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Gente corriente

Sandra Bestraten: «Es maravilloso no tener dinero para un proyecto»

De las escuelas rurales en Bolivia hasta Ca la Dona, esta arquitecta trabaja con la energía de la tierra y de las mujeres

Gemma Tramullas

Sandra Bestraten: «Es maravilloso no tener dinero para un proyecto»

Anna Mas Talens

Trece años y mil vicisitudes después, el edificio de Ca la Dona en Barcelona está acabado y sus paredes vuelven a hablar de la alegría y el dolor de la vida de las mujeres. La arquitecta Sandra Bestraten (Barcelona, 1976) ha vivido la rehabilitación del edificio medieval de la calle Ripoll, que alberga a una veintena de grupos de mujeres, como un proceso de aprendizaje colectivo profundamente transformador. Para ella, ha sido como un proyecto de cooperación hecho en casa.

–Mi primer proyecto de cooperación fue un taller de rehabiTrece años y mil vicisitudes después, el edifilitación de casbas en Marruecos. Allí descubrí edificios hechos con tierra. ¡Nadie me había enseñado ese material!

–¿Le enseñó más la calle que la academia? Aprendí mucho en la facultad, pero yo elegí la arquitectura para ayudar a las personas a tener un espacio agradable donde desarrollar su actividad y sentía que se hablaba mucho del diseño y muy poco de las personas.

–Por esa misma razón instaló su despacho en Bellvitge y no en un barrio de moda. Con mi marido, el arquitecto Emili Hormias, descubrimos que allí podíamos tener un espacio con vistas al parque, en lugar de un cuchitril, y contribuiríamos a la vida de un barrio que la gente se siente muy suyo.

–Todo gira alrededor de las personas. Hemos pasado muchos veranos en una zona rural de Bolivia, construyendo escuelas y una universidad con tierra y madera, ensuciándonos de barro con los más humildes. Sin dinero ni tiempo, la creatividad se dispara y en cada escuela hemos trabajado con 300 familias voluntarias. Todas las escuelas llevan nombres de mujeres anónimas, porque ellas sostienen el mundo.

–Ca la Dona ha sido un parto difícil. La casa de las mujeres es parte de la lucha femenina y no podía ser fácil, como no lo es nada en el día a día de de las mujeres.

–¿Cómo le llegó el proyecto? Las mujeres de Ca la Dona fueron a la Universitat Politècnica (UPC) a buscar una arquitecta que les ayudara a pensar el proyecto. Querían que el edificio fuera un ejemplo del compromiso de la mujer con el medioambiente y la sostenibilidad y que no pareciera un equipamiento, sino un hogar. Hicimos más de 100 reuniones para escucharlas y ajustarnos a sus necesidades.

–Tenía un edificio medieval de tierra casi en ruinas y el dinero llegaba con cuentagotas. ¿Pensó que rehabilitarlo era imposible? Al contrario, eso me estimuló. Ha sido una carrera de obstáculos y a veces daban ganas de tirar la toalla, pero un grupo de mujeres mantuvo siempre viva la llama. La fuerza de las mujeres de Ca la Dona es la misma que la de las que venían a construir en los proyectos de cooperación.

–La participación ha sido la clave. Hemos hecho cadenas de mujeres para trasladar mosaicos y pintar paredes; hemos trabajado, reído y sudado juntas. Ha sido un trabajo mutuo de confianza y siento que mi papel ha sido acompañar.  

–Un estilo alejado del arquitecto-estrella. En mis clases de Vivienda y Cooperación en la UPC siempre les digo a mis alumnos que es maravilloso no tener dinero para un proyecto porque entonces aparecen el ingenio y la creatividad. El reto está en implicar a las personas que harán uso de los edificios y aprovechar su creatividad.

–La última fase del edificio de Ca la Dona coincidió con su etapa más dolorosa. Presentamos el proyecto ejecutivo el 7 de enero del 2009, cuando mi hija pequeña, Laia, tenía dos semanas. Durante las reuniones en la obra, una persona la paseaba por el barrio y yo me escapaba a darle el pecho. Años después también vino a pintar. Laia falleció el pasado 14 de agosto de un tumor cerebral pero siento que su energía está en estas paredes.