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Análisis

Vale la pena intentarlo

Marta López

Que el acuerdo con Irán todavía tiene muchos obstáculos que superar antes de convertirse en definitivo es cierto. Que en esos seis meses de tiempo que se han dado las partes van a afrontar múltiples reticencias, también. Pero atención a los árboles que no dejan ver el bosque: el documento firmado el domingo en Ginebra por las grandes potencias y Teherán es muy valioso en cuanto supone el giro más vertiginoso que han dado las relaciones internacionales en los últimos años.

Por varios motivos. El primero es que de las dos vías posibles para neutralizar la persistente amenaza nuclear iraní, la fuerza y la diplomacia, gana de momento la segunda. Con ayuda de las sanciones, cierto. Pero viniendo de donde venimos, no es baladí. La resolución de conflictos en una mesa de negociaciones no ha sido la tónica de las últimas décadas y este acuerdo invierte una dinámica a la que peligrosamente parecía que nos habíamos acostumbrado. La razón gana a la sinrazón de una nueva escalada. Y con ello ganamos todos.

Interlocutor válido

En segundo lugar, el acuerdo supone la legitimación de Irán como interlocutor. Tras permanecer desde la revolución islámica de 1979 en el ostracismo, el país de los ayatolás regresa con voz propia al concierto de naciones. Y eso altera completamente el equilibrio de fuerzas en la convulsa región de Oriente Próximo. De ahí que Israel hable de «error histórico» porque esta vez no ha podido hacer valer su influencia sobre Estados Unidos.

Obama, a medio año de llegar al ecuador de su segundo mandato, ha dado el paso más decidido de toda su presidencia, apostando por un acuerdo que no va a ser fácil por sus múltiples aristas. Es un paso decidido y valiente que le enfrenta a sus tradicionales aliados en la región: no solo a Israel, sino también a Arabia Saudí. Puede que coseche un fracaso, que al final todo se tuerza. Pero habrá valido la pena intentarlo.

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