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Jacqueline Hurtley: "Mis alumnos me han abierto muchos horizontes"

Se cumplen casi 50 años desde que aterrizó en Barcelona y aplicó su talento dialogante en sus clases de la universidad.

Gemma Tramullas

Jacqueline Hurtley: "Mis alumnos me han abierto muchos horizontes"

ALBERT BERTRAN

Esta es la historia de una joven de tez pálida y ojos azules que en 1971 aterrizó en Catalunya procedente de Inglaterra. Jacqueline Hurtley (Oldham, 1946) huyó de los rigores climáticos y humanos del norte y empezó a dar clases de inglés en Barcelona, donde su estilo dialogante contrastaba con la rigidez académica de la época. Casi 50 años después, sale a la luz el legado silencioso de la hoy catedrática emérita del departamento de Filología Inglesa de la Universitat de Barcelona.

–¿Cómo era el paisaje de su infancia? Nací en Oldham, una ciudad del norte de Inglaterra que prosperó a partir de la industria del algodón. Mi infancia era un paisaje de fábricas; yo nunca tuve una casa inglesa con jardín.

–Pero sí una educación de nivel. Mi padre devoraba libros de la biblioteca pública, pero no tuvo una educación formal demasiado ilustrada. Lo más importante para él era la educación de su única hija y, si llegaba a ganar el premio Nobel, mejor [ríe].

–Intuyo que lo vivió como una presión. Sí. Fui a una escuela privada hasta los 11 años y la secundaria la hice en internados, primero en Inglaterra y después en París. Comprendo a mi padre, pero creo que hay que escuchar y dialogar más con los hijos. 

–Se licenció en Hispánicas en Inglaterra y en Filología Inglesa en Catalunya. Curioso... Estudié Hispánicas, en italiano, en Southampton y en esa época conocí a un español que acabaría siendo mi marido. Cuando me licencié, en 1971, vine a a Barcelona y empecé a dar clases de inglés en la Escola d’Idiomes Moderns. Me sentía frustrada porque sabía más de literatura española e italiana que de la inglesa y por eso me puse a estudiar Filología Inglesa.

–¿Cómo recuerda aquella Barcelona? Pese a la situación política y la pobreza, descubrí un país generoso y noble. Bajo la luz espléndida del Mediterráneo recorría las calles del Raval y del Born, con sus gentes y sus tiendas, y descubría un mundo fascinante. Aquello era la vida auténtica para mí; ahora está todo más desvirtuado.

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–¿Dónde vivía? En el barrio de Sant Antoni. Los domingos por la mañana iba al mercado de libros y me llamaron la atención unos libros de la posguerra con unas sobrecubiertas muy llamativas. Eran del editor José Janés, que  fue mi puerta de entrada a la cultura y la literatura catalana.

–Le dedicó su tesis doctoral. Siempre me han atraído las personalidades ambiguas. Janés empezó a publicar en castellano tras la guerra. Intentaba hacer una línea catalana en un momento en que forzosamente tenía que usar el castellano. Eso le convirtió en un traidor para los que tuvieron que exiliarse o bien optaron por el silencio al no poder escribir en catalán.  

–¿Qué aportó usted a la universidad? Espero haber contribuido al diálogo, frente al monólogo de la clase magistral de la época. También abrimos los estudios literarios a nuevos enfoques, como el feminismo y el psicoanálisis. Los años 70 fueron muy ricos. No había exclusivamente una verdad y entonces la literatura dejó de tener un significado fijo y se convirtió en un espacio abierto para negociar el sentido. 

–Esa necesidad de negociación la acompaña desde la infancia. Crear diálogo y escuchar es muy importante para mí. También he aprendido mucho de mi alumnos. Tengo el orgullo de decir que los alumnos me han enseñado mucho y me han colocado en mi lugar.

–¿En qué sentido? Cuando yo explicaba algo muy convencida, ellos me llamaban la atención: "¿Y si lo miras por este otro lado?". Mis alumnos me han abierto muchos horizontes y espero que yo haya abierto alguno también. 

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