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NUEVO HALLAZGO

Encontradas 200 fosas comunes del Estado Islámico en Irak

La ONU asegura haber documentado los cuerpos de miles de personas enterradas en las zonas que antes controlaba el grupo yihadista

Adrià Rocha Cutiller

Integrantes de la minoría yazidí revisan restos de víctimas del Estado Islámico, en el noroeste de la zona de Sinjar, en Irak.

Integrantes de la minoría yazidí revisan restos de víctimas del Estado Islámico, en el noroeste de la zona de Sinjar, en Irak. / AFP / SAFIN HAMED

Eran mujeres, niños y ancianos además de soldados regulares del Ejército de Irak hasta que llegó el Estado Islámico. Ellos, los yihadistas, estuvieron allí —en el noroeste del país árabe— tres años, del 2014 al 2017. Castigaban a todo aquel que no pensase exactamente y al completo de la misma forma que ellos; los que lo hacían pagaban con la vida.

Naciones Unidas, este martes, ha publicado un informe en el que explica que, en los últimos meses, ha encontrado unas 200 fosas comunes hechas por los yihadistas. Dentro, varios miles de cadáveres de los que antes habitaban Irak. Hasta que llegaron ellos.

Los cuerpos, recién encontrados en un país con poca infraestructura, aún no han sido identificados. «Los crímenes del EI en Irak han dejado de aparecer en los titulares, pero el trauma de las familias continúa. Hay miles de mujeres, hombres y niños sin identificar —ha explicado la alta comisionada de la ONU para los Derechos Humanos y expresidenta de Chile, Michelle Bachelet—. Estas fosas contienen los restos de los asesinados por no conformarse a la ideología y reglas retorcidas del Estado Islámico e incluyen minorías étnicas y religiosas».

Las fosas comunes han sido encontradas en las provincias de Nineveh, Kirkuk, Salah al Din, Anbar y Mosul —esta última la que fue, en su tiempo, la capital del EI junto con Raqqa, en Siria—.

Pero podrían ser, según el informe, muchas más: «Las pruebas conseguidas de las fosas será primordial para la investigación, encausamiento y condena a los responsables», dice el texto.

Cientos de personas en todo el mundo están detenidas por pertenecer a este grupo; tanto en Siria e Irak como en el extranjero. Desde hace más de un año, una investigación de Naciones Unidas busca determinar si el grupo, durante su época dorada entre 2014 y 2017, cometió crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad o genocidio. Varios expertos de la ONU consideran que sí.

Tocado pero no hundido

El Estado Islámico aún no está muerto. Lejos quedan sus días de gloria, cuando controlaban un territorio mayor que Bélgica y tenían en su poder ciudades de millones de habitantes como Mosul y Raqqa.

Cuando se grababan y dinamitaban templos milenarios, sacaban millones de debajo de las piedras con la extracción de petróleo y captaban, bajo una propaganda idílica y belicista, a jóvenes de todo el mundo para que fuesen a Oriente Próximo a luchar por el «Califato» y su líder, Abu Bakr al Bagdadi.

Todo eso —ese sueño fantasmal— terminó, pero su lucha continúa. En la actualidad, el Estado Islámico tiene una fuerte presencia en un pequeño cacho de territorio en la frontera entre Siria e Irak; una zona puro desierto donde, según EEUU, unos 2.000 yihadistas se esconden, emboscan a sus enemigos y secuestran a civiles: en octubre, asegura el Observatorio Sirio por los Derechos Humanos, se llevaron a 130 familias de un campo de refugiados cercano. Aviones estadounidenses bombardean el área a diario y los combates por tierra siguen. La dificultad del terreno imposibilita la destrucción total del grupo yihadista.

Allí, se supone, está Al Bagdadi, herido pero no muerto. Hace unos meses, a través de un mensaje de áudio compartido en internet, Al Bagdadi pidió a sus seguidores que se escondieran, que se infiltren en las sociedades de Irak y Siria. Que aguarden y recuperen fuerzas para, en un futuro, volver a atacar.

En ambos países, cada semana, hay enfrentamientos y escaramuzas entre militantes del EI y soldados regulares. El Estado Islámico fue derrotado pero su ideología pervive.