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GENTE CORRIENTE

Cristina Bonhomme: «Parió en la patera sin que nadie se percatara»

Hace unas semanas esta enfermera voló a Malta para zarpar en el barco de una pequeña oenegé al rescate de migrantes

Carme Escales

Cristina Bonhomme: «Parió en la patera sin que nadie se percatara»

RICARD CUGAT

Gélida madrugada de finales de noviembre en alta mar. La lancha de salvamento marítimo se aproxima para que los ocupantes de la patera puedan subir al barco. Las mujeres, primero. Una de ellas se levanta con algo en las manos, y lo entrega al bombero voluntario que la ayuda a pasar de la lancha a la cubierta del barco. Es un recién nacido envuelto aún en su placenta. Está aletargado, inactivo, inmóvil. Pero respira. Cristina Bonhomme (Barcelona, 1963) lo limpia, y una vez la madre es liberada de toda su ropa empapada y cubierta con mantas térmicas, le coloca a la criatura sobre el pecho.

–¿Nació en la patera, en alta mar? Y sin que nadie se diera cuenta. La madre llevaba un chándal y cuando le llegó el momento, lo expulsó con la placenta. Ese bebé había nacido hacía apenas una hora. La madre estaba superdelgada. Tenía la mirada triste, perdida. Era de Gambia, su marido la había abandonado. Al llegar a Libia, muchas migrantes son violadas. Ella no quería que nadie supiera que había parido.

–Usted además es comadrona. Llegó a buenas manos ese bebé. ¿Se recuperaron? Sí. La madre, por cuestión religiosa, no quería darle el pecho aún. Teníamos leche de fórmula, pero era mejor la suya para las defensas del bebé, y porque luego a saber si tendría más leche en polvo. Le estimulé el pecho y extraje leche que di al niño con una jeringuilla. Luego le hice una prueba de azúcar al bebé y salió bien. Pero el olor de la placenta nos había dejado la sospecha de una infección en la madre. Y efectivamente, ya en el barco de Sea Watch al que hicimos el traslado de todos ellos, la infección apareció y fue evacuada a un hospital de Sicilia.

–¿Qué más supieron de madre e hijo? Poco más. Nos llamaron para preguntar el nombre de quién había cogido al bebé para subirlo al barco durante el rescate. La madre quiso que llevara el nombre de esa primera persona que lo tomó en sus brazos. Había sido Claudio Romero, un bombero voluntario de Gran Canaria.

–¿Qué impactos emocionales destaca de esos 15 días de misión como voluntaria? El momento de despedirlos. Una vez te aseguras que están bien su salud, que están secos, protegidos con mantas e hidratados con bebida y habiéndoles servido biodraminas y cuscús, les das la mano uno a uno, cuando llega un barco más grande que los acabará de aproximar a Europa. Entonces sentía pena, un regusto amargo. Los has sacado del agua, sí, los has salvado pero me preguntaba cada vez: ¿Y ahora qué les espera? Imaginaba el Holocausto y campos de concentración como el de Argelès... Más de ese mismo dolor. La mayoría iban descalzos. Muchos tenían marcas de latigazos. 

–¿Cómo se digiere tanta impotencia? En el barco de nuestra oenegé, la más pequeña que estaba allí, teníamos un lema: personas son las que ayudan a las personas. En 15 días rescatamos a 270. No los llamábamos ni refugiados, ni inmigrantes, sino invitados o huéspedes.

¿A usted quién la invitó a la misión? En mis 14 años de comadrona, siempre quise dedicar un tiempo altruista a una causa. Y mi pareja, Pere Palacio, formado en Salvamento Marítimo, contactó con una oenegé de Sevilla de bomberos voluntarios, Proemaid (www.proemaid.org) y otra del país vasco, Salvamento Marítimo Humanitario (www.smh.eus). Localizaron un barco de la oenegé alemana Life Line y montaron la misión. Quince días para mí eran asumibles, y me apunté. Ahora buscamos otro barco para un próximo viaje.

–Que el 2018 acabe con todos en casa... Lo escribía usted estos días en Facebook. Ese es el deseo. Siento dos mundos paralelos. Lo que he visto en el Mediterráneo y la gente en su casa como anestesiada. Hemos visto demasiadas escenas de guerra en la tele, nos hemos inmunizado al dolor.

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