Debate

Picasso, frente a su #MeToo

El Museo Picasso de Barcelona, la UAB y la Université de Picardie Jules Verne celebraron ayer un seminario para debatir hasta qué punto la relación de Pablo Picasso con las mujeres debe pesar en la valoración de su figura y de su obra

Françoise Gilot y Pablo Picasso, en 1948.

Françoise Gilot y Pablo Picasso, en 1948. / Afp

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Ernest Alós
Ernest Alós

Jefe de sección de Participación

Especialista en Cuando puedo, escribo sobre historia, literatura fantástica y de ciencia ficción, ornitología, lenguas, fotografía o Barcelona.

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Que las relaciones de Pablo Picasso con las mujeres con las que compartió su vida –Fernande Olivier, Eva Gouel, Olga Khokhlova, Marie-Thérèse Walter, Dora Maar, Françoise Gilot y Jacqueline Roque– fueron, cuando menos, de dominación, si no directamente de violencia machista, hace tiempo que quedó claro en las obras de sus biógrafos (o los de la maltratada Dora Maar o las suicidas Marie-Thérèse y Jacqueline) y en testimonios como los de Françoise Gilot (Vida con Picasso, 1964) o su nieta Marina Picasso (Picasso, mi abuelo, 1991). Pero en el nuevo contexto de revisión de las prácticas de abuso en el mundo del arte propiciado por el #MeToo, y de reconsideración de la historia (también de la del arte) atendiendo a criterios de género, en la figura de Picasso lo que un día fascinó como hipermasculinidad se hoy convierte en un problema.

Lo hicieron ver, por ejemplo, el grupo de estudiantes que hace un año practicaron una protesta silenciosa en el Museu Picasso de Barcelona por el silencio de la institución sobre este aspecto de la vida del pintor. También en 2021 al Museo Picasso de París le estalló en la cara el éxito (con más de 250.000 descargas en pocos meses) del contundente episodio Picasso, separer l’home de l’artiste del podcast sobre arte y género de Julie Beauzac Venus s’epilait-elle la chatte? (traducible como ¿Venus se depilaba el felpudo?).

 

Debate en los museos

Los museos Picasso están en pleno proceso de reflexión sobre qué hacer con el Minotauro que flota en la habitación –expresión más benevolente que se alterna con la de «monstruo» o «caníbal» para definir la actitud de Picasso ante lo femenino en materiales de combate como el podcast de Beauzac. Y ayer se celebró, en el marco del programa de doctorado sobre Picasso de la UAB, un seminario virtual patrocinado por la Fundació Banc Sabadell con la participación de, entre otros expertos, los directores de los museos picassianos de Barcelona, París y Málaga. Quedó a la vista que no está nada claro cómo abordar el problema (y se intuyó que a las jóvenes generaciones les cuesta más relativizar ese aspecto monstruoso del genio).

Pablo Picasso.

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El director del Museo Picasso de Barcelona, Emmanuel Guigon, entidad coorganizadora del encuentro, consideró «magnífico» que se haya abierto el debate pero defendió relativizar la polémica situando a Picasso en su contexto. «Macho, sí que lo era. ¿Misógino? Creo que no. Era un andaluz del siglo XIX». Términos que comparte Cécile Debray, directora del Museo Picasso de París. También alertó sobre los «anacronismos» de valorar una actitud del pasado a partir de criterios del presente Nancy Berthier, hispanista especialista en la relación entre historia e imagen y directora de la Casa de Velázquez, que planteó la necesidad de primar la «comprensión global» de la realidad biográfica y artística de Picasso en su complejidad frente a la «empatía o antipatía». «Condenar las figuras del pasado es estéril, roba energía de manera inútil: estas herramientas se han de utilizar para tener una aproximación constructiva», añadió. Como, por ejemplo, para rescartar a «todos los olvidados del entorno de Picasso» ante su avasalladora personalidad. 

Cécile Debray asume que los museos monográficos sobre Picasso deben «posicionarse» en sus espacios expositivos, catálogos... y tener en cuenta «que el contexto de la toma de conciencia de la condición femenina lleva a un método de ver la historia de una manera diferente». Pero sostiene que su función es hacer entender el contexto histórico y atender a la «complejidad» y los "matices" frente a «la actitud casi agresiva de #MeToo», algo que, reconoce, les cuesta más asumir a los elementos más jóvenes de su equipo. Por ejemplo, mantener una distancia crítica hacia los testimonios de las excompañeras de Picasso o respetar «la dignidad tanto del artista como de sus compañeras». Un ejemplo sobre los peligros de una «lectura hiperbiográfica»: asimilar los periodos artísticos de Picasso a su compañera de cada momento o la reciente tendencia a interpretar los retratos de Dora Maar llorando únicamente como reflejo de los malos tratos sufridos, ignorando la «cronología fina» y «lo que dijo sobre las obras» la propia artista y modelo. Su ruptura fue en 1943 y en los cuadros, realizados 1938, con la guerra civil española aproximándose a su fin, Dora Maar no es «víctima» sino «figura simbólica del dolor por la guerra civil en España», como tantas otras imágenes de ese periodo que se remiten a la iconografía de la Mater Dolorosa. 

Dora Maar, vista por Picasso, "desde una perspectiva torturada" y cruel, en palabras de Siri Husvedt, en el segundo caso.

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Ejercicio «higiénico»

Pero no solo los jóvenes colaboradores de Debray van más allá de la postura de su directora. José Lebrero, director artístico del Museo Picasso de Málaga, tiene un planteamiento menos complaciente sobre la lectura que se debe hacer hoy en día de la figura del maestro y hasta qué punto «el comportamiento moral y la expresión artística» han de ser consideradas de forma separada o no. Lebrero hace una autocrítica de cómo los museos monográficos se han dedicado a promover «discursos afirmativos» del artista «convertido en mito», a reforzar la idea «estereotipada y patriarcal del artista genial». Otro peligro «en el caso del Museu Picasso de Barcelona, es ser visto como el lugar donde contemplar ‘la formación del genio», añade la conservadora del centro barcelonés, Elena Llorens.

En este momento histórico, alega Lebrero, igual que la aceptación y valoración de algunas expresiones artísticas (incluso del propio Picasso, como la cerámicas en su día negligidas y hoy reivindicadas) ha cambiado dependiendo de los valores y criterios de cada periodo, «el trato probablemente reprochable que tuvo con las mujeres» y las «conductas vejatorias» resultan injustificables hoy en día. Y los museos no pueden dejar de «solidarizarse con las demandas de un conjunto que representa el 50% de la población, y por cierto la mayoría de sus usuarios». Es más, sin subir en ningún momento el tono, de sus palabras se desprenden que es inevitable que la imagen de un Picasso maltratador influya en cómo se acerque el espectador a su obra: «Igual que el #MeToo ha afectado a cómo interpretamos las relaciones sentimentales, también afecta a nuestra relación sentimental con las obras de arte».

Que en las salas de exposición el visitante se encuentre con «lecturas contracorrientes» es algo que, según Elena Llorens, es un «ejercicio necesario e higiénico para abordar a Picasso en el siglo XXI». Como también, teniendo en cuenta el origen de la colección barcelonesa, incorporar otros «significados» como «la generosidad y la amistad».   

El 'Hola' picassiano

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En el componente francés del simposio pareció imponerse más el relativismo que la militancia feminista. Androula Michael, profesora de la Université de Picardie Jules Verne, consideró las críticas feministas y un episodio como el del podcast como «un brote militante que pasará».

También Rosario Peiró, conservadora del Museo Reina Sofía, considera necesario evitar las lecturas excesivamente biografistas de la obra de Picasso, «que se han utilizado de forma poco conveniente para su obra, que se ha salvado por su propio peso». Yoptaría por «obviar todo lo que tenga que ver con la vida personal de Picasso para que la cosa pare, porque ha llegado un momento en que la gente viene a las exposiciones de Picasso como quien lee el 'Hola' en la peluquería esperando la parte un poco mórbida de la relación de Picasso con las mujeres».