19 sep 2020

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Roma en su nuevo renacimiento

La capital italiana se exhibe con toda su belleza y serenidad tras 60 días de confinamiento

Las achicorias y dientes de león asoman entre los adoquines y las glicinas irrumpen en los palacios antiguos

Rossend Domènech

Un hombre se entrena junto al monumento del Coliseo. / AFP / ALBERTO PIZZOLI

Navona para ti. Y Trevi con su Océano imperioso, el Coliseo de los Flavio, la plaza vaticana de Bernini, la plazoleta de Coppelle, el Panteón, la gótica Minerva y su elefante berniniano, el san Carlino de Borromini, la procaz sensualidad de las nereidas en la fuente de Esedra… Tu y ellos, nadie y nada más.

Y con 30.000 muertos sobre las espaldas, la mayoría ancianos con hijos y nietos, memorias históricas de una familia, de un pueblo y de un país. Puntos de referencia, para bien y para mal, de tantos relatos del mundo y del saber. Depositarios vivientes de la Historia que dentro de 100 o más años escribirán otros, citando documentos archivados, muertos.

Ciclista y peatones en la plaza Navona / EFE/EPA / FABIO FRUSTRACI

Ancianos agonizados miserablemente, identificados con un número, incinerados la mayoría. Sacrificados por miopes políticas de recortes sanitarios a favor tal vez de altas velocidades ferroviarias. Escondidos al gran público por las teles que, como si fuera menor de edad, no habría tragado tanto desgarre real y poco peliculero dentro de su repentinamente minúsculas casas.

"Nada volverá a ser igual", dicen. "Será peor", añaden otros, porque no habrá cambiado el modelo de vida, sino que no existirá. El teletrabajo obligado es ahora del 20% y se apunta que llegará al 30%. La elaboración colectiva deberá llegar por otros caminos.

El paseo de una pareja de ancianos. / EFE/ EPA/ RICCARDO ANTIMIANI 

Un cielo medieval

Todos los índices de contaminación se han hundido y el cielo romano , cansinamente pintado de barroco, es hoy diáfano y medieval.  El silencio, sencillo y majestuoso, transporta melodías y el piar de pájaros no urbanos. Un "no se oye nada" del refrán árabe, aunque más preñado que el ojo de un huracán. "¿De qué? ¿Para qué? Vete a saber", dice un brusco municipal de guardia en Trevi.

El silencio que molesta y desplaza a la contemporaneidad, tal vez porque deja espacio para los adentros, aquella "conversión ética" de la que han escrito en estos días algunos de los sabios que aún quedan y numerosos economistas convertidos con retraso.

Es lamentable que 60 millones de prisioneros de un enemigo invisible no hayan podido atisbar por unos minutos la belleza y serenidad que a diario se cruzan en su camino, apresurados hacia otras metas. En Roma, Milán, Venecia o Nápoles y en miles de villorrios italianos, cada cual con su fuente, su monumento, su palacete y sus incontables iglesias románicas, góticas, renacentistas o barrocas.  

Todo al alcance de un ciudadano solo. Es lo que se descubre, en la primera etapa de la desescalada, mientras la mayoría se resiste a salir, por miedo o cautela. "Nunca vista una Roma así”, suspira una pareja de ciclistas al borde de la fuente de Trevi, donde nunca habrían llegado.

Fotografía desde la terraza Pincio  en Villa Borghese  / EFE/ EOA / MAURIZIO BRAMBATTI

No hay en Italia el 51% de los monumentos de todo el país de los que se precia, pero sí tantos que la nación se transformó en el lugar de iniciación -humanística y... erótica- de los retoños, primero británicos y después europeos. El 'Grand Tour' -el viaje de meses o años que durante el siglo XVIII hacían por Italia las jóvenes élites del continente- sería imposible hoy por el turismo masificado y comercializado. 

La iniciación llega ahora por internet y el virus ha multiplicado pandemias y bellas novedades que ya no se irán y alcanzarán a más personas. Desde las óperas de La Scala y los museos, el trabajo, escuelas y universidades, bibliotecas y exposiciones: todo en casa. "Habrá que repensar el futuro", lo que quede de la catástrofe, han escrito los sabios italianos. Como la seguridad y las democracias, los controles y las libertades.

La plaza Navona, casi vacía / EPA/ EFE / FABIO FRUSTRACII

Muy poca gente en la plaza del Popolo / EPA / FAIO FRUSTACI

Gracias a la primera etapa de desconfinamiento parcial, los romanos se acercan con cierto temor, visible en sus rostros, a la serena belleza de su ciudad, imposible de ver con 30 millones de turistas -100.000 al  día-, que silencian las aguas de Trevi, los remolinos del Tíber y las fuentes de San Pedro. "Las termitas de Europa", las llamó el suizo Hans Ur von Balthasar.

Lo normal, expcecpcional

Los pinos de la Academia de Francia, cantados por Debussy, melodían el viento. Los que presiden el Circo Máximo se despeinan como para proteger a las parejas que furtivamente aprovechan la provisional libertad para darse las manos entre unas hierbas crecidas en desmedida. Lo normal se ha vuelto excepcional.

Las rosas del Rosetto municipal no brillan para un público inexistente todavía. Los niños vuelven a descubrir los parques de siempre. Se puede visitar a los "parientes" y a "los afectos estables", larga lista de encuentros que, de repente, se vuelven nuevos.

Golondrinas y achicorias

Las golondrinas han llegado en masa en esta primavera transparente. En las plazas de Navona, Minerva, Coliseo y San Juan de Letrán han nacido verdaderos prados de achicorias y dientes de león entre los adoquines, revancha de la naturaleza. Algunas glicinas asoman en los umbrales de los palacios antiguos con intención de quedarse.

No hay un Goethe, Stendhal, Heine, Montaigne, Gregorovius, Gogol, Velázquez, Dumas, Chateaubriand, Pla, Segarra, Moix que haya jamás podido ver Roma como en estos 60 días de confinamiento. Toda tuya. Más de que la que tuvieron Augusto, el Borja Alejandro VI o la familia Napoleón y Valadier. La Roma que podría ser, sin virus y sin renunciar a la modernidad.