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LOS PUNTOS NEGROS

La infame sombra de Karl Lagerfeld

Icono de la moda contemporánea, el diseñador alemán también fue un personaje misógino, gordofóbico, elitista, excéntrico y obseso de una delgadez extrema que convirtió en tendencia

Carles Planas Bou

Lagerfeld, en una imagen del 2006.

Lagerfeld, en una imagen del 2006. / AFP

Para muchos, Karl Lagerfeld fue un genio. Sin embargo, lejos de las pasarelas y de los estudios fotográficos, el ‘Kaiser’ de la moda, como se le conocía, fue un hombre cuyo carácter agrio y lengua viperina le llevaron a estar constantemente rodeado por la polémica. Millonario excéntrico, misógino, gordofóbico y elitista hasta la médula, su ideología mancha una obra artística que queda para los expertos.

Como director artístico de Chanel se le podría acusar de fomentar a través de sus modelos una nutrición poco saludable como camino de penitencia hacia un canon de belleza de delgadez extrema. Muchas firmas caerían por esa misma práctica que, apoyada en los medios de comunicación, bombardea dañinos estereotipos que generan inseguridad a millones de niñas y mujeres sobre lo que se supone que debe ser el atractivo.

Pero aquí Lagerfeld también fue un paso más allá. “Está demasiado gorda”, llegó a decir sobre la cantante Adele. “No me gusta su cara, debería enseñar solo su espalda”, dijo de Pippa Middleton, hermana de Catalina, la duquesa de Cambridge. Obsesionado por una delgadez que consideraba modélica, llegó a perder 40 kilos para poder enfundarse en los trajes de Hedi Slimane, una manía de la que culpó a los demás: “El agujero en la Seguridad Social también es debido a todas las enfermedades que cogen las personas que están demasiado gordas”.

Harto del '#Metoo’

Referente en un mundo de fantasía -el de la moda- truncado por los crecientes casos de abusos sexuales, Lagerfeld optó por defender a los pilares de su industria acusados y señalar a las víctimas. “¡Si no quieres que te bajen los pantalones, no seas modelo! Métete en un convento de monjas, siempre habrá allí un lugar para ti”, señaló. Con ello quería defender al “pobre” Karl Templer, director creativo de la revista ‘Interview’, acusado hasta por tres mujeres de “tirar de sus pechos y tocar sus entrepiernas”.

A pesar de trabajar rodeado de mujeres, el modisto no pareció profesarles mucho respeto. Al menos a las que cuestionaron su entorno. Así, no dudó en reiterar que estaba “harto” del movimiento feminista #MeToo. Incluso hablando de su profesión, a veces sus ideas se colaban en su retórica: “El respeto no es creativo. Chanel es una institución y tienes que tratar a una institución como a una puta, así luego obtienes algo de ella”.

Gatos sí, musulmanes no

En sus últimos años de vida, este declarado enemigo de la “aburrida” corrección política convertido en un icono de la cultura pop se desmelenó -nunca literalmente- y disparó a todo lo que le parecía incorrecto. Así, y más allá de la particular obsesión por la imagen y el peso, Lagerfeld también criticó la política migratoria de la canciller alemana Angela Merkel con un marcado tono islamófobo. “Aunque haya décadas entre una cosa y otra, uno no puede matar a millones de judíos para poder poner en su lugar a millones de sus peores enemigos”, aseguró en un programa de televisión francés.

Con una fortuna, que ascendía a los 125 millones de dólares, el diseñador que vio en los pantalones de chándal una “señal de debilidad” no quiso que eso afectase a su única heredera. Choupette, su gata persa de color blanco, ha vivido rodeada de lujos, con dos sirvientas a su servicio y una asesora de imagen que gestiona una popular cuenta de Instagram con hasta 130.000 seguidores. Convertida en modelo, la mascota de Lagerfeld ingresa anualmente más de tres millones de euros, 300 veces el salario mínimo interprofesional que cobran aquellos que no pueden permitirse la ropa diseñada por el llamado ‘Kaiser’ de la moda.