ORDENACIÓN DE UN PUNTO CLAVE EN LA CIUDAD

La maldición de las Glòries

La plaza busca por cuarta vez la fórmula para convertirse en el otro gran centro de Barcelona

La Gran Via 3 La autopista a su paso por la Gran Via, cerca de la plaza de toros Monumental, en los 60. FOTO ENVIADA POR DAVID J. SÁNCHEZ (INGENIERO, 41 AÑOS).

La Gran Via 3 La autopista a su paso por la Gran Via, cerca de la plaza de toros Monumental, en los 60. FOTO ENVIADA POR DAVID J. SÁNCHEZ (INGENIERO, 41 AÑOS).

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MÒNICA TUDELA

La plaza de las Glòries siempre estuvo llamada a ser un lugar importante. Un espacio de confluencia y de intercambio. Fue Ildefons Cerdà, el padre del Eixample, quien ya la pensó así en su famoso plan de 1859. Él quería que fuera el «centro de la Barcelona racional». Pero los años pasan, las ciudades crecen, las ideas evolucionan y el poder de decisión cambia de manos. Más de 150 años y tres reformas después y con la ciudad creciendo imparable a su alrededor, las Glòries aún espera para convertirse en ese lugar maravilloso.

Estos días la plaza dice adiós a las encinas del parque central -cerrado desde hace años- y ve cómo nacen calles provisionales a los pies del nudo viario para desviar el tráfico. El tambor, inaugurado en 1992, está a punto de morir. Hay quien pasea por la zona y lo retrata, ya esquelético. El derribo empieza en días. Y vuelven a verse los carteles amarillos de obras y a oírse las voces de los vecinos que se quejan de que por allí no hay quien pase. Una cantinela que también dura 150 años. Lo que allí se cuece es que se allana el camino, literalmente, para dar paso a un gran parque urbano, en la que será la cuarta reforma de la plaza. Pero ¿por qué no han funcionado las otras tres?

«Estamos acostumbrados a ver Barcelona como una ciudad muy acabada. Por eso ese agujero que hay en las Glòries sorprende a los jóvenes, que se preguntan cómo puede ser que en una ciudad como la nuestra haya un espacio así», dice Manuel Ruisánchez, arquitecto y miembro del Col·legi d'Arquitectes de Catalunya (COAC). «Pero Barcelona no siempre fue así. Hasta no hace tanto, el noreste de la ciudad era una zona industrial, periférica», añade.

A principios del siglo XX, las Glòries no merecía siquiera el nombre de plaza. Era un descampado en el extrarradio con vías de tren a cielo abierto. La prensa de la época mencionaba los peligrosos pasos a nivel, la falta de transporte público y de saneamiento y la presencia de prostitutas y personajes «oscuros».

La primera reforma de las Glòries llegó en la década de los 50 del siglo XX, momento en que la población de la zona aumentaba. La intención era hacer un anillo viario similar al que ahora tiene la plaza, pero la cosa se quedó a medias y e limitó a medio anillo en un descampado. Pese a que José María de Porcioles, alcalde de la época, decía que la plaza se convertiría en una de las más importantes, urbanísticamente hablando, la sensación de lugar sin terminar siguió presente tras el primer cambio. «Nunca he visto las Glòries como una plaza. De pequeño era la plaza del miedo. Miedo de ir al metro, miedo de ir al círculo de cemento que había debajo de la rampa, miedo por las peleas, los robos», comenta Francesc Egea, agente de aduanas de 56 años. Él es uno de los ciudadanos que han compartido con EL PERIÓDICO sus recuerdos y fotos de la zona. «A las ocho de la mañana, cuando iba al trabajo, la zona tenía el aspecto de un desierto dejado y sucio. De gloria, ninguna», asegura Jaume Comellas, químico jubilado de 77 años. Era a finales de los 60.

 

UN CRUCE DECISIVO  Ya en esa época se apuntaba uno de los factores que, según historiadores y arquitectos, han hipotecado el éxito de las reformas sucesivas: allí se cruzan las grandes infraestructuras estratégicas de la ciudad hacia el norte, la Gran Via, la Meridiana, la Diagonal, más tren, metro y tranvía. «Los transportes allí siempre fueron un tema mal resuelto. Era muy difícil organizar ese nudo de comunicaciones», explica Jordi Morell, historiador y miembro del Taller d'Història del Clot-Camp de l'Arpa. «El plan de Cerdà quedó cortado aquí por las vías, por la maraña de comunicaciones», añade. «Ahí hay un punto de ruptura en el Eixample

de Cerdà y los arquitectos siempre hemos pensado en cómo salvarlo», confirma José Antonio Acebillo, el arquitecto padre de la actual plaza. Además de ordenar el tráfico, con el tiempo ha habido que atender las necesidades de espacio urbano de la población, cada vez más abundante. El agujero de las Glòries cada vez es menos periférico y más central, y más desde que se abrió la Diagonal hasta el Fòrum. Como recuerda Acebillo, «la ciudad está muy viva y cambia, y esa zona especialmente».

En la segunda reforma, la de los 70, el tráfico circulaba por un escaléxtric con dos vías elevadas y, al lado, había un jardín con un lago que fue muy bien recibido por los vecinos. «En el Poblenou estábamos huérfanos de parque», cuenta Roger

Llorca, funcionario de 42 años, que compara el rojo puente peatonal de la época «con el puente de San Francisco, pero en pequeño y para las personas». Ese parque, pese a que estaba justo al lado del tráfico rodado, se recuerda con cariño.

Al abrigo del impulso olímpico de 1992, se desmontó el escaléxtric, se acabó de soterrar el tren y también se acabó con el jardín. La tercera reforma, con Acebillo al frente, situó el actual tambor en la plaza. Las necesidades de verde para los ciudadanos trataron de satisfacerse con el parque dentro del anillo y, poco después, con el Bosquet dels Encants, junto al Teatre Nacional de Catalunya, pero la idea no acabó de funcionar y la zona, por tercera vez, siguió siendo inhóspita a ojos de todos.

En el 2003, los responsables municipales dieron la razón a las voces críticas y admitieron que la plaza necesitaba un cambio. Se iniciaba la búsqueda de otra solución.

PLAN BUENO PARA BARCELONA  «Reforma tras reforma se ha vendido que los cambios eran buenos para Barcelona, pero ¿alguien ha pensado alguna vez en el bien del barrio?», se pregunta Laura Roig, vecina del Poblenou, ama de casa de 53 años. Coinciden los expertos en que responder correctamente a esa pregunta -repetida con insistencia por los vecinos-permitirá acertar de una vez por todas. Tratar las Glòries como un lugar central clave en el desarrollo futuro de Barcelona pero, a la vez, entender que es un lugar que los ciudadanos tienen que hacerse suyo.

«Creo que se ha ido de mal en peor, como si una maldición recayera sobre la plaza», dice Ángel Antonio Morán, un profesor de 63 años. Acebillo se ríe cuando se le habla de maldición. «Yo diría más bien que trabajar en las Glòries siempre ha sido difícil porque sobre ese punto recaen muchas responsabilidades. Lo cual no está mal». «Sí, a veces se la llama plaza maldita, porque hace mucho que se está buscando el equilibrio en este espacio», reconoce Jordi Morell, historiador. «Y los cambios de gobierno y los intereses políticos también han influido. A veces se busca marcar territorio mandando en las reformas», añade Morell.

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Los responsables del proyecto Canòpia Urbana, firmado por la UTE Agence Ter & Ana Coello de Llobet, que ganó hace unos días el concurso de ideas para la zona, tienen ahora en sus manos acabar con el gafe de  Glòries. Si todo va bien, su idea será una realidad en el 2018.

Parece que hay lugar para el optimismo, aunque la historia recomienda prudencia. «A las Glòries le está pasando lo que naturalmente le tocaba», explica Ruisánchez, del COAC. «Se ha desarrollado todo el tejido del Eixample a su alrededor, y en cambio al punto de máxima singularidad, la plaza en sí, le cuesta mucho más encontrar la energía para transformarse. Es natural que la plaza culmine ahora, después de que se hayan llevado a cabo otros procesos más sencillos alrededor», explica. De momento, las Glòries está en obras. Una vez más.