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LA BLASFEMIA EN RUSIA

Arranca el juicio a un bloguero que jugaba a Pokémon en una iglesia de Rusia

Marc Marginedas

El joven bloguero Ruslán Sokolovsky.

Una posible pena de siete años de cárcel por incitación al odio e insultar los sentimientos religiosos de los creyentes. Éste es el castigo al que se enfrenta Ruslán Sokolovsky, un bloguero ateo e irreverente con centenares de miles de seguidores en YouTube, por haber dado caza a Pokémons en la iglesia sobre la Sangre en Honor de Todos los Santos de Yekaterinburgo, un templo contruído en los años 90 en el mismo emplazamiento donde se erigía la casa donde fue ejecutado el zar Nicolás II.

El caso guarda grandes similitudes con el que llevó a la cárcel a las integrantes del grupo musical Pussy Riot por realizar una plegaria punk en la catedral de Cristo Salvador en Moscú en el 2012, un hecho que precisamente empujó a las autoridades rusas a aprobar una legislación que tipificaba la blasfemia como ofensa criminal.    

Sokolovsky, en la cárcel desde que violó, hace meses, las condiciones de su reclusión domiciliaria -le reciminan haber hablado con su novia el día de su cumpleaños- ha comparecido este lunes ante el tribunal que le juzga, donde se ha declarado "no culpable" y ha asegurado estar dispuesto a disculparse. "No tenía la intención de ofender a nadie", ha continuado, antes de informar a los magistrados del motivo de su acción: "tenía como objetivo la crítica y crear polémica".

"UN PROVOCADOR", SEGÚN LA IGLESIA

La Iglesia ortodoxa le considera un blasfemo. El portavoz eclesiático Vladímir Legoida escribió en Facebook que Sokolovsky no era una persona que "pasaba ocasionalmente" por la iglesia, sino que se trata de un "agitador" que trabaja "siguiendo el estilo de Charlie Hebdo, es decir, la provocación deliberada". Amnistía Internacional, en cambio, le considera un "preso de consciencia" y exige su liberación inmediata.  

El video de Sokolovsky, que fue visto por una audiencia superior a 1,6 millones de personas, arranca con el corte de un programa informativo en el que se informaba a los telespectadores de multas y penas de prisión por cazar Pokémons en el interior de los templos reigiosos. Después, aparece Sokolovsky en pantalla con la iglesia a sus espaldas y se lamenta de que alguien pueda sentirse ofendido por semejante práctica. Finalmente se pasea por el interior del templo, móvil en la mano, jugando a Pokémon Go. Como acompañamiento, una pléyade de observaciones críticas hacia la institución eclesiástica.         

      

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