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GENTE CORRIENTE

Miguel Á. Álvarez: «Cuando estás creando no te acuerdas de los problemas»

Es dramaturgo y convierte a enfermos y dependientes en cineastas para evadirles de su situación

Juan Fernández

Miguel Á. Álvarez: «Cuando estás creando no te acuerdas de los problemas»

JOSÉ LUIS ROCA

¿Problemas? Problemas no son los que cuentan los informativos con tono apocalíptico estos días de vértigo. Problemas son los que arrastran quienes trata a diario Miguel Ángel Álvarez (Madrid, 1963): niños con cáncer, ancianos dependientes, discapacitados funcionales, enfermos de esclerosis... Lejos de la furia y citas históricas, los que se dedican a la asistencia social trabajan de forma callada y sin más ilusión que ahuyentar pesares por un rato. Los voluntarios que Álvarez coordina en la fundación Talento-MCR usan la imaginación como espantapenas.

–En el mundo asistencial operan muchas entidades. ¿En qué se distingue lo que hacen ustedes? En que no invitamos a quienes atendemos a hacer talleres de papiroflexia ni les leemos cuentos, sino que los convertimos en directores de escena y guionistas de cine. Son ellos los que crean los universos en los que se desarrolla la acción, por eso funciona tan bien. Empezamos hace dos años en un hospital de Madrid y desde entonces no han parado de llamarnos de residencias, casas de acogida y centros asistenciales.

–¿Dependientes convertidos en directores de escena? ¿Y eso cómo se hace? Le describo una jornada normal: llegamos a una residencia, reunimos a los abuelitos en torno a una mesa, les repartimos un puñado de fotos antiguas y nos ponemos a hablar de sus infancias, sus veraneos, sus primeros amores… Ahí ya se disparan. A continuación, ellos mismos hacen máscaras inspiradas en personajes de sus recuerdos y empiezan a interactuar con ellas. No imagina las cosas que se les ocurren. Con los chicos con síndrome de Down funciona muy bien el teatro de improvisación.

–Cuénteme. Unos hacen de actores y saltan al escenario y otros son los creadores de la trama. De pronto, alguien dice: "¡Tú vas a ser una morcilla voladora!". Y el actor se transforma en ese personaje. Otro, grita: "¡Que jueguen al fútbol!". Y alguien se convierte en una pelota. "¡Entramos en un bosque cósmico!", pide otro. Y los intérpretes hacen realidad la petición. Son ellos los que mandan. Todo resulta caótico y surrealista, pero muy divertido. Lo de las películas es otra película.

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–¿Películas? Ese proyecto lo pusimos en práctica con niños de Aldeas Infantiles. ¡Los convertimos en realizadores de cine! Ellos mismos escribían el argumento, dibujaban el storyboard, diseñaban los personajes y les daban vida moldeando muñecos de plastilina. Luego montamos la acción, foto a foto, como si se tratara de una película de animación. Si viera cómo flipaban sintiéndose cineastas…

–Al final, ¿de qué se trata? De que se evadan durante un rato. Nunca les hablamos de la enfermedad ni les preguntamos cómo están. Directamente, los ponemos a crear, y ahí se produce la magia, porque cuando estás creando no te acuerdas de los problemas. 

–¿Cómo llegó a ese descubrimiento? Fui director de teatro contemporáneo durante muchos años. Muy de pueblo, muy modesto, pero siempre interesado en indagar las posibilidades que tiene la dramaturgia. Un buen día me cansé de perseguir subvenciones para entrar en los circuitos escénicos oficiales y decidí darle un enfoque terapéutico y social al teatro. Pero hay quien tiene más mérito.

–¿Quién? Los voluntarios: chicos y chicas de escuelas de teatro y de la universidad que dedican su tiempo a hacer realidad este proyecto. Llegan con una entrega y un buen rollo admirables. También tienen mucho mérito las personas a las que atendemos. Se supone que vamos a ayudarles, pero tras estar con ellos somos nosotros los que nos vamos más enriquecidos.