19 sep 2020

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Fidel Castro, un enamorado del poder

El líder de la revolución cubana fue un nacionalista y reformador social antes de acogerse a la tutela soviética y abrazar el socialismo

El hostigamiento de Estados Unidos marcó de forma definitiva su pensamiento y la deriva del régimen

ALBERT GARRIDO / BARCELONA

Muere Fidel Castro, un enamorado del poder. / AGENCIAS / SERGIO LAINZ

La controversia ha perseguido a Fidel Castro hasta el último aliento. ¿Quiso ser un reformador social que se vio obligado a abrazar la ortodoxia comunista para vencer a sus adversarios? ¿Fue un nacionalista llevado a otros terrenos por la fuerza de los hechos? ¿Fue acaso un maestro del regate que sobrevivió a todos sus enemigos porque renunció a todos los principios? ¿Fue, en fin, el líder carismático empujado por los acontecimientos a cumplir una misión más allá de sus propias convincciones? El escritor, político y diplomático cubano Alejo Carpentier dijo de Castro que estaba obligado siempre “a fijar el rumbo de la revolución”; su hija Alida afirmó en cierta ocasión que «fue un revolucionario y ahora es un dictador»; el periodista e historiador estadounidense David Talbot lo llama «voluble líder cubano» en el libro La conspiración, dedicado a los hermanos John y Robert Kennedy.

LOS PRIMEROS PASOS

De San Ignacio a la agitación en las aulas

La abundantísima bibliografía dedicada al personaje, con frecuencia hagiográfica, no en menos ocasiones demagógica o panfletaria y casi siempre apasionada, no hace más que resaltar los rasgos de una figura esculpida con los perfiles del mito, las servidumbres del poder, la soberbia del líder carismático y las sutilezas del debate ideológico. La historia entera de América Latina desde los años 50 hasta hoy, la construcción del imaginario colectivo de la izquierda en todas partes y la propia interpretación del paradigma de la guerra fría son inseparables de la peripecia personal de Fidel Castro Ruz, hijo de un hacendado medio, Ángel Castro Argiz, emigrado de Galicia, y de Lina Ruz González, que lo trajo al mundo el 13 de agosto de 1926 en Mayarí, provincia de Oriente. Los Castro llevaron a sus hijos a un colegio regentado por jesuitas, y los afectos al psicoanálisis apresurado confieren desde siempre gran importancia a este hecho, aunque todo indica que cuando, aún muy joven, Castro empezó a destacar en asambleas universitarias y mentideros políticos tenía bastante olvidadas las enseñanzas ignacianas y, en cambio, había abrazado la causa del nacionalismo y de la militancia antinorteamericana.

Como estudiante de Derecho brilló más en la agitación que en las aulas. Su verbo se reveló como un arma poderosa

Como estudiante de Derecho brilló más en la agitación que en las aulas. Su verbo encendido se reveló por primera vez como un arma poderosa en 1946, cuando intervino en un acto de la Federación de Estudiantes Universitarios de La Habana. Un año después, cuando disfrutaba de cierta notoriedad entre sus compañeros, se vio envuelto en un tiroteo nunca aclarado en el que resultó herido el estudiante Lionel Gómez. Lo que allí sucedió no fue del todo desvelado, pero por aquel entonces no era extraño que los ardores universitarios contaran con el ocasional auxilio de las armas.

De aquellos tiempos de agitación incansable datan sus dos primeras experiencias de hombre de acción a gran escala. La primera fue la fracasada expedición de oponentes al dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo, encabezada por Juan Rodríguez García y Juan Bosch, y la segunda, su presencia en Colombia durante el bogotazo, el movimiento insurreccional que costó la vida a Eliecer Gaitán. Como tantas otras veces, la leyenda negra persiguió a Castro, a quien incluso se quiso relacionar con la muerte de Gaitán, aunque su estancia en Bogotá no obedeciese más que a su militancia en la federación de estudiantes. Por estos motivos, y a causa de su azarosa actividad en un campus en ebullición, el futuro revolucionario se trasladó a Nueva York, donde pasó cuatro meses de 1949; al año siguiente, de vuelta a casa, obtuvo el título de Derecho.

CERCA DE BATISTA

El dictador que se adueñó de la isla

Aquel Castro de 1950 que trabajó unos meses de abogado era un nacionalista con inquietudes reformistas, adscrito al Partido Ortodoxo, que mantenía contactos discretos con comunistas y socialistas y pensaba participar en las elecciones legislativas de 1952. Por aquellas fechas frecuentaba a Rafael Díaz Balart, que un día le presentó a Fulgencio Batista, presidente entre 1940 y 1944 y que quería optar de nuevo a la elección apoyado por una coalición de centro-izquierda. Las relaciones de Castro con Batista fueron por lo menos tempestuosas, por no decir abiertamente hostiles, como es fácil deducir de esta conversación entre ambos, en el año 1951, recogida por varios autores:

–No veo aquí –la casa de Batista–un libro importante.
–¿Cuál?, preguntó el anfitrión.
–Técnica del golpe de Estado, de Curzio Malaparte, respondió el joven abogado.

Castro sabía seguramente el temor que abrigaba Batista de perder la elección de 1952

Castro sabía seguramente el temor que abrigaba Batista de perder la elección de 1952 y su disposición a evitar la derrota por la fuerza de las armas. Los hechos confirmaron sus sospechas: cuatro meses antes de las presidenciales, Batista depuso al presidente Carlos Prío Socarrás, ocupó el poder apoyado por el establishment y desconvocó las legislativas. El oficial sin lustre que durante su primer mandato puso en marcha un programa de reformas moderado se convirtió en un dictador extravagante, caprichoso y sanguinario que persiguió con saña a la oposición, pactó con la mafia de Estados Unidos, dio libertad de movimientos a las grandes multinacionales agrarias y asentó su poder en una tupida red de corrupción. Cuba se convirtió más que nunca en el casino y el prostíbulo más grande del Caribe, reflejado en el cine y la literatura con todo lujo de detalles.

EL PRIMER INTENTO

Del asalto al cuartel Moncada al exilio

El cuartelazo de Batista llevó a Castro a decantarse por la vía insurreccional. El 26 de julio de 1953, un pequeño grupo a sus órdenes asaltó el cuartel Moncada, en la ciudad de Santiago, una operación mal preparada y sin futuro que debía ser el detonante del levantamiento contra Batista. En realidad, costó al joven Castro una pena de 15 años de cárcel de los que cumplió solo dos gracias a una amnistía. De aquel proceso quedó para la historia la frase que Castro dirigió al tribunal: «La historia me absolverá».

El grupo que asaltó Moncada inició una vida semiclandestina y organizó el movimiento M26, sin adscripción ideológica concreta

Recuperada la libertad, el grupito del asalto al Moncada inició una vida semiclandestina y organizó el movimiento M26, impregnado de unnacionalismo socializante sin adscripción ideológica concreta. Batista receló y dictó una orden de detención contra Castro y los suyos, y la mayoría se exilió en México en 1955. Allí cristalizó el núcleo revolucionario que entró victorioso en La Habana los primeros días de 1959 y allí se conocieron Fidel Castro y Ernesto Che Guevara de la Serna, un joven médico argentino a quien la historia vestiría con el paso del tiempo con los ropajes del visionario incomprendido y del héroe predestinado. El diplomático argentino Pacho O’Donnell, biógrafo del Che, sostiene: «Es dudoso que uno solo de los amigos de México se atreviera a declararse comunista. Todos compartían de una u otra forma los ideales de la justicia social, y todos ellos fueron educados en la tradición católica». Después de toparse con Castro, el Che escribió en su diario: «Un acontecimiento político es haber conocido a Fidel Castro, el revolucionario cubano, muchacho joven, inteligente, muy seguro de sí mismo y de extraordinaria audacia; creo que simpatizamos mutuamente».

Los preparativos del regresó a Cuba incluyeron un viaje de Castro a Estados Unidos para recaudar fondos y sesiones intensivas de entrenamiento militar a cargo del coronel exiliado del Ejército republicano español Alberto Bayo, que se llevó a aquella partida de cubanos a las montañas de Chalco para que no cayeran en los mismos errores de principiante que en el Moncada. Según O’Donnell, «Bayo era un profesional y los cubanos, unos aficionados que aprendieron más con los primeros contratiempos en Cuba que con la instrucción recibida». «Seremos libres o mártires», había dicho Castro en Estados Unidos, y esta consigna pesó más en el ánimo de sus compañeros de aventura que la estrategia guerrillera. 

LA HORA DE LA VICTORIA

Los barbudos de Sierra Maestra

El 25 de noviembre de 1956 el yate Granma partió del estuario del río Tuxpán y se adentró en las aguas del golfo de México con 81 tripulantes: los hermanos Castro, el Che, Camilo Cienfuegos y otros futuros comandantes de la insurrección. El estado de la mar y la inexperiencia estuvieron a punto de liquidar el primer episodio de la revolución cubana. Los diarios del Che y de Raúl Castro dan cuenta de la peripecia, del mal estado en el que llegó la tropa castrista a la costa sur de Cuba –casi todos se marearon–, de la desorientación que siguió al desembarco cuando comprobaron que habían puesto pie a tierra en un lugar diferente al que teóricamente esperaban llegar para establecer contacto con sus enlaces en la isla y de las privaciones que debieron soportar. El 5 de diciembre, en un lugar llamado Alegría del Pío, la partida fue descubierta por el Ejército: en el combate murieron tres guerrilleros y otros varios fueron apresados y posteriormente fusilados. Los supervivientes, después de no pocas penalidades, lograron reagruparse y emboscarse en la selva de Sierra Maestra.

La entrevista de Herbert Mattews con Castro, en febrero de 1957 y publicada en 'The New York Times', alimentó la leyenda de los barbudos

Allí creció la leyenda de los barbudos, alimentada en gran medida por la entrevista con Castro de Herbert Mattews, realizada el 17 de febrero de 1957, y publicada en The New York Times justo en el momento en el que el Gobierno de Batista aseguraba que el comandante en jefe del M26 había muerto. «Fidel Castro, el líder rebelde de la juventud cubana, está vivo y peleando con éxito en la intrincada Sierra Maestra», empezaba el texto de Mattews, que resumió así el pensamiento de Castro: «Tiene mentalidad más de político que de militar. Sus ideas de libertad, democracia, justicia social, necesidad de restaurar la Constitución, de celebrar elecciones, están bien arraigadas. También cuenta con sus propias teorías económicas, que quizá un entendido consideraría pobres».

El apoyo sobre el terreno permitió una rápida progresión de las unidades revolucionarias, que la madrugada del 1 de enero de 1959 tomaron La Habana. La recreación de aquellas horas en la segunda parte de El padrino transmite con enorme precisión la caída de un régimen desprestigiado y venal. El primer discurso en La Habana del líder supremo de la revolución fue el día 8. El 16 de febrero, el propio Castro ocupó el cargo de primer ministro.

LA GRAN FRACTURA

La revolución se acerca a Moscú

El triunfo de la revolución desencadenó la reforma agraria, desposeyó a los grandes propietarios de sus tierras y se incautó de las propiedades en manos de extranjeros, estableció un sistema universal de salud y la educación obligatoria. La economía sobre la cual se había edificado una sociedad extremadamente dual dio paso a otra planificada, orientada a garantizar la autosuficiencia y a poner en manos del Estado los intercambios comerciales con el exterior. Hizo falta una generación para que desaparecieran las enfermedades endémicas y el analfabetismo, pero bastaron unas semanas para que se degradaran las relaciones con Estados Unidos, presionada la Administración del presidente Dwight D. Eisenhower por el primer exilio cubano, que se instaló en Miami. Aquel exilio, formado por profesionales liberales, terratenientes y representantes de las finanzas, unió sus fuerzas a las de las familias norteamericanas, titulares de grandes fincas, fábricas e instituciones bancarias que fueron expropiadas, y Estados Unidos acabó por decretar el embargo económico, comercial, tecnológico y militar de la isla.

Castro, que hasta entonces se comportó como un reformador social y un nacionalista, se vio empujado a un cambio de estrategia en el que tuvo un papel relevante Osvaldo Dorticós, que inclinó la balanza del lado de los comunistas y acercó Cuba a la Unión Soviética. De hecho, mientras los cambios sociales se cumplían sin pausa, el Partido Comunista ganó una importancia creciente y no solo se convirtió en poco tiempo en la organización de referencia de la revolución, sino que quedó como la única permitida. Así fue como la revolución despertó de la inocencia y asomaron las tensiones en el bloque histórico que hizo posible la caída de Batista: el régimen de partido único se hizo realidad.

LA CRISIS DEL CHE

Las diferencias con un héroe incómodo

El acercamiento a Moscú asoció la economía cubana a la soviética. La lógica de los intercambios comerciales a precios políticos convivió con la modernización de la economía, y los criterios de los asesores soviéticos se impusieron a la ensoñación revolucionaria. Las primeras diferencias entre Castro y el Che surgieron precisamente de esta vinculación del proceso cubano a la geoestrategia de Nikita Jruschov, primer secretario del Partido Comunista de la Unión Soviética. Los soviéticos, por su parte, nunca tuvieron en gran estima al Che y no 

se privaron de pedir a Castro que prescindiera de él. A decir verdad, fue un alivio para el líder de la revolución cubana la decisión del Che de abandonar el Gobierno y volver al combate insurreccional. El asesinato del guerrillero en la remota aldea de La Higuera (Bolivia) el 9 de octubre de 1967 engrandeció la leyenda del héroe caído en combate, que a partir de entonces fue de más utilidad para la revolución como mártir idealizado de lo que lo había sido antes como hombre de acción incapaz de adaptarse al trabajo de despacho.
    «Los hombres que actúan como él, los hombres que lo hacen todo y lo dan todo por la causa de los humildes, cada día que pasa se agigantan, cada día que pasa se adentran más profundamente en el corazón de los pueblos», dijo Castro en el elogio fúnebre del Che. Al oír estas palabras nadie hubiese podido deducir que el comandante en jefe no quiso entrevistarse con él la última vez que pasó por La Habana antes de trasladarse a Bolivia.

En la segunda mitad de los 60, mientras en el interior crecía la disidencia, el prestigio de la revolución arraigó en el exterior

    Puede afirmarse que en aquella época –segunda mitad de los años 60–, mientras en el interior creció la disidencia en las filas revolucionarias, el prestigio de la revolución arraigó en el exterior. Esta contradicción en términos, debida en gran parte a la polarización ideológica sustentada en la guerra fría, llevó a Castro a afianzarse en el poder y a institucionalizar el cambio mediante el enmudecimiento de la crítica, pero no impidió la construcción de una mitología universal de la revolución cubana que puso el acento en los resultados y dejó a un lado los métodos. El escritor Guillermo Cabrera Infante, uno de tantos revolucionarios de primera hora desencantado con la revolución y condenado al exilio, identificó así a quienes optaron por la defensa acrítica del castrismo: «Son los que miran al régimen de Castro como el último arcoíris y creen ver la utopía cuando no es más que una de las más crueles distopías del siglo».

LA GRAN FRACTURA

Decepcionados con el rumbo del cambio

Las señales de fractura desembocaron en un desenlace de perfiles dramáticos antes de que la revolución cumpliese un año. Dos compañeros de primera hora de Castro, Huber Matos y Camilo Cienfuegos, personificaron las enormes tensiones incubadas. En el libro Cómo llegó la noche, Matos explica de qué forma se produjo su ruptura con Castro a causa de su desacuerdo en la depuración del Ejército ordenada por Raúl, por qué razones renunció a su puesto de comandante militar de Camagüey y de qué manera fue arrestado y juzgado como contrarrevolucionario. En la declaración ante el tribunal, Matos se declaró «dispuesto a morir» con tal de lograr el cumplimiento de los compromisos adquiridos por los revolucionarios de Sierra Maestra: «¿Qué hemos prometido a los cubanos? –declaró dirigiéndose a los jueces–. Que la libertad sea un derecho absoluto, que nadie sea perseguido por sus ideas, que los campesinos accedan a la plena propiedad de la tierra». La enumeración de promesas de Matos siguió –una forma de reproche al Gobierno de Castro– y le valió una pena de 20 años de cárcel que cumplió hasta el último día antes de marchar al exilio en octubre de 1979.

La disidencia ha sostenido siempre que el avión de Cienfuegos fue derribado como resultado de un complot con los soviéticos

El caso de Cienfuegos es más oscuro. Sus críticas al rumbo de la revolución, hechas en público, incomodaron a los dos Castro y su muerte, cuando volaba de Camagüey a La Habana, se ha relacionado con los hermanos. La disidencia –en especial Carlos Franqui, en el exilio desde 1968– ha sostenido siempre que el avión de Cienfuegos fue derribado por un Sea Fury 530 como resultado de un complot urdido con la colaboración de los soviéticos. Castro, en cambio, explicó por televisión entre sollozos que Cienfuegos perdió la vida en un accidente aéreo. El suceso, en todo caso, coincidió en el tiempo con la condena de Matos.

LA PUGNA CON EEUU

Del embargo a la crisis de Bahía de Cochinos

En los años siguientes, en especial cuando la alianza con la URSS fue un hecho irreversible, crecieron las críticas al Gobierno y al partido. La posición de Castro dividió a los intelectuales, el partido y el Ejército se convirtieron en los pilares del régimen, el Gobierno gestionó una situación política bloqueada y el esfuerzo institucional se dirigió a crear una nomenklatura a imagen y semejante del régimen soviético. Como es fácil deducir, la conservación de lo logrado se impuso a la democratización de las estructuras de poder, se engordó el exilio y en la práctica se diluyeron los ideales.

La tensión con Estados Unidos fue en gran parte responsable de que el nuevo régimen se encerrara en sí mismo. No solo el embargo económico dejó a la revolución a un paso de la quiebra, sino que el clima de conspiración se adueñó de las embajadas en La Habana. Castro maniobró para no hundir todos los puentes con Washington, pero el presidente Eisenhower prefirió aceptar en 1960 la sugerencia de la CIA de sopesar una intervención en la isla. Cuando el presidente John F. Kennedy se instaló en la Casa Blanca en enero de 1961, estaba casi completado el diseño de la operación que el 17 de abril de aquel año llevó hasta Bahía de Cochinos o Playa Girón a una expedición anticastrista que fue repelida por el Ejército cubano. Los invasores perdieron a 200 hombres y otros 1.500 fueron hechos prisioneros. A partir de entonces, las maquinaciones conspiratorias apuntaron directamente a Castro, a quien la CIA intentó asesinar en varias ocasiones de acuerdo con todos los indicios y exespías

En el libro Los Kennedy, de Peter Collier y David Horowitz, se subraya el disgusto del presidente por el desarrollo de la operación, de la que probablemente ni siquiera estaba enterado el consejero de Seguridad Nacional, McGeorge Bundy. A la Casa Blanca le preocuparon tanto el fracaso como las consecuencias inmediatas que tuvo: Castro declaró el carácter socialista de la revolución.

Mientras la Casa Blanca buscaba una vía para hablar con Castro, la CIA trabajaba para acbar con Castro sin que lo supiera Kennedy

Visto el resultado del desembarco, Kennedy inició una discreta aproximación a Cuba, que Castro aceptó. Para gran escándalo de la CIA y del Ejército, Richard Goodwin, un asesor del presidente, se entrevistó en Montevideo con el Che, a la sazón ministro de Economía de Cuba, en agosto de 1961. Como, al mismo tiempo, la llamada comunidad de inteligencia se mantenía en contacto con la mafia de Estados Unidos para atentar contra Castro, la paradoja se instaló en las relaciones cubano-norteamericanas: mientras la Casa Blanca buscaba una vía de escape para hablar con el líder revolucionario, la CIA –lo ha reconocido Richard Helms, que dirigió la agencia– trabajaba para acabar con Castro sin que el presidente lo supiera.

LA CRISIS DE LOS MISILES

A un paso de una guerra nuclear

La crisis de los misiles de octubre de 1962 dejó sin efecto aquel amago de acercamiento. La instalación en la isla de plataformas de lanzamiento soviéticas puso al planeta al borde de la guerra nuclear. El bloqueo de Cuba decretado por Estados Unidos, la presión de los generales sobre Kennedy para que adoptara alguna medida expeditiva contra la URSS y la resolución de la crisis a través de la diplomacia secreta establecieron para siempre una norma de conducta en las relaciones de Castro con los jerarcas soviéticos: en caso de crisis, si debía elegir entre mantener el statu quo con Estados Unidos o secundar a Cuba, el Kremlín optaría siempre por la primera opción. El castrismo se mantendría bajo el paraguas protector soviético, pero no hasta el punto de descoyuntar la lógica de la guerra fría, algo que probablemente Castro nunca quiso reconocer.

Ni siquiera cuando la tutela soviética desapareció hubo el menor indicio de que el régimen fuera a abrir la espita de la democratización

Hasta la quiebra de la Unión Soviética, la revolución cubana conoció una moderada prosperidad, en especial por comparación con la media latinoamericana. Los universitarios más brillantes pudieron realizar estudios en los centros más prestigiosos de la URSS, Castro estuvo en condiciones de presentar el progreso económico como un logro de su régimen, aunque la realidad fuese muy otra –las exportaciones garantizadas de antemano hacia los países del Comecon, luego Came–, y el embargo decretado por Estados Unidos tuvo así un efecto relativo. En el primer congreso del PC cubano (17 al 22 de diciembre de 1975), el informe elaborado por Castro consagró sin reservas la sujeción de la isla a los principios de la soberanía limitada. El precio pagado en términos políticos fue la adscripción a la más estricta ortodoxia ideológica y la sangría del exilio, nunca contenida del todo.  Nunca hubo el menor indicio de que el régimen tuviera capacidad para abrir la espita de la democratización, ni siquiera cuando la tutela soviética desapareció.

DESPUÉS DE LA URSS

Hacia el ocaso de la utopía revolucionaria

El éxodo desde el puerto de Mariel de 125.000 cubanos, que entre el 15 de abril y el 30 de octubre de 1980 cruzaron el mar para instalarse mayoritariamente en Florida, y el fenómeno siempre presente de los balseros no son más que los datos más conocidos de la crisis social que la isla se acostumbró a cobijar. Pero esta crisis social no adoptó el rostro de la decadencia mientras subsistió la Unión Soviética como superpotencia; en cambio, cuando Mijail Gorbachov puso en marcha su programa de reformas y se hizo evidente que el bloque socialista caminaba inexorablemente hacia su liquidación, la capacidad de resistencia del régimen cubano mostró sus debilidades.

Incluso es posible establecer una relación entre el temor de Castro al contagio de la perestroika y el gran proceso político que entre 1988 y 1989 llevó al paredón de fusilamiento, entre otros, al general Arnaldo Ochoa, un íntimo de Castro durante décadas. Porque, efectivamente, los oficiales del cuerpo expedicionario que en los años 80 combatió en Angola contra una coalición de movimientos derechistas apoyada por Estados Unidos y Sudáfrica, entraron en contacto con asesores soviéticos imbuidos del espíritu liberalizador del equipo de Gorbachov. El escritor Norberto Fuentes, autor de la monumental obra en dos volúmenes La autobiografía de Fidel Castro, no duda en atribuir a la transformación de Ochoa en Angola la decisión del comandante en jefe de someterlo a juicio mediante una acusación inconsistente de narcotráfico que, de paso, le permitió neutralizar la acusación en idénticos términos, probablemente tan poco fundamentada como la anterior, que contra el Ministerio del Interior cubano preparó en Estados Unidos la Administración del presidente Ronald Reagan.

El 'caso Elián' fue interpretado por algunos como una maniobra para desviar la atención del desastre de las finanzas

Así pues, cuando la URSS desapareció del mapa y el entramado político y económico del Pacto de Varsovia y el Came pasaron a mejor vida, Castro tuvo que afrontar una situación de soledad extrema consecuencia de la hecatombe. Desde entonces, con una economía estancada, un parque industrial anticuado y un déficit energético insuperable, el régimen ensayó varios cambios sin renunciar a las esencias del modelo. Esto es, intentó el experimento imposible de remozar la fachada de un sistema con todos los síntomas de agotamiento a la vista, reconocidos y aceptados incluso por la mayor parte de la misma izquierda que con anterioridad admiró el desparpajo cubano ante la presión de Estados Unidos.

Durante el desarrollo del 'caso Elián', en el 2000, hubo quien creyó ver una maniobra encaminada a desviar la atención ante el hecho cierto de que las finanzas cubanas se encontraban al borde de la bancarrota. Fue el propio Castro quien encabezó las gestiones para repatriar a Eliancito, como le llemó el comandante.

EL ANCIANO DEL CHÁNDAL

Un relevo obligado sin salir de la familia

El 31 de julio del 2006, Castro renunció provisonalmente a dirigir el Gobierno en favor de su hermano Raúl. Una grave dolencia intestinal –una diverticulitis– que obligó a operarle le apartó del escenario. Así empezó un largo periodo de interinidad. La revolución institucionalizada mantuvo la ficción de que el comandante en jefe seguía siendo el presidente del Consejo de Estado, pero en la práctica se mantuvo en un retiro hermético, rotó esporádicamente con artículos publicados en el periódico Granma. La imagen frágil de un anciano enfundado en un chándal con los colores de Cuba sustituyó aquella otra de la energía desbordada y la retórica caudalosa que tantas veces difundieron los medios de comunicación. Finalmente, el 19 de febrero del 2008, Fidel Castro Ruz dejó la jefatura de Gobierno y la presidencia, que también recayó en Raúl, y solo retuvo el cargo de primer secretario del PC cubano. Por pocos meses no llegó a cumplir medio siglo como gobernante supremo de la isla.

Al final de su biografía de Castro, escribe Norberto Fuentes: «La verdadera historia de Fidel Castro se esconde en un área de reserva absoluta y bajo su control absoluto, que es el de su cerebro». Al dejar de existir, el misterio que siempre le acompañó se acrecienta. ¿Fue Castro un revolucionario cautivado por el poder o creyó de verdad que solo él podía lograr la emancipación de la isla? Ni siquiera sus más conspicuos analistas son capaces de responder a esta pregunta sin albergar dudas, porque Castro fue, entre otras muchas cosas, un gran histrión que construyó un personaje a la medida de sus necesidades para ocultar durante toda la vida su verdadera identidad.