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Crisis de refugiados en Europa

La fuga masiva de Eritrea

El Estado africano se llena de prisiones para albergar a los numerosos represaliados

La tiranía del régimen lleva a casi una quinta parte de la población a huir del país

ADRIÀ ROCHA / BARCELONA

Un eritreo carga con un colchón en un campo de refugiados en Roma.

Un eritreo carga con un colchón en un campo de refugiados en Roma. / AFP / ALBERTO PIZZOLI

Dentro del océano de contenedores —que tendrían que ser de mercancías— hay miles de personas. No se esconden para cruzar ninguna frontera ni van de polizontes en ningún navío transatlántico: han sido encarcelados por el Gobierno de Eritrea y su dictador, Isaías Afewerki, que aprovechando la independencia del país en 1991, ascendió al poder y decidió matar en vida a una población entera. «Después de que Eritrea se convirtiera en un Estado, empezaron los problemas con las prisiones existentes. No había muchas y cada vez la policía estaba deteniendo a más gente. Así que el Gobierno decidió usar los contenedores como prisiones, poniéndolos en medio de los desiertos para así torturar aún más a los presos», explica a este diario el periodista eritreo Amanuel Ghirmay, que ahora vive en Francia y ha fundado, junto con otros dos refugiados del país, Radio Erena, una emisora 'online' para la disidencia en Eritrea.

Las técnicas de represión que el Estado pone sobre la mesa son simples. Bajo una Constitución basada en principios democráticos que sirve como decorado, Afewerki ha establecido un sistema de trabajos forzados universal disfrazado de servicio militar obligatorio. «Según la ley, el servicio tendría que durar 24 meses. En la práctica, dura unos 30 años, en los que el Gobierno te obliga a ejercer literalmente de esclavo», relata Ghirmay, que, como todos sus compatriotas, tuvo que pasar una temporada interno en los barracones. Sin embargo, el futuro para la gente que se niega a enrolarse al Ejército no es, para nada, más prometedor. Si alguien no presta su servicio, la prisión y las posteriores torturas sistemáticas —sin juicio previo, evidentemente— son solo algunos de los métodos de control de los que dispone el régimen. Además, si alguien intenta escapar del país, los soldados desplegados por la frontera tienen la orden de disparar a matar.

«Me marché de Eritrea con mi marido y mi hija. A él lo llamaron para hacer el servicio militar. No nos podía mantener, estábamos sin nada. No podía abandonar el Ejército o lo encarcelarían. Por eso nos escapamos», relató Agnes, de 30 años, al ser rescatada en el Mediterráneo por Médicos Sin Fronteras, tras un largo trayecto que la llevó a ella y a su familia a cruzar Etiopía, Sudán y Libia. «Sabíamos que el viaje sería difícil. Nos pegaron con armas y palos, cada día. Pero, ¿cuál era la alternativa? En Eritrea no hubiésemos sobrevivido», dijo.

Eritrea se independizó de Etiopía tras una guerra en 1991 gracias al grupo paramilitar Frente de Liberación del Pueblo de Eritrea, que más tarde cambiaría sus siglas al irónico nombre de Frente Popular para la Democracia y la Justicia, presidido por el tirano Afewerki. En 1993, el FPDJ impulsó un referéndum para que la población decidiera sobre si quería una Eritrea independiente. El resultado fue favorable, y esa votación resultó ser el único soplo de libertad que vería el pequeño país en el que viven -o vivían- en el 2014 unos seis millones de personas.

SIN LIBERTADES

Como Ghirmay, sus compañeros en Radio Erena y Agnes y su familia, de Eritrea ha huido ya al menos un millón de personas, casi una quinta parte de la población. Por eso la eritrea es la nacionalidad, junto a la siria, iraquí y afgana, que más nutre el flujo migratorio que llega a Europa. Y eso siempre conforme a las pocas estimaciones que existen: el Estado es tan cerrado que impide que la prensa extranjera o los observadores de la ONU puedan entrar. De hecho, en Eritrea hay al menos 16 periodistas encarcelados en contenedores en el desierto, por lo que el país se ha ganado el honor de liderar —desde la cola— el barómetro de libertad de expresión que realiza cada año Reporteros Sin Fronteras. Un puesto por debajo de la famosa Corea del Norte de Kim Jong-un.

El respeto a los Derechos Humanos en el país de Afewerki es tan nulo que muchos militares -el marido de Agnes es solo un ejemplo- tampoco pueden aguantar y acaban fugándose. «La situación ahora es aún peor que durante la guerra, por eso muchos nos hemos ido. Solo queremos que Europa entienda lo que pasa en Eritrea; porque no es que nosotros deseemos venir, es que nos vemos obligados», reza Ghirmay.