La pelotita, por Enrique Ballester

Cuando eres joven te sobra el tiempo y te sobra algo más peligroso todavía: las ganas de tener razón, esa inmensa tontería 

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Enrique Ballester

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Cuando eres joven te da igual, pero a partir de cierta edad conviene elegir correctamente en qué asuntos debemos gastar nuestra menguante y ya escasa energía. A partir de cierta edad no existe nada más importante que esto. Amigo, date cuenta: hay que ser un poco Leo Messi durante la pasada temporada y asumir que toca centrarse en siete partidos de la Copa del Mundo, en lo sustancial y nada más, y entender que lo demás solo es folclore, migajas y fantasía.

Ahora lo veo claro, pero cuando eres joven es distinto. Cuando eres joven te sobra el tiempo y te sobra algo más peligroso todavía: te sobran las ganas de tener razón, esa inmensa tontería. Con la energía que malgasté discutiendo por ahí sobre Cesc Fàbregas, Guti o Djalminha podría haber fundado un imperio, aunque fuera pequeño. Podría ser ahora emperador, pero no. Me centré en discutir sobre cualquiera y ahora soy un simple columnista.

Además, tan importante es sobre qué discutes como con quién. Un aspecto vital es saber quién merece nuestra atención en la pugna, sobre todo porque en materia futbolística cualquiera se apunta. Por suerte, en el trabajo hemos desarrollado un método infalible para distinguir al farsante del auténtico. Como siempre, estoy aquí para compartirlo y llevarme todo el mérito.

Todo empezó en una visita de los Reyes Magos, que dejaron juguetes para los hijos de los empleados. [Imaginad lo bien que nos portamos]. El caso es que Aitor aprovechó para agenciarse una pelota de fútbol y ahora la guarda siempre bajo la mesa. Todos los días le veo pisándola cuando paso cerca, y todas las noches, cuando me toca trabajar en el cierre y se ha ido, se la robo, doy unos toquecitos para impresionar al personal, tiro paredes con las mesas y caños a las sillas y juego a meterla en las papeleras con mi zurdita.

Pero el tema no es este. El tema es que el otro día se nos ocurrió dar una nueva utilidad a la pelota de Aitor, a modo de experimento sociológico. ¿Cómo saber quién merece nuestra atención cuando hablamos de fútbol? Muy fácil: a media tarde, Miqui y yo dejamos la pelota en mitad del pasillo, en una posición casual pero evidente, y observamos qué hacen aquellos que pasan por ahí y se la encuentran de frente. Todos aquellos que pasan junto a la pelota y no hacen un amago, un pase o un regatito quedan automáticamente excluidos. A esos no les gusta el fútbol. Y da igual lo que después hagan o digan. La pelota no engaña. El fútbol no les pertenece y su opinión futbolística queda invalidada para toda la vida.

Con esos ya sabemos que no hay que malgastar energía. Si quieren decir algo de algún partido, que lo digan. Si quieren criticar a nuestro futbolista favorito, que lo critiquen. Les daremos la razón y no discutiremos. Guardaremos nuestras reservas para nuestra particular Copa del Mundo, que llegará algún día.

Cuando eres joven también te da igual, pero a partir de cierta edad conviene elegir correctamente en qué noches debemos gastar nuestra menguante y ya escasa energía. Cuando eres joven te sobra el tiempo y te sobran los guías. Con la energía que malgasté siguiendo ruedas equivocadas, más allá de la madrugada, podría haber fundado un imperio. Es decir, ahora podría tener dos imperios, uno conquistado y otro originalmente mío, pero no. No sé muy bien qué pasó, pero aquí estoy. Ahora pongo trampas con una pelotita.