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Alarma antiaérea en el Carmel

Los vecinos de la batería antiaérea temen que la masificación ponga en riesgo la zona patrimonial

El alud de turistas atraídos por las vistas de la balconada causa rechazo en el barrio

Inma Santos

Varias personas contemplan las vistas de Barcelona invadiendo una zona de la batería antiaérea de acceso restringido.

Varias personas contemplan las vistas de Barcelona invadiendo una zona de la batería antiaérea de acceso restringido. / JOAN PUIG

“Tourist go home” reza una pintada en una pared de Marià Labèrnia, la calle que conduce a uno de los accesos de la batería antiaérea del Turó de la Rovira. Indicio claro de que algo sucede en una zona que teme que la lucha de años de sus vecinos para rehabilitar sus emblemáticas baterías antiaéreas acabe muriendo de éxito. En los últimos seis años que el ayuntamiento ha procedido a la progresiva recuperación de la zona (limpieza, rehabilitación y museización) y la cima de la colina ha pasado de ser un rincón olvidado y degradado de la ciudad a una visita recomendada en las principales guías turísticas y en internet a causa no de su historia -clave para explicar la evolución de la ciudad durante la guerra y la posguerra-, sino de sus privilegiadas vistas. Como consecuencia, los vecinos se enfrentan ahora a una masificación para la que la zona no está preparada y a las molestias y el incipiente incivismo que ello conlleva. “Es como vivir delante de la Sagrada Familia. Sobre todo, los fines de semana y en verano”, se lamenta Pedro Barquero, vecino de la calle de Marià Labèrnia. La masificación no es una sensación, sino una realidad cuantificable. “Por la batería pasaron 10.200 personas en junio, 12.600 en julio y 14.000 en agosto, aunque en septiembre el contador cayó”, informa Eduard Vicente, gerente del districto de Horta-Guinardó.

Solo el 12,3% de estas visitas llegaron a través de los tres edificios de los que consta el MUHBA, el museo que muestra la historia de las baterías y la del barraquismo de la zona, erigido en los antiguos edificios (comandancia, pabellón de la tropa y pabellón de oficiales) que hasta 1939 albergaban a los militares destinados en las baterías. Y es que son las vistas el principal atractivo para los turistas:una panorámica de Barcelona a 360 grados a 262 metros sobre el nivel del mar de acceso gratuito las 24 horas del día porque se trata de un espacio público al que las sucesivas intervenciones de rehabilitación han dado accesibilidad y visibilidad.

Una vieja reivindicación vecinal

La afluencia de público a la cima del Turó de la Rovira  no ha parado de crecer desde la primera intervención para su recuperación, forzada por las entidades vecinales, que a partir de 2006 impulsaron una serie de campos de trabajo juveniles durante los veranos para limpiar de escombros la zona, abandonada desde la demolición de las últimas barracas en los años 90. En el 2011, durante el último mandato de Jordi Hereu, el consistorio y el MUHBA llevaron a cabo una primera fase de intervención y habilitaron un recorrido museístico por las baterías y las siluetas de las precarias casetas que, aunque castigado por el vandalismo, recibió el Premio Europeo del Espacio Público Urbano 2012.

Tras esta actuación, el Ayuntamiento de Barcelona anunció dos nuevos proyectos en la zona:  la reurbanización de la balconada de Barcelona, con un presupuesto de casi un millón y medio de euros, y la mejora de los accesos a la batería antiaérea del Turó de la Rovira (1.800.000 euros), que finalizaron el pasado año. El MUHBA cerró el 2015 con 19.023 visitas frente los 804 del 2013, y en febrero de este año ya acumulaba 8.873 visitas. La museización del espacio no tenía objetivo turístico. El Ayuntamiento no se plantea cobrar entrada porque es un espacio público abierto al barrio y a la ciudad. El 80% de los visitantes de la batería que llegan a través del MUHBA son de Barcelona

“Con la última intervención  la zona ha mejorado mucho a nivel de servicios, las calles están arregladas, está limpio…”, admite María  Barba, que vive en la calle del Turó de la Rovira, el segundo de los accesos a la batería. Pero esas mejoras son un arma de doble filo y el trajín de gente es incesable a todas horas, no solo en los horarios de apertura al público del museo, denuncia Pedro Barquero, que vive en el barrio desde que nació hace 55 años. “Antes esto era como un pueblo. Ahora, esta calle es zona de paso, la gente se mete por todas partes, si te descuidas hasta en tu casa. Aquí suben turistas y no turistas. Hemos sufrido rodajes de anuncios y películas, botellones, el ruido, la suciedad y las meadas por todas partes…”, se lamenta Pedro.

Lo que los soldados (léase vecinos) ven desde la trinchera como una amenaza, los oficiales (léase MUHBA y sede del distritode Horta-Guinardó) consideran que está bajo control, al menos en lo que respecta a los restos arqueológicos del patrimonio. “Creo que esta museización ha sido una solución para la correcta conservación de los tres espacios visitables de acceso libre y gratuito”, defiende Joan Roca, director del MUHBA. Otra cosa es lo que, al tratarse de un espacio público, pueda pasar fuera de los espacios y las horas del museo. Los vecinos hablan incluso de actividades peligrosas, como saltar la valla protectora del balcón de las baterías y acercarse al filo.

“Hay incivismo, pero controlado, y sabemos que desde el distrito se llevan a cabo medidas, aunque aún hay cosas por resolver. Pero desde el inicio del proyecto, antes incluso de que se recuperara como patrimonio histórico, advertimos de que esto no podía convertirse en otro parque Güell. Desde entonces seguimos reclamando un lan de acción municipal para planificar el turismo, pero nunca llega”, se lamenta Aprià Pérez, presidente de la Asociación de Vecinos de Can Baró, promotora junto a la Fundació Escolta Josep Carol de la recuperación de la batería en el 2006. El problema no es tanto quienes suben a ver el museo, sino del atractivo de unas vistas sin par.

66.000 euros anuales en seguridad y 57.600 en agentes cívicos 

El distrito destaca que se han instalado papeleras y lavabos públicos, lo que ha servido para reforzar el sistema de limpieza y disminuir los estragos de quienes orinan en la calle. También se han mejorado las instalaciones con barandillas y vallas para señalizar las zonas protegidas no accesibles y peligrosas. “Al ser un espacio público al aire libre, no podemos prohibir”, afirma Eduard Vicente. Por ello, se ha contratado un  servicio de seguridad permanente: un agente con perro, de lunes a domingo de 17.00 a 24.00 horas, en contacto directo con la Guardia Urbana.

En temporada de verano, un servicio de agentes cívicos patrulla durante todo el día para informar y advertir a la gente del buen uso de la batería. En total, 66.000 euros anuales en servicios de seguridad y 57.600 en agentes cívicos. Asimismo, distrito trabaja para impedir que los coches puedan llegar hasta la cima molestando a los vecinos. “En el acceso por la calle del Turó de la Rovira estamos valorando limitar el tráfico rodado a los vecinos mediante pilones hidráulicos”, explica.

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