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Aniversario de la guerra de las Malvinas

Argentina no puede olvidar

La dictadura, acorralada, quiso unir a todo el país en una guerra suicida

Los soldados que sufrieron torturas de sus superiores esperan aún hoy justicia

Abel Gilbert

«Si a todos nosotros nos piden la vida, seguro la daremos…» Corría la noche del 9 de mayo de 1982. La guerra con Gran Bretaña llevaba ya ocho días, y Diego Maradona, la figura de la selección de fútbol que se preparaba para el Mundial de España, hacía saber al país hasta dónde podría llegar su sacrificio en defensa de las Malvinas, las islas que la dictadura militar había recuperado el 2 de abril. La ola de patriotismo contagiaba demasiados corazones, incluso los de los apaleados el 30 de marzo en la plaza de Mayo, cuando habían ido a exigirle al general Leopoldo Galtieri «paz, pan y trabajo».

Lo que sucedió entre la llegada de las tropas argentinas al archipiélago, de la mano de oficiales fogueados en la represión clandestina, y el momento en que la dictadura se rindió, condiciona el presente. Tres décadas más tarde, en medio de las renacidas tensiones bilaterales con Londres, las imágenes de aquel otoño en el hemisferio sur siguen invitando a la perplejidad. Algunos se preguntan por qué todavía se conmemora el 2 de abril y no es el 14 de junio, el día de la derrota, una jornada de reflexión.

LA DICTADURA, ACORRALADA/ En 1982, el régimen militar estaba en un callejón sin salida. La protesta social comenzaba a insinuarse. Las Malvinas -objeto de litigio desde 1833- se convirtieron en un plan de fuga hacia ningún lugar. Galtieri creía que EEUU lo respaldaría por su contribución a la causa anticomunista en América Central. Y con esa certeza, parado frente al balcón de la sede de Gobierno, le dijo a los ingleses: «Si quieren venir que vengan, les presentaremos batalla». La multitud reunida en la plaza de Mayo rugió.

«Estamos ganando», tituló la revista Gente, apenas iniciado el conflicto. Con el Mundial en puertas, El Gráfico imaginó una final entre Argentina e Inglaterra. Ganarían los primeros, de manera ajustada, 1-0, con gol de Ramón Díaz. Fueron muy pocos los que se resistieron a la corriente triunfalista de una publicidad machacaba a toda hora: «Jamás nos han vencido/jamás nos vencerán». «Resulta por lo menos irónico comprobar cómo la ocupación militar de las Malvinas -extendiendo a los desdichados malvineses los rigores del estado de sitio- ha permitido a una dictadura fascistizante y sanguinaria agregar a sus méritos los raídos galones del antiimperialismo. Pero esta ironía se torna cruel cuando se ve cómo en nombre de una abstracta territorialidad, las castigadas masas argentinas se embarcan en la orgía nacionalista y claman por la muerte», escribió el poeta Néstor Perlongher.

En Malvinas, la trama secreta, el libro que Oscar Raúl Cardoso, Ricardo Kirschbaum y Eduardo Van der Kooy publicaron en 1983, se cuenta un diálogo entre Galtieri y Alexander Haig, el secretario de Estado de EEUU. Haig viajó a Buenos Aires con una propuesta bastante favorable a Argentina, que incluía una coadministración de las islas. Pero Galtieri la rechazó. «Si acepto, me caigo», le dijo. Haig lo corrigió: «Perdón usted se va a caer de cualquier manera».

Eso fue lo que ocurrió. Los militares se habían preparado durante años para secuestrar y torturar argentinos. En plena guerra, ejercieron la crueldad suprema con los propios soldados. La justicia aún tiene en sus manos varias causas de violaciones de los derechos humanos. Un día antes de la rendición, la selección de Maradona había debutado en el Camp Nou. La transmisión del partido contra Bélgica resume el momento de locura colectiva: las instancias del juego se mezclaron con los partes de guerra. El equipo de César Luis Menotti cayó 1-0. Y eso tampoco estaba en los planes.

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