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Análisis

¿Esperamos más fotos?

Marta López

Siria agoniza hace ya casi dos años, desde que en marzo del 2011, en plena borrachera revolucionaria en los países vecinos y el aplauso internacional, un puñado de ciudadanos -valientes, muy valientes- se atrevió a desafiar a uno de regímenes más represivos de la región. Desde el primer día fueron machacados sin piedad. Pero ellos fueron más. Muchos más. Y aquella revuelta que pretendía acabar con una dictadura derivó en una sangrienta guerra civil en la que los muertos se cuentan ya por decenas de miles: ¿60.000? ¿100.000? Ni se sabe.

Demasiados, aunque no suficientes para parar esa orgía ni para evitar que esa guerra caiga en el olvido, que el sufrimiento de los sirios ya no cuente o que los muertos sean poco más que una cifra redonda que de vez en cuando merecen un titular o una condena internacional. Hasta que un día, una fotografía terrible de jóvenes maniatados y ejecutados a orillas de un canal llega a nuestras manos y sentimos un gran escalofrío, una hiriente punzada en el corazón. Y nos preguntamos qué más tiene que pasar para que alguien frene ese horror. No hay respuesta. Solo una reflexión. A lo largo de la historia, algunas imágenes han cambiado el curso de los acontecimientos. Pienso en la niña del napalm. Quizá también otra fotografía atroz sirva esta vez de algo.

Aunque llegue tarde.

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