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centenario de un hundimiento histórico

'Lusitania' Un torpedo en la tripa de América

XAVIER MORET

El próximo jueves se cumplen 100 años del hundimiento del transatlántico Lusitania por un torpedo alemán frente a las costas de Irlanda, en uno de los grandes desastres de la navegación de pasajeros de todos los tiempos. El barco de hundió en solo 18 minutos y murieron 1.195 personas. El hecho de que hubiera zarpado de Nueva York, y de que 123 de los fallecidos fueran norteamericanos, influyó en la entrada de Estados Unidos en la primera guerra mundial.

Apenas tres años antes, en el hundimiento del Titanic, en abril de 1912, más de 1.500 personas habían encontrado la muerte, pero nadie esperaba que sucediera otra gran desgracia cuando el 1 de mayo de 1915 el Lusitania zarpó del muelle 54 de Nueva York con destino a Liverpool.

Un anuncio premonitorio

Las 1.959 personas que iban a bordo no parecían ser conscientes del peligro que corrían. Inglaterra y Alemania estaban en guerra desde hacía nueve meses y la Embajada alemana había publicado unos días antes en varios diarios norteamericanos el siguiente anuncio: «Se recuerda a los viajeros que tengan la intención de cruzar el Atlántico que existe el estado de guerra entre Alemania y sus aliados y Gran Bretaña y sus aliados; que la zona de guerra incluye las aguas adyacentes a las islas británicas y que, según advertencias formales del Gobierno Imperial Alemán, los barcos que lleven la bandera de Gran Bretaña, o de cualquiera de sus aliados, son susceptibles de ser destruidos en estas aguas y que los pasajeros que viajen en la zona de guerra en barcos de Gran Bretaña o de sus aliados lo hacen por su cuenta y riesgo».

 

A pesar de los negros nubarrones, el Lusitania zarpó de Nueva York como estaba previsto. Nadie creía que los alemanes fueran a torpedear uno de los transatlánticos más lujosos del mundo, un cuatro chimeneas de la compañía Cunard que unos años antes había batido el récord de velocidad en la travesía del Atlántico; un barco en el que los 552 pasajeros de primera clase podían admirar los ascensores, la escalinata, las columnas corintias, la cúpula de nueve metros de altura y los muebles estilo Luis XIV del comedor principal, decorado con caoba y elementos dorados.

El veterano capitán Turner

En su libro Lusitania, el hundimiento que cambió el rumbo de la historia (Ariel), el norteamericano Erik Larson cuenta muchos detalles de aquel barco botado en 1907 y equipado con 25 calderas que consumían grandes cantidades de carbón. Incluso estando anclado, el Lusitania consumía unas 140 toneladas al día. Cuando estaba en marcha, los 300 fogoneros cargaban mil toneladas al día para generar el vapor que hacía girar las enormes turbinas.

Era tal la grandeza del Lusitania que, según Larson, «un pasajero observó que si surgía la necesidad de una nueva arca de Noé, era partidario de alquilar el Lusitania, porque calculó que había sitio en él para una pareja de todos los animales existentes y más aún». El capitán William Turner era un veterano de 58 años nacido en Liverpool que en 1910 había convertido el Lusitania en el primer barco que conseguía hacer la travesía de Liverpool a Nueva York en menos de cinco días.

Ante tal despliegue de tecnología y lujo, nadie esperaba un ataque de los submarinos alemanes. Sin embargo, el destino del capitán Turner se cruzó a las 14 horas y 10 minutos del 7 de mayo, frente a la costa irlandesa de Kinsdale, con un submarino alemán capitaneado por un joven de 32 años, Walter Schwieger, que no dudó en torpedear el Lusitania.

 

El transtlántico se hundió en 18 minutos y su casco retorcido, con un gran boquete en un costado, sigue allí, 91 metros bajo las aguas, frente al puerto irlandés de Kinsdale. Los alemanes argumentaron que estaban convencidos de que en la bodega del barco había material bélico camuflado. Sin embargo, este extremo nunca se aclaró. Lo que sí está claro es que en aquel hundimiento murieron 1.995 personas y que solo 764 consiguieron salvarse.

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