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GUERRA EN ORIENTE PRÓXIMO

Siria: La traición a los kurdos, un regalo al Estado Islámico

Trump parte de un error: creerse su propaganda que proclama que el EI está liquidado

Washington no es un aliado fiable, tampoco para los europeos, a los que desprecia e insulta

Ramón Lobo

Rebeldes sirios respaldados por Turquía y soldados turcos observan las columnas de humo que se levantan desde la ciudad fronteriza de Ras al-Ain.

Rebeldes sirios respaldados por Turquía y soldados turcos observan las columnas de humo que se levantan desde la ciudad fronteriza de Ras al-Ain. / NAZEER AL-KHATIB (AFP)

¿Dónde estuvo el turco Recep Tayyip Erdogan durante la lucha internacional contra el califato? Su frontera con Siria fue un coladero de armas y puerta de acceso de miles de combatientes extranjeros que acudieron a la llamada de Abu Bakr al Bagdadí, líder del Estado Islámico de Irak y Levante (EI). También fue zona de contrabando, sobre todo de petróleo. En Turquía se asentaron más de 3,6 millones de civiles sirios que escapaban de las matanzas. Erdogan los ha utilizado para amenazar a la UE con un envío masivo de refugiados. Sucedió en el verano del 2015 y se repite hoy. Hablamos de un aliado, miembro de la OTAN.

En política no hay principios, solo intereses. Las grandes potencias se mueven sobre un tablero usando a capricho países, grupos y personas. Hay fronteras sagradas, como la de Kuwait, en cuya defensa se libró la guerra del Golfo en 1991; y otras, invisibles. EEUU ordenó esta semana el repliegue de sus 2.000 soldados situados en el norte de Siria. Trump acababa de dar permiso a Erdogan para invadir el norte de Siria, un país tan soberano como Kuwait.

Los damnificados, además de los 100.000 civiles desplazados, son las Unidades Populares de Protección (YPG), milicia kurda clave en la derrota del Califato con más de 11.000 bajas en sus filas, incluidas mujeres que lucharon en primera fila. Es la fuerza que permitió al presidente de EEUU ponerse la medalla de victoria sobre el EI, una distinción que no le corresponde.

El mismo error

Trump parte de un error: creerse su propaganda que proclama que el EI está liquidado. ¿Recuerdan la frase de George Bush a bordo del portaviones Abraham Lincoln, la de "misión cumplida", pronunciada en mayo del 2003? Parece que en Washington no han aprendido la lección. Cuando Bush presumía de sus logros estaba a punto de empezar una guerra de verdad, la insurgente, que ha costado la vida de 4.497 soldados norteamericanos y de cientos de miles de civiles iraquís, la mayoría después del autobombo presidencial.

El actual inquilino de la Casa Blanca cae también en la misma equivocación de Barack Obama, de cuyas políticas trata de separarse. Obama ordenó la retirada de 17.000 soldados en otoño del 2011. Así ponía punto final oficial a la presencia militar de EEUU en Irak, que era una de sus promesas electorales. Si fue un disparate invadir un país guiados por mentiras masivas, también lo fue retirarse sin acabar con Al Qaeda en Irak, grupo creado en 2003 por Abu Musab al Zarqaui (muerto en el 2006), semilla de lo que sería después el EI.

El general estadounidense David Petreus tomó dos decisiones audaces tras asumir el mando de las tropas en Irak en el 2007: aumentar el número de soldados y concentrarlos en Bagdad para ganar la guerra de la percepciones (si la gente percibe seguridad, habrá más seguridad) y pactar con la insurgencia suní que atacaba sus tropas para lanzarla contra Al Qaeda. De ahí nacieron las milicias suníes de los Hijos de Iraq, que fueron traicionadas una vez que cumplieron su cometido.

Confianza en duda

La decisión de Trump de dejar en la estacada a los kurdos sirios abre la puerta a un regreso del EI. Las YPG fueron la infantería mientras que EEUU bombardeaba cómodamente desde 5.000 metros de altura, fuera del alcance de las baterías antiaéreas. Desaparecido el territorio físico (califato), los milicianos del Estado Islámico se han dispersado en espera de otra oportunidad. El EI está en la misma categoría de Al Qaeda, un grupo armado sin territorio. Tratará de golpear con atentados en Oriente Próximo, Asia y Europa.

¿Vamos a confiar en la Turquía que alentó y armó a grupos neosalafistas que representan una amenaza global? El premio para Erdogan es excesivo. Su guerra contra los kurdos de Turquía, entre un 15% y un 19% de la población, es una batalla por su supervivencia en el poder. Pudo haber firmado la paz tras el alto el fuego del 2013 con la guerrilla del PKK, grupo con el que Ankara libró una cruenta lucha en los 80. Tras renunciar al objetivo de la independencia, el PPK pide la autonomía, lo mismo que los kurdos sirios.

Erdogan descarriló el proceso de paz por miedo al crecimiento electoral del Partido de la Democracia de los Pueblos, laico y prokurdo. Su tesis es que las YPG son una sucursal del PKK, y por lo tanto, un grupo terrorista. Hay otra lectura: se trata de una batalla entre el islam político, en el que Erdogan interpreta un papel de supuesto moderado, y la izquierda secular. La presencia de mujeres kurdas sin velo en la primera línea de lucha contra el EI es la prueba de que los kurdos tienen resuelto su papel en la sociedad. Las Unidades de Populares de Protección son el proyecto político más avanzado de la zona.

Pirómanos en el polvorín

No se sabe cuál es el plan a corto, medio y largo plazo de Trump en Siria (y en ningún sitio). Eso genera inestabilidad en una región que es polvorín rodeado de pirómanos. Su apoyo a Turquía perjudica los intereses de Israel, sobre todo los de Binyamin Netanyahu, porque Turquía se alinea con Irán y Qatar en la pugna con Arabia Saudí, que tampoco debe entender lo que está pasando. La decisión de Trump de abandonar a los kurdos tiene una fuerte oposición en el Congreso de su país, incluido entre los republicanos, en un momento de tambores de impeachment en el que se juega la presidencia por abuso de poder y obstrucción a la justicia.

El mensaje lanzado es claro: Washington no es un aliado fiable. No lo es para los europeos, a los que desprecia e insulta, y no lo es para los kurdos. Tal vez todo sea más sencillo y estemos ante una muestra de la decadencia imperial de EEUU, con una China a la espera de ocupar el trono planetario sin disparar una sola bala.