19 sep 2020

Ir a contenido
Montserrat Castells: "Los Eisenhower me trataron como a una hija"

Marc Vila

Montserrat Castells: "Los Eisenhower me trataron como a una hija"

Núria Navarro

Dwight D. Eisenhower, el general que dirigió las fuerzas aliadas en el desembarco en Normandía, visitó España en 1959. Era una leyenda de la segunda guerra mundial. Todo el mundo hablaba de él. Y en la Manresa de posguerra, una niña de 12 años, Montserrat Castells, pensó: "¿Por qué no le escribo una carta?". Puso en un sobre el mensaje –"Me llamo Montserrat, gracias por todo lo que has hecho y feliz cumpleaños", así, en castellano– y lo envió a la Casa Blanca. Lo que sigue es un cuento de hadas.

  

No dirá que tuvo respuesta. Al cabo de unos dos meses, el cartero entregó a mi padre un sobre blanco con cinco estrellas. En el remitente ponía: 'Dwight D. Eisenhower. The White House. Washington'.

¿De puño y letra? Sí. "Thank you for your best wishes for my birthday". Cada año le enviaba una carta, y me las respondía.

Ahí no acaba la cosa, ¿a que no? No. El profesor de inglés nos propuso cartearnos con jóvenes de EEUU. Elegí a una chica llamada Tony. Su padre, catedrático de la Universidad de Gettysburg, Pensilvania, viajó a Madrid con la familia para hacer el doctorado sobre el Quijote. Me vinieron a visitar y propusieron a mis padres que me dejaran ir con ellos para aprender inglés.

¿Se lo permitieron? ¿En 1960? ¡Aún no sé por qué! Me dejaron en la Estació de França, con una guitarra y una maleta, para ir hasta Cannes. De allí partía el 'Constitution', un buque parecido al 'Titánic'. Al llegar a Nueva York, la familia me trasladó a Gettysburg. Vivían en la McMillan House, una casa situada en el terreno donde en 1863 se libró el batalla decisiva entre el Norte y el Sur.

¿No le sobrepasó tanto cambio? Los primeros tres meses casi lloré lágrimas de sangre. No sabía inglés. Pero mi padre, un hombre estricto, me había dicho: "Tú marcha, pero no llores porque no volverás".

Se adaptó. ¡Más que eso! Eisenhower tenía una segunda residencia en Gettysburg, conectada por un caminito con la de su hijo John, su mujer, Barbara, y sus cuatro nietos: David, Anne, Mary Jean y Susan. Un día, al ser la única estudiante extranjera, me invitaron a dar una charla en la universidad. Y allí estaba el presidente. Me presenté: "Hola, soy aquella niña que le escribía por su cumpleaños".

¿Cómo reaccionó? Estuvo muy amable. Y al cabo de poco tiempo, a punto de expirar mi visado, recibí una carta que me ofrecía vivir con John, Barbara y los niños. John pidió permiso a mis padres, asegurándoles que yo sería como una hija más, no una 'babysitter'.

¿Lo cumplieron? ¡Les llamaba "papá" y "mamá"! Dormía en una habitación propia y, como tenía 16 años, me pagaron el carnet de conducir. Todo era nuevo para mí. En Manresa lavábamos a mano, la cocina se cargaba con aserrín, no teníamos televisión y solo tomábamos helados en fiesta mayor. ¡Aún tengo el gusto de la primera hamburguesa! Había 'milkshakes', comida congelada (el 'TV-dinner') que ponían en el horno y en un minuto estaba lista. Y me llevaron a California, a Palm Springs, donde conocí a Walt Disney, a Mr. Goldwing de la Metro y a la pionera de la aviación Jaqueline Cochran, que me invitó a pasear con ella por el mundo.

  

Ike Eisenhower era muy áspero, ¿no? ¡Qué va! Era muy entrañable. En las cenas hablábamos de todo. No imponía su voluntad, sino que consensuaba todo con los niños.

¿La invitó al Despacho Oval? ¡Ya lo creo! Y presencié las primeras elecciones de mi vida: Nixon- Kennedy. Nixon no ganó, pero su hija Julie y David Eisenhower se enamoraron y me invitaron a la boda en el Waldorf Astoria. Hasta salí en el '¡Hola!'. "Se trata de una señorita enormemente sencilla, muy inteligente y con una humanidad que desborda fronteras", pusieron en el artículo. 

Estuvo allí hasta 1963. ¿Duro volver? Mucho. Me acostumbré a no consultar nada, a tener ideas propias. Volví a Manresa con una personalidad marcada, pero tenía 18 años y en España era menor de edad. No me dejaban ni ir en coche con mi novio. Tuve que defender mi libertad.

¿Se resignó? No. Tenía el gusanillo de la aventura. Me fui a trabajar a Radio Liberty, en Pals, y de allí, a los almacenes Sears, siempre con americanos. Y cuando me casé, como lo mío no era estar en casa, a los pocos meses de casada, empecé a dar clases y acabé abriendo una escuela de inglés. Sigue abierta 49 años después.

Una lanzada, usted. Siempre he sido así. Una vez fuimos a Londres, yo quería la harina para pasteles de Betty Crocker y en Harrods no había. Le escribí una carta a Dodi Al-Fayed, me la envió y pidió disculpas por no tener el producto en sus almacenes.