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Análisis

Se acabó la magia, que siga el coraje

Marta López

Hace justo dos años, otro martes de noviembre, Estados Unidos regalaba al mundo una noche de ensueño y convertía a Barack Obama en la esperanza de millones de personas que apenas empezaban a conocer los estragos de la crisis económica más profunda desde la gran depresión. Nunca las expectativas puestas en un presidente estadounidense habían sido tan altas, pero tampoco posiblemente nunca antes nadie había recibido un legado tan envenenado. Y como consecuencia, si altas eran las expectativas, proporcionalmente alta podía ser la decepción.

La crisis que devora a todos los gobernantes que en distintas partes del mundo se someten al veredicto de las urnas ha arrastrado también a la esperanza Obama. En la economía que no remonta hay que buscar la primera causa de la derrota de los demócratas en el Congreso. Los estadounidenses que han ido a votar con los bolsillos vacíos no quieren ya más palabras bonitas y promesas en el horizonte. Quieren más empleo, hipotecas seguras o, al menos, empezar a ver luz al final del túnel. Y lo quieren ya. Para ellos, ese era el cambio que prometió el presidente. Y el cambio no llega.

Los proyectos estrella

Pero el cambio sí llega. En la primera mitad de su mandato, Obama ha materializado dos de sus proyectos estrella: la reforma del sistema financiero y la reforma sanitaria. La primera supone la mayor regulación de los mercados desde los años 30; la segunda se ha quedado corta respecto al objetivo inicial, pero con la oposición incluso de un sector de su propio partido, era la única posible. Ningún presidente antes había tenido éxito en tamaña empresa ni nadie antes tampoco había osado meter mano en el todopoderoso Wall Street.

Ambas reformas le han enfrentado a poderosos sectores y a la incomprensión de muchos estadounidenses, que ven en ellas demasiado estado, demasiado control. Pero ha apostado fuerte, contra viento y marea, convencido de que es lo que necesita el país.

Ahora el guión cambia. Deberá buscar más pactos y el horizonte de la reelección ya no asoma tan lejano. Desde aquí se le pide que, rota la magia, conserve determinación y coraje.

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