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CRISIS DE REFUGIADOS

Viktor Orbán, la mano de hierro de Europa

El primer ministro de Hungría ha representado este 2015 la cara más dura contra la llegada masiva de refugiados

Tras los atentados de París su retórica xenófoba ha ganado peso y aceptación en el continente

Carles Planas Bou

El primer ministro húngaro, Viktor Orban, en Bruselas el pasado 18 de diciembre. 

El primer ministro húngaro, Viktor Orban, en Bruselas el pasado 18 de diciembre.  / REUTERS / FRANCOIS LENOIR

El pasado 15 de setiembre Hungría cerraba su frontera sur con Serbia y empezaba a alzar una valla de alambre de espino de cuatro metros que pretendía evitar que el éxodo de miles de refugiados que llegaban a Europa cruzara el país balcánico. Familias enteras se quedaban atrapadas en el limbo de Röszke, la primera población húngara en la que entraban, sin entender por qué no podían proseguir un camino con destino mayoritariamente a Alemania. Muchos se desesperaron e intentaron cruzar el cordón policial pero fueron recibidos con gases lacrimógenos y cañones de agua. Mientras que los líderes de la Unión Europea se ponían las manos en la cabeza por su incapacidad de reaccionar ante un problema de tal magnitud, en Hungría el primer ministro, Viktor Orbán, sonreía al ver como su plan para dar la espalda a los refugiados y a las directrices de Bruselas empezaba a tomar forma.

Un mes más tarde y con el continente sumido en una crisis de liderazgo que incapacitaba llegar a un acuerdo sobre una política común de acogida a los exiliados, Hungría seguía su estrategia de fortificación y cerraba la frontera oeste con Croacia. Todo el sur del país se encontraba cerrado por el metal y soldados armados. La mano dura de Orbán era ampliamente criticada por mandatarios europeos como la cancillera alemana, Angela Merkel, o el presidente francés, François Hollande. Ambos pedían un sistema de repartición en cuotas de refugiados al que Hungría hacía ascos abiertamente. Mientras tanto, dentro de sus fronteras el discurso etnicista del ultraconservador Orbán calaba profundamente en gran parte de la sociedad húngara, que aplaudía su decisión de blindarse para cerrar el paso a los refugiados.

A dos semanas de decir adiós al 2015 el primer ministro húngaro no tan sólo ha reforzado su popularidad en casa sino que otros socios europeos han seguido su camino. El nombre de Viktor Orbán había ido asociado al conservadurismo nacionalista, a su dominio de la política húngara y a los diversos casos de abuso de poder que llevaron a cientos de ciudadanos a protestar en las calles. Incluso se le conocía como ‘Viktator’. Ahora su legado más visible de cara a Europa es la mano dura con la que ha castigado a los refugiados que intentan llegar al continente.

CRIMINALIZACIÓN DEL ISLAM Y DE LOS REFUGIADOS

En el centro de su debate ha situado la religión, criminalizando las creencias del Islam y vendiendo el éxodo de miles de personas como un choque de civilizaciones que pone supuestamente en amenaza los valores cristianos que Orbán defiende. “Tenemos derecho a no querer vivir con musulmanes. No hace falta pretender que todos somos iguales”, confesó. Ese mensaje también ha sido utilizado de forma muy efectiva por la ultraderecha y los populismos conservadores que se han disparado en toda Europa, desde el Frente Nacional Francés de Marine Le Pen al partido Ley y Justicia de Jarsolaw Kaczinsky.

Ese auge del mensaje religioso ha cobrado un nuevo sentido desde los atentados yihadistas de París que dejaron 130 víctimas. A pesar de que los atacantes eran ciudadanos europeos su condición de islamistas radicales fue utilizada por Orbán para intentar legitimar su discurso xenófobo. “Todos los terroristas son básicamente inmigrantes”, sentenció mientras culpaba a países como Francia de la concentración de esas comunidades en guetos de la periferia. A pesar de sus controvertidas declaraciones, los ataques a la capital gala han alterado la percepción sobre el primer ministro húngaro. Más allá de seguir contando con un apoyo muy superior a la de la oposición, de 30 puntos, fuera de sus fronteras las palabras de Orbán han ganado más adeptos.

Tres meses después de cerrar las fronteras, Orbán parece haberse convertido para muchos en un modelo a seguir. El desbordamiento de la UE ante la incesante llegada de refugiados y la intencionalidad de vincularlos a los ataques de París han reforzado la lógica del líder ultraconservador y han hecho que su discurso xenófobo sea cada vez más razonable a los ojos de los electores.

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