Opinión | Apunte

Jordi Puntí

Jordi Puntí

Escritor. Autor de 'Todo Messi. Ejercicios de estilo'.

Corazón tan loco

Como pollos sin cabeza

El códido de Orwell

Imberbes y peligrosos

Xavi Hernández, en una imagen reciente de un partido de Liga en Montjuïc

Xavi Hernández, en una imagen reciente de un partido de Liga en Montjuïc / AFP

Hace más de 70 años Antonio Machín se preguntaba: “¿Cómo se pueden querer dos mujeres a la vez… y no estar loco?”, y el dilema sigue vivo hoy en día. Quien dice dos mujeres, dice dos hombres, claro, o dos clubes. Porque ¿se puede seguir locamente a más de un equipo de fútbol? ¿Tenemos tanta adrenalina? En la época en que Machín cantaba y Kubala regateaba, los aficionados repartían su amor entre el equipo del pueblo y otro de Primera División, el que heredaban por tradición familiar o el que decidían por rebeldía. Era un apego simple, sin cálculos (aunque algunos además tenían que ser del Real Madrid por imperativo oficial).

Poco a poco la globalización del fútbol nos complicó la vida. Hoy se retransmiten más partidos que nunca, coleccionamos goles y tenemos un equipo preferido en cada liga. La femenina. La Premier y el calcio, como mínimo, la argentina y la Bundesliga. Todo influye: razones sentimentales, estéticas, políticas, viscerales. El lunes repasamos resultados y la jornada perfecta surge de combinar victorias múltiples, como en una quiniela hecha a medida. Multiplicamos el interés porque se trata de ligas paralelas, aunque el conflicto interior nos obliga a tener prioridades cuando dos de nuestros equipos se cruzan en la Champions, o cuando juegan las selecciones y tus héroes coinciden con los rivales más indeseados.

Pero todo esto es secundario mientras haya una jerarquía del gusto. El problema puede surgir dentro de dos semanas, cuando se enfrenten Barça y Girona en Montjuïc. Tal como está la clasificación, el cortocircuito de los aficionados se prevé antológico. No me refiero a los seguidores cuya primera opción es el Girona y luego otro equipo, mayormente el Barça. Pienso sobre todo en los culés que seguimos al Girona y lo animamos, pero con una cierta condescendencia —lo admito— de hermano mayor, quizá de cuñado. Ahora mismo disfrutamos con el juego chispeante de los de Míchel, mientras sufrimos con las medias tintas del Barça de Xavi. Ese día, en el salto que va del doctor Jeckyll blaugrana al Míster Hyde rojiblanco, igual más de uno prefiere quedarse en la nueva personalidad —aviso.