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ELECCIONES EN GRECIA

La revolución fallida de Syriza

Alexis Tsipras, el líder de la formación izquierdista, llegó al poder prometiendo un cambio de paradigma que nunca se consumó

Adrià Rocha Cutiller

El primer ministro griego, Alexis Tsipras. 

El primer ministro griego, Alexis Tsipras.  / TOLGA AKMEN (AFP)

Cuando Alexis Tsipras, líder de Syriza, llegó al poder en Grecia, su nombre se convirtió en sinónimo de esperanza: de la izquierda radical europea, que en ese momento cabalgaba triunfante y a la expectativa de asaltar el poder; y de los griegos, que, cansados de cinco años de una crisis económica sangrante, veían en el nuevo primer ministro el rostro destinado a hacer, a partir de entonces, las cosas de forma distinta. Que no se doblegaría, al fin y al cabo, a los dictados de Bruselas.

Ambos fallaron. Tsipras, líder de la Coalición de la Izquierda Radical —Syriza en griego—, se vio obligado casi a punta de pistola a aceptar los preceptos de la troikaausteridad y recortes en todos los flancos posibles. Con los meses, tras el tercer rescate de Grecia —el que tuvo que firmar Tsipras—, la izquierda europea se apartó del primer ministro griego. Este domingo, en las elecciones generales en el país heleno, los griegos también lo han hecho. Nueva Democracia (ND), partido de toda la vida en Grecia, ha ganado los comicios.

«La gente —dice Kaki Bali, periodista y editora de ‘I Avgi’, el periódico de Syriza— esperaba que todo se solucionase de la noche a la mañana. Que hubiese reformas, pero que a ellos no les tocasen. Acumular tres rescates consecutivos ha sido demasiado y, al final, me da la sensación de que los griegos solo quieren volver a la normalidad. Por eso votaron a Syriza en el 2015, en un momento excepcional. Ahora que la situación parece que empieza a mejorar vuelven al partido de siempre».

Bipartidismo

Tras ser apartado de la izquierda europea, Tsipras empezó a coquetear con la socialdemocracia. Durante sus años de mandato (2015-2019), Syriza ha ido virando al centro, comiéndose el espacio político que antes ocupaba el Pasok, otro partido tradicional en Grecia —junto a ND—, que se ha vuelto marginal. Ahora, con el resultado electoral de este domingo, Syriza se queda como segunda fuerza parlamentaria y esperando, en un futuro, a dar el salto de nuevo al poder. Su revolución fracasó pero la formación perdura.

«Estos últimos años con Tsipras han sido duros, pero se puede ver que algo bueno ha salido de todo esto, como la recuperación de la industria y el turismo. También hay mejor seguridad. El sistema sanitario es más amplio, ahora es universal y tiene a más trabajadores», dice Alexia, enfermera. «Syriza ha cometido errores. No tuvieron una buena comunicación con los periodistas y los ciudadanos. Y eso es su culpa. Pero era la primera vez que gobernaban, y heredaron un caos que tuvieron que arreglar. Todos cometemos errores, y creo que Tsipras hubiese merecido una segunda oportunidad», añade.

Sin luz

Cuando Tsipras llegó al poder, Grecia estaba en la ruina. Ahora, tras cuatro años, es cierto, la economía está recuperándose. «El Gobierno de Andonis Samarás [el anterior a Tsipras, de ND] se había llevado hasta las bombillas del palacio. Nos encontramos las arcas del Estado vacías. No teníamos dinero ni para pagar a los funcionarios y tuvimos que pedírselo a los ayuntamientos», recuerda Costas Douzinas, académico, parlamentario de Syriza y uno de sus principales ideólogos.

«Al empezar la legislatura, un día me vino a hablar un miembro de ND. Me dijo: “¿Por qué te has unido a Syriza? Tus compañeros de partido nunca han salido al extranjero. No hablan idiomas. Y lo que es peor: no saben escoger una buena botella de vino”. Con esto me demostró cómo ven los antiguos partidos el poder en Grecia: como algo hereditario, elitista y que les pertenece», dice Douzinas.

Por esto, además, la percepción de los políticos en Grecia es de un grupo de personas altamente corruptas. Muchos analistas, de hecho, describen a sus partidos como oligárquicos, corruptos y nepotistas. Syriza no ha conseguido apartarse de esa percepción. «Ha habido algunos casos de corrupción concretos que Syriza, como todos los partidos, ha intentado esconder —dice Bali—. Pero este [el de Tsipras] ha sido el Gobierno menos corrupto desde que estoy viva, y tengo 56 años».