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COMBATE CONTRA UNA ENFERMEDAD

En la trinchera contra la malaria

Un equipo de médicos, técnicos sanitarios y voluntarios intentan demostrar que se puede eliminar la enfermedad de una zona del sur de Mozambique

La atención a enfermos, la distribución de medicamentos y la fumigación de casas son claves en un proyecto al que la Fundación La Caixa aporta 5 millones de euros

Antonio Baquero

Gerlito (a la izquierda), el joven enfermo de malaria, mira como le hacen la prueba a su madre.

Gerlito (a la izquierda), el joven enfermo de malaria, mira como le hacen la prueba a su madre. / ANTONIO BAQUERO

Una mirada apagada asoma por la puerta de la choza. Poco a poco, de la oscuridad de la ‘pallota’ emerge José Gerlito. Desmadejado, sin fuerza, arrastrando los pies. Avanza despacio y se sienta –no, más bien se deja caer- en una silla. Ha perdido toda la chispa de un chico de 14 años. La malaria que sufre desde hace días le ha dejado yermo, sin energía. No sonríe. Y habla bajito.

“He tenido mucha fiebre y me ha dolido mucho la cabeza”, explica este adolescente mozambiqueño con un hilo de voz y confiesa con pesar: “No he podido ir a la escuela. Aunque estoy mejor, aún no puedo ir”. “Es la segunda vez que tengo la malaria”, comenta. Pese a ello, no sabía que la estaba sufriendo.

Los técnicos sanitarios llegan a la choza donde vive Gerlito, a la izquierda, el joven enfermo de malaria / ANTONIO BAQUERO


Fue la voluntaria del dispensario más cercano la que realizó la prueba y descubrió que el chico tenía malaria. EMozambique, un país donde hay apenas 900 médicos para una población de 28 millones de personas, la cuarta tasa más baja del mundo, esos voluntarios son la base del precario sistema. La mujer hizo entonces lo que se le había dicho: avisar al centro de salud de Fagaçinha.

El aviso desencadenó la maquinaria contra la malaria que en esa zona de Mozambique han puesto en marcha los profesionales del Centro de Investigación en Salud de Manhiça (CISM), con la participación de la Fundación Bancaria La Caixa y el Institut de Salut Global de Barcelona. Es el proyecto MALTEM (Alianza Mozambiqueña para la Eliminación de la Malaria) con el que se pretende eliminar la malaria
en el distrito de Magude y en la demarcacción de Tsinavane (en el sur de Mozambique), un área de casi 60.000 personas.

Las hermanas pequeñas de Gerlito mientras atienden a su hermano enfermo de malaria /CLEMENTINA

Un dispositivo en que participan médicos, investigadores, técnicos y voluntarios y que se erige en la primera trinchera contra una enfermedad que, solo en el 2015, afectó a 6.4 millones de mozambiqueños y mató a casi 2.500 de ellos. En este país, la malaria es una auténtica asesina. Sobre todo, de niños. En Mozambique, uno de los 10 países del mundo más afectados por la malaria, el 51% de muertes de niños menores de 5 años, y el 49% de fallecimientos entre los 5 y los 14 están asociados a esa dolencia. Esa enfermedad provoca el 23% de muertes hospitalarias en el país, el 44% de consultas y el 57% de ingresos. Hay provincias de Mozambique, como las de Zambeze o Cabo Delgado donde el 60% de la población ha sufrido la enfermedad en el último año.

La Caixa va a invertir cinco millones de euros en ese proyecto del CISM, un centro creado hace 20 años por la Cooperación Española. Ariadna Bardolet, directora de programas internacionales de la Fundación Bancaria La Caixa justifica su participación: “Mozambique concentra algunos de nuestras iniciativas estratégicas a escala internacional. Es el caso de los proyectos para luchar contra la malaria que, gracias a la suma de esfuerzos, han conseguido resultados muy esperanzadores en el país. Nuestra voluntad es seguir estando al lado de quienes trabajan día a día para erradicar esta enfermedad”.

Cartel de la campaña para la eliminación de la malaria.

Dispositivo engrasado

Pese a la enormidad del desafío, el dispositivo del MALTEM está engrasado y, en menos de 72 horas, hasta las chozas de barro y caña del distrito de Magude, donde viven Gerlito y su familia con unos
pocos pollos, una cabra y un perro famélico, se ha desplazado un equipo de técnicos sanitarios.

Son tres. Dos hombres y una mujer. Ellos están en la primera trinchera de la malaria y actúan coordinados. Mientras uno habla con el padre, los otros comienzan a hacer las pruebas de la malaria al resto de familiares. La razón es que con una persona infectada existe el riesgo de que el mosquito le pique y contagie el parásito a otros familiares. Por eso hay que crear un cortafuegos.
 

Una mosquitera sobre la cama de los padres de Gerlito. / Antonio baquero

La madre de Gerlito ha dado negativo. Pese a eso, ha de tomar la medicina. Fernanda Deo, la técnica sanitaria, les insiste en que todos, tengan o no malaria, deben seguir el tratamiento. “Tres pastillas al día durante tres días”, repite una y otra vez.

El resto de familiares espera su turno para la prueba en torno a una fogata. Hace un día desapacible y los hombres matan la mañana tomando una fermentado alcóholico que ellos mismos hacen con mijo.


Dificil acceso

Aquí no ha sido difícil llegar. Pero a otros lugares solo logran acceder en moto o, a veces, a pie. “Lo más difícil esmuchas veces localizar a los enfermos. Aquí la población vive muy dispersa. Esto es una carrera contra el tiempo. En ocasiones llegas demasiado tarde y la persona ya ha muerto”, cuenta Humberto Munguatabe, el jefe del equipo.

La labor de localizar a los enfermos, medicarles y administrar el antimalárico también a toda su familia y a todo aquel que viva a menos de 100 metros es una de las patas del proyecto MALTEM. Las otras patas
son fumigar el interior de todas las viviendas, distribuir a toda la población mosquiteras impregnadas de insecticida, y hacer tres rondas al año de distribución masiva de medicamentos antimaláricos.

“La intención es, combinando esas cuatro acciones, demostrar científicamente que es posible eliminar la malaria de una zona de alta incidencia de esa enfermedad”, explica Delino Nhalungo, director adjunto del centro, que destaca la importancia que ha tenido en una primera fase hacer un censo detallado de la población de la zona.

El MALTEM, que se empezó a aplicar en el 2015, ha conseguido reducir del 9 al 2,6% los casos de malaria. En un país donde hay regiones como Zambeze o Cabo Delgado con un 60% de prevalencia de la enfermedad, ese 2,6% es todo un éxito. Pero para los implicados en Maltem, aunque el avance es muy prometedor, no essuficiente. “Queremos saber si es posible reducirlo a cero”, añade el director.

Un dispositivo en el que por el momento no está incluida la vacuna, en cuyo desarrollo de análisis clínicos participó activamente el CISM bajo la batuta del investigador Pedro Alonso y que actualmente la OMS
prueba en tres países.

"Les acabo convenciendo"

Para acometer el MALTEM, la fumigación de las viviendas es básica. Y para llevarla a cabo hay un equipo de rociadores. Hombres y mujeres vestidos con monos marrón claro, la cara cubierta con mascarillas,
cascos y viseras para proteger los ojos, y unos guantes rojos de plástico duro, tienen la titánica misión de fumigar todas las casas del distrito. En la pechera, un mensaje bordado: ‘Txau txau malaria’.
 

El equipo de rociadores que realizan la labor de fumigación de viviendas. / clementina

Para empezar hay que convencer a las familias para que acepten que se fumigue su vivienda. Y no es tarea fácil, ya que hay que sacar toda la comida y toda la ropa del domicilio. Gedeon es uno de los encargados de persuadir a las familias. “La primera reacción no siempre es buena. Pero les acabo convenciendo. Les digo que si nos dejan fumigar su casa no tendrán malaria y así salvarán a sus hijos”.


Una vez convencidos llega el turno de las rociadoras como Arminda. “Es un trabajo duro. El equipo pesa mucho. Solo la bombona son 15 kilos. Empiezas por las paredes y luego sigues por debajo de las camas y las mesas”, cuenta. Jaime Junior, el jefe de los rociadores, detalla que, de media, los rociadores “tardan unos 20 minutos en fumigar el interior de cada domicilio”. “Luego la casa ha de estar cerrada dos horas, y una tercera hora para que airee. Solo después se puede entrar”, comenta y afirma orgulloso: “Luchamos contra una enfermedad que ha dejado a muchas familias mozambiqueñas de luto y a muchos niños
mozambiqueños sin escuela”.

Arminda, una rociadora, acaba de ponerse el traje. / ANTONIO BAQUERO

Otro de los ejes del programa consiste en proporcionar a todos los habitantes del distrito tres tratamientos con antimaláricos cada año. Lidia, una de las técnicas sanitarias del proyecto, está estos días reclutando a las 700 personas encargadas de recorrer todo el distrito y hacer que toda, absolutamente toda la población se tome las pastillas. “No es tan fácil llegar a gente a la que no conoces y hacer que se tome unas pastillas. Por eso, durante un año antes, hacemos un trabajo de sensibilización. Preparamos el terreno. Hemos visto que convencer a las mujeres es clave en esto”, cuenta. Dos años después, todo parece ir sobre ruedas. “Al principio la gente era reticente y ahora son ellos quienes nos lo piden”.

Un puesto de salud en Magude / ANTONIO BAQUERO

En una zona como esa, con tan alta incidencia de malaria, eliminar la enfermedad tiene un enorme impacto que va más allá de la salud y que se puede traducir en crecimiento económico.  Un impacto del que da cuenta Laia Cirera, una economista catalana que lleva varios años en Mozambique. “Hemos visto como con ese conjunto de intervenciones el absentismo escolar ha caído en un 25% .Además, también observamos que el rendimiento escolar ha aumentado”, explica esta economista, que destaca el peso de la enfermedad en el desarrollo de la comunidad ya
en los estadios más tempranos.

“Esta es una zona donde buena parte de la población hace trabajos físicos con lo que la malaria, que debilita muchísimo la condición física, tiene un gran efecto en la productividad laboral”. Para Mozambique, como el resto de países afectados, la malaria supone un tsunami económico, dado que una enorme cantidad del presupuesto del ministerio de Salud va destinado a la prevención y tratamiento de la malaria.
 

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