive en un domingo permanente. Desolado entre semana, alarmantemente bullicioso los sábados y domingos. Colegios, museos, restaurantes y oficinas gubernamentales siguen cerrados y así seguirán como mínimo hasta el 8 de junio. Los 23 millones de turistas anuales han desaparecido. La Casa Blanca ha vallado su perímetro para que nadie se acerque hasta la verja de entrada. Las intrigas de los lobistas de la calle K se gestan ahora exclusivamente por teléfono. Y ni siquiera hay eventos de recaudación de fondos en los reservados de los bares, el pan nuestro de cada día en una ciudad que trabaja por el día y pide dinero por la noche.

Desigualdades

Más que igualar, esta pandemia ha desnudado las desigualdades, como atestigua que el 70% de los 350 muertos por covid-19 en Washington sean negros. Pero también hay fotografías afímeras de lo primero. Las persianas bajadas de las tiendas de Georgetown han convertido al más noble de sus barrios en otro reducto de la América dilapidada, por más que sea más fácil estos días cruzarse con los fantasmas de sus ilustres residentes. Desde los Kennedy, a Katherine Graham o Dean Acheson, uno de los grandes arquitectos del mundo de la posguerra.

Aquí el confinamiento se dictó por decreto, pero la decisión de respetarlo siempre fue personal. Si bien los militares de la Guardia Nacional llevan más de un mes patrullando los parques, su presencia es meramente disuasoria para evitar las aglomeraciones. No hay multas ni broncas. Y bajo los atardeceres magenta la ciudad corre, merienda en los bosques de Rock Creek Park, pedalea junto al Potomac y echa a volar las cometas en el National Mall, el monumental escaparate de su tortuosa historia.

Tienda de un sintecho en un parque del centro de Washington. / RICARDO MIR DE FRANCIA

El virus no ha alterado el perfume de barbacoa y marihuana de sus calles. Se ha apagado la música --"lo superaremos" escupe el fluorescente del Anthem--, pero en los barrios hay quien hace conciertos de bluegrass desde el jardín para unos vecinos enmascarados que salen a la calle con el vino oculto en tazas de café. Las muestras de solidaridad están por todas partes. Aunque no se aplaude a los sanitarios por las noches, los vecinos se han movilizado para tejer mascarillas, hacer las compras de los ancianos o rescatar a los restaurantes comprándoles comida para repartirlas después entre los indigentes. En las 'pequeñas bibliotecas libres' donde antes se dejaban libros usados, hay ahora latas de conserva para quien las necesite.

Bofetada en la conciencia colectiva

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La fatiga con el bicho es evidente los fines de semana. Pero de lunes a viernes la ciudad es de los sintecho, unas 20.000 personas. Les han dejado poner sus tiendas de campaña en los parques y junto a Dupont Circle. Antes eran invisibles, ahora son una bofetada en la conciencia colectiva. Y las están pasando canutas. "Sin viajeros en la estación, nadie les da dinero. Están asustados y se roban entre ellos. Algunos creen que ha llegado el Apocalipsis", dice Amy Angell, una activista que deambula por el desierto vestíbulo abovedado de Union Station para llevarles algo de ayuda.

De todos los memoriales dedicados a los padres de la patria, ninguno es tan pertinente estos días como el de Franklin Delano Roosevelt. Ahí siguen sus hombres y mujeres desarrapados haciendo cola frente a las imaginarias oficinas del paro, pero también la sabiduría del hombre que sacó al país de la Gran Depresión. "En estos momentos de dificultad todos deberíamos escoger el camino de la justicia social; el camino de la fe, el camino de la esperanza, el camino del amor a nuestros semejantes", dicen las piedras silenciosas del memorial.