décimo aniversario

Los otros aviones de la muerte

 Las guerras de Afganistán e Irak, desatadas como represalia tras los atentados del 11-S, han causado casi 230.000 muertos en ambos países, y más de 6.200 entre las tropas norteamericanas. El fotógrafo Steve Ruark es testigo de la repatriación de los caídos en esos conflictos remotos. Retrata casi a diario el triste ritual de los ataúdes saliendo de las tripas de un avión en la base de Dover.

Varios soldados ante los féretros del sargento Joshua Robinson, de 29 años y de Omaha (Nebraska) y el sargento Adán González Jr., de Bakersfield (California), fallecidos en Helmand (Afganistán).

Varios soldados ante los féretros del sargento Joshua Robinson, de 29 años y de Omaha (Nebraska) y el sargento Adán González Jr., de Bakersfield (California), fallecidos en Helmand (Afganistán). / AP / STEVE RUARK

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RICARDO MIR DE FRANCIA

Era ya noche cerrada cuando los cuerpos de Joshua Seals y Dennis Jensen, ambos de 21 años, llegaron a la base aérea de Dover (Delaware) en un avión comercial subcontratado por el Pentágono. Transportados en cajas de aluminio cubiertas con la bandera de Estados Unidos, una grúa los bajó hasta la pista de aterrizaje, donde un capellán y varios soldados musitaron cabizbajos un penúltimo responso. Muy cerca observaban las familias, ocultas tras una furgoneta del único fotógrafo civil que cubrió la solemne repatriación de aquel 18 de agosto. Si lloraron, lo hicieron en silencio, un silencio tan profundo e inquietante como el de los remotos valles afganos que despidieron a sus hijos.

Una década después de los atentados del 11 de septiembre, los cuerpos de soldados y oficiales estadounidenses continúan llegando desde Irak y Afganistán a esta moderna ciudadela asomada al Atlántico después de una escala en la base alemana de Rammstein. No llegan en oleadas, como sucedió durante la guerra de Vietnam, pero sí a un ritmo perversamente regular. Aterrizan varias veces a la semana, a cualquier hora del día o de la noche, precedidos de un escueto parte para la prensa. «Especialista Joshua Seals, 21 años, de Porter (Oklahoma). Murió el 16 de agosto en la provincia afgana de Paktia en un incidente fuera de combate».

Casi todas las familias de los soldados viajan a Dover para recibirlos, invitadas por el departamento de Defensa, que paga el traslado de tres parientes por militar. Pero el resto del país ha dejado de prestarle atención a unas guerras que, de algún modo, se han vuelto invisibles. Ya sea porque la ciudadanía no las nota en el bolsillo, al haberse financiado a crédito sin subidas de impuestos, o porque el número de familias con parientes en el Ejército está en mínimos históricos, solo el 1%.

Incluso la prensa parece haberse hartado, después de retransmitir casi al minuto las invasiones de Irak y Afganistán. «A nosotros se nos da bien destruir cosas y verlo por televisión. Pero la reconstrucción es lenta y aburrida, y la gente cambia de canal», dice crudamente el politólogo de la Universidad de Georgetown Mark Rom. Para Nora Bensahel, del Center for a New American Security, la atención de los medios declinó a medida que las bajas se redujeron en el 2009 y la Administración Obama fijó un calendario para la salida de Irak. «No creo que el país haya perdido el contacto con la realidad, pero hoy le preocupa más el paro y la economía», afirma.

Si al país se le sigue recordando gráficamente el coste humano del conflicto es, en gran medida, gracias a Steve Ruark, el único fotógrafo que acudió a Dover aquella noche cálida de mediados de agosto. Este freelance de 33 años nunca olvidará la primera vez que la agencia Associated Press (AP) le llamó para encargarle el tema en abril del 2009. Aquel día, su mujer se puso de parto y tuvo que declinarlo. «Hay veces que la vida y la muerte confluyen de manera caprichosa. Lo que empezó como un encargo ha acabado convertido en una suerte de proyecto personal», explica desde la base aérea. Desde entonces ha cubierto más de 200 repatriaciones, miles de kilómetros desde su Baltimore natal, a dos horas en coche de Dover.

No es un trabajo agradecido. La ceremonia siempre es la misma: sobria, exacta como un reloj y emocionalmente rácana. Ni siquiera hay contacto visual con las familias, separadas por una furgoneta azul, siempre que permitan la presencia de la prensa. Pero Ruark ha logrado humanizar lo impersonal haciendo que cada repatriación parezca distinta. ¿Sus aliados? La meteorología, la luz, el ángulo o los destellos expresivos de los soldados. «Nunca olvido qué estoy haciendo y lo importate que es este acto. Aunque parezca visualmente redundante, sé que hay historias únicas detrás de cada uno de estos chavales», asegura desde el aparcamiento del McDonalds donde echa el ancla para enviar las imágenes a la agencia aprovechando el wifi gratuito.

La perseverancia de Ruark y AP tiene una razón de ser: salvaguardar un derecho conquistado. Porque hasta que el presidente Barack Obama levantara la prohibición en la primavera del 2009, la cobertura de las repatriaciones estuvo vetada. Nada menos que desde la guerra del Golfo en 1991. Su origen es un incidente embarazoso en el que se vio envuelto el presidente George Bush padre. Poco después de ordenar la invasión de Panamá, las cámaras lo captaron riendo y bromeando con la prensa mientras la guardia de honor trasladaba los féretros de varios soldados recién llegados del país centroamericano.

Aquella vendetta cumplió con un objetivo mayor, amortiguar el coste político de la realidad más cruda de la guerra. «Algunos políticos hablan hoy del test de Dover: ¿puede la población seguir apoyando la guerra si contempla la llegada de los ataúdes? Son conscientes de que pocas imágenes tienen tanto impacto emocional entre la población», explica Ruark.

El apoyo al intervencionismo militar se ha reducido enormemente desde que aquellos tres aviones secuestrados por 19 terroristas de Al Qaeda se estrellaran contra las Torres Gemelas y el Pentágono, los símbolos del poder económico y militar de la superpotencia. Un cuarto avión cayó en un campo de Pensilvania, aunque las autoridades creen que su objetivo era el Capitolio. Nadie olvidará nunca aquellas terribles imágenes. La gente saltando al vacío desde las torres humeantes, los supervivientes huyendo desencajados de la nube de polvo y cascotes¿ En total casi 3.000 muertos, aunque ni una sola imagen de ellos fue difundida en los medios estadounidenses.

El 11-S, Ruark estaba de vacaciones con sus abuelos en Tennessee, donde trabajaba para un periódico de provincias. «Aquel día se esfumó la invencibilidad artificial que parte del país sentía. Recuerdo sobre todo la sensacion de incertidumbre. ¿Qué va a pasar ahora? ¿Habrá más ataques terroristas? ¿Cuándo será el siguiente?».

Solo nueve días después, el presidente George W. Bush declaró la llamada guerra contra el terror en el Congreso, tras definir los ataques como un acto de guerra contra los pueblos amantes de la libertad. «Nuestra guerra contra el terror comienza con Al Qaeda, pero no acaba ahí. No terminará hasta que cualquier grupo terrorista de alcance global haya sido encontrado, detenido y derrotado».

Esencialmente fue una invitación a la guerra eterna porque el terrorismo es una táctica y el extremismo islámico una idea, pero muy pocos la cuestionaron. El trauma había dejado un país asustado, desorientado e inflamado por el patriotismo y el hambre de venganza.

La historia que vino después, de algún modo, ya estaba escrita. En septiembre del 2000, un documento del think tank neoconservador Project for the New American Century estableció los términos de la Pax Americana, un plan para cimentar la hegemonía global de EEUU mediante el control militar de los recursos del Golfo Pérsico y el fin declarado de prevenir la emergencia de estados capaces de hacer sombra a Washington. Sus firmantes serían después los pilares de la Administración Bush, empezando por el vicepresidente, Dick Chenney, y el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld.

La retahíla de mentiras

Si muchos vieron la invasión de Afganistán en octubre del 2001 como una reacción de autodefensa ante el 11-S, la retahíla de mentiras que precedieron el desembarco estadounidense y británico en Irak en marzo del 2003 dejaron a las claras el apetito imperial de los neoconsevadores. Se recuperaron viejas doctrinas como el unilateralismo y la guerra preventiva, se globalizó la infamia con los secuestros, la tortura y las cárceles secretas de la CIA, y se dio la espalda a Naciones Unidas y la justicia civil.

Todo ello mientras en casa se otorgaba a la policía poderes omnímodos para detener, vigilar y escuchar las comunicaciones de cualquiera que pudiese parecer sospechoso. «A algunos políticos les beneficia que haya un clima de miedo y hay mucho dinero que ganar con la seguridad, pero también existen poderosas razones para tener miedo», reflexiona el profesor Mark Rom refiriéndose a la llamada ley patriota, que Obama renovó en mayo en el Congreso.

También se cambió la manera de hacer la guerra. Casi todas las funciones que antes asumía el Ejército se dejaron en manos de un grupo relativamente reducido de grandes empresas privadas de lo que Eisenhower llamó «el complejo militar-industrial». Todavía hoy estas compañías subcontratadas por Defensa, en muchos casos a dedo, interrogan a prisioneros, reconstruyen hospitales, cocinan para los soldados, suministran calcetines y municiones o protegen a los diplomáticos. De todas ellas, la más beneficiada ha sido Kellog Brown & Root, subsidiaria de Halliburton hasta el 2007, de la que Chenney fue consejero delegado hasta que asumió la vicepresidencia.

Corrupción y despilfarro

La externalización de las funciones del Ejército no empezó con Bush, pero sí se disparó hasta niveles desconocidos. Tanto que por momentos ha habido más contratistas en Irak y Afganistán que militares. Muchos de ellos mercenarios con licencia para matar: unos 40.000 en junio del año pasado. La supervisión del Pentágono es tan escasa que 60.000 millones de dólares han volado fruto de la corrupción y el despilfarro, según un informe del Congreso de esta semana.

A las cinco de la tarde suena el himno nacional en la base de Dover. Paseantes y coches se paran en señal de respeto. Aunque haya quedado atrás aquel clima de patriotismo extremo que hizo que muchos se lo pensaran dos veces antes de disentir en la larga resaca del 11-S, los militares siguen gozando de una admiración extraordinaria. Quizá porque el resto del país ya no tiene que enviar a sus hijos a la guerra desde que Nixon acabara con la conscripción obligatoria en 1973. Les aplauden en los aeropuertos, les invitan a comer en los bares de carretera o les saludan con reverencia.

La salida de las tropas

Obama se ha comprometido a sacar a las tropas de Irak a final de año y de Afganistán en el 2014, pero la guerra no se acabará. Simplemente está mutando de forma. Se combate menos con tropas convencionales, pero aumentan las operaciones con aviones no tripulados, fuerzas especiales y la participación de la CIA. Washington cree que está funcionando, como demuestra la eliminación de Bin Laden en Pakistán a cargo de un comando Seal y, el más reciente, del nuevo número dos de Al Qaeda, Attiya Abd al Rahman, abatido desde un drone (vehículo aéreo no tripulado) también en el país asiático. Pero el solo hecho de que ninguno de los dos fuera capturado y entregado a la justicia despierta agunos interrogantes.

Si la guerra ya se estaba difuminando por el distanciamiento de los medios y la ciudadanía, últimamente lo está haciendo todavía más por su propia naturaleza. No solo hay frentes más o menos encubiertos en Yemen, Pakistán, Somalia o Libia. Las fuerzas especiales actúan en 75 países, según datos oficiales, y se espera que a finales de año lo hagan en 120, el doble que en tiempos de Bush. También se han triplicado los asesinatos extrajudiciales con drones Predator. «Básicamente hay una lista de objetivos. El Predator es el arma elegida, pero puede ser también que alguien te dispare en la cabeza», dijo hace poco a la revista Newsweek John Rizzo, consejero de la CIA, la agencia de inteligencia que ejecuta las órdenes del presidente.

Una renovada deriva

Para Nora Bensahel, está tendencia responde a la propia naturaleza descentralizada de Al Qaeda y otras organizaciones hostiles, a medida que se reduce la presencia en Irak y Afganistán. «El terrorismo requiere un apoyo extenso en la inteligencia. No puedes entrar en un área poblada y limpiarla con fuerzas militares». Pero otros ven en el nuevo rostro del intervencionismo estadounidense una renovada deriva, «donde la soberanía es irrelevante, los Ejércitos, tangenciales, y las decisiones, secretas», según Conn Hallinan, analista del Foreign Policy in Focus.

En casa de Steve Ruark no hay fotos colgadas de las repatriaciones de los soldados en Dover. Ya tiene suficiente con tomarlas. En ocasiones las publican los grandes diarios, pero en la mayoría de casos acaban saliendo en los periódicos locales que rinden tributo con elogiosos perfiles al soldado caído de la ciudad o el condado, el contacto más directo para muchos con la realidad de la guerra. «A veces oigo a la familia llorar al otro lado de la furgoneta y entonces me doy cuenta de que este trabajo no es una rutina. Dentro de la caja hay un padre, un hermano o un hijo y aunque la gente allá afuera no lo sepa, de vez en cuando hay que recordárselo», asegura.

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En estos 10 años de pretendido choque de civilizaciones, terrorismo globalizado y planes para remodelar Oriente Próximo, primero a espada y después con la bandera de la democracia, han muerto más estadounidenses combatiendo fuera de las fronteras que en los atentados del 11-S. Por no hablar de Irak, un país que ha quedado hecho jirones, y Afganistán, donde el apetito insaciable de los imperios ha hecho del negocio de la muerte un modus vivendi.

Como tantos otros estadounidenses, Ruark todavía no tiene claro hoy si la reacción al 11-S fue correcta o desmedida. «Tanto si apoyas la guerra como si estás en contra, hay que darle al público toda la información para que pueda decidir, y parte de esa información es la imagen de los soldados regresando a casa en una caja», afirma.