represión comercial

Marruecos se lanza a la caza de los vendedores ambulantes

La modificación de la actual ley restringe la venta informal en la calle que representa el 45% de la actividad comercial del país magrebí

Imagen del mercado de la Medina de la ciudad de Rabat.

Imagen del mercado de la Medina de la ciudad de Rabat. / BEATRIZ MESA

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Beatriz Mesa
Beatriz Mesa

Periodista

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La imagen conmueve. Un comerciante de la ciudad de Safi, al sur de Marruecos, aparece con una cadena al cuello, escoltado por un agente de policía que le conduce hacia la comisaría de su localidad. La cadena se la colocó él mismo en señal de protesta por la persecución que los vendedores ambulantes sufren desde hace meses. Las autoridades marroquís aseguran que el comercio informal "necesitaba ser regulado porque las calles eran intransitables". Y denuncian que los vendedores utilizan cualquier rincón de la vía pública para vender productos de higiene, ropa o comida interrumpiendo el paso y el tráfico de vehículos.

El Gobierno de Rabat ha aprobado recientemente una reforma de la actual ley de usos del espacio público con el objetivo de frenar la venta ambulante. Un confinamiento al ostracismo de miles de personas dependientes del comercio informal que representan "alrededor de un 45% de la actividad comercial en el país magrebí", según Aziz Ghali, presidente de la Asociación Marroquí de Derechos Humanos (AMDH). "El Estado no dice la verdad sobre las cifras de desempleados. Si no fuera por la economía sumergida, habría cada día movilizaciones sociales", añade. El Gobierno sostiene que intenta solucionar el problema abriendo unos "mercados de proximidad" pero, en opinión de Ghali, esta medida "no satisface a los vendedores porque los mercados están alejados del trasiego de la gente por lo que no se puede vender igual y encima hay que pagar algo de impuestos".

Con 67 años, Abderrahmane hace el mismo camino todos los días desde su casa hasta la Medina, en pleno corazón de Rabat. Normalmente, carga con babuchas (las zapatillas tradicionales marroquís) y otros productos artesanales que él mismo fabrica. Pero ahora el paseo se ha vuelto demasiado angustioso. Sus productos pueden ser confiscados en cualquier momento. Su ruina. Abderrahmane era propietario de una tienda cuyas mercancías llegó a exportar a otros países del norte de África, en Túnez, Argelia, y Libia. 

Juego acrobático

Sin embargo, estalló la crisis económica en el 2011 y pagar los impuestos le suponía un extraordinario esfuerzo. Fue cuando decidió cerrar la tienda que regentó durante más de 20 años para convertirse en un vendedor callejero y vivir de la economía informal. "Hay muchos comerciantes diplomados pero no encuentran un empleo digno, legal... Están obligados, a veces, a corromper a la policía para que les permita vender algo y no volver a casa con las manos vacías", asegura a EL PERIÓDICO el comerciante. "Admiro a los occidentales porque entre ellos hay piedad y humanidad y siguen valores del islam, algo que no hacemos nosotros los musulmanes", subraya. 

Los pañuelos de Aisha se exhiben tímidamente en una zona estratégica de la capital rabatí. Lleva más de 15 años dedicada a la venta ambulante, con la que gana siete euros al día. "Es suficiente, mejor que nada", comenta a este diario. Alquila una habitación en la Medina de Rabat para ella y sus tres hijas. Le cuesta 40 euros mensuales. Los pagaba holgadamente vendiendo sus pañuelos, pero desde el nuevo órdago de las autoridades marroquís, persiguiendo a los ambulantes, un nuevo peso se posó en su espalda. "Parecemos el ratón y el gato. Me parece increíble que se gane más en la mendicidad que vendiendo".   

El abordaje policial a la venta informal se ejecuta en los cafés, en las mezquitas y en los mercados tradicionales. Destroza familias. La nueva realidad del ambulante marroquí recuerda a Mohamed Buazizi, el joven tunecino verdulero que se prendió fuego tras ser confiscada su mercancía en diciembre del 2010 y que supuso el punto de partida de las revueltas de la Primavera Árabe.

"El Estado debe de tener en cuenta la cantidad de comerciantes instalados en las ciudades y que responde lógicamente al elevado paro", denuncia Mahfud El Mahjub, portavoz de la coordinadora nacional de vendedores ambulantes de Marruecos, quien alerta de las decenas de arrestos en los últimos meses en las grandes ciudades como Casablanca. 

Difícil de detectar

Las calles de algunas ciudades marroquís recuerdan en la actualidad a Europa y la caza del 'top manta'. Solo que llama más la atención porque se produce en el mismo país desde el que muchos emigran en busca de un futuro mejor. Curiosamente, la persecución policial se repite con el mismo 'modus operandi'. Cuando un comerciante ve a un funcionario de Interior -a veces muy difícil de detectar porque suele ir vestido de paisano- se echa a correr con su manta a cuestas cargada de mercancía para evitar una multa económica o sanción. 

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"Los índices de pobreza siguen siendo muy altos en Marruecos", comenta Aziz. Del último informe del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) se desprende que el 45% de los marroquís se encuentran en una situación vulnerable.

Y el sector agrícola, la estrella de la corona marroquí, perdió 176.000 puestos de trabajo según el Alto Comisionado de Planificación, que viene alertando de la creación de empleos "indecentes, precarios y mal remunerados". Con estos datos en mano, no sorprende que los jóvenes se sientan empujados a rastrear nichos en el sector informal y terminen pagando a redes que trafican con personas buscando un destino fuera de casa.

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