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BAR MUNDIAL

Borrón en la línea clara belga

Miqui Otero

Una escena de desolación en el Belchica del Bélgica-Francia.

Una escena de desolación en el Belchica del Bélgica-Francia. / ELISENDA PONS

No es difícil entender que un bar en semifinales del Mundial no es el mejor lugar para intentar hablar de identidad nacional y lengua, aunque el canto belga que más suena hoy sea en inglés: ¡Come on Belgium! Tampoco que la mejor opción para aplacar la sed sea la cerveza Chimay, porque en la sede barcelonesa del fútbol de ese país el cronista suda más que Isco en todo el Mundial (y esa estrategia es tan inteligente como si en la prórroga en lugar de bebidas isotónicas a los jugadores les dieran quintos frescos). O que el mejor relato tenga el final más feliz, porque eso no suele pasar ni en la vida ni en el fútbol. “Yo soy 100% belga, de padre flamenco y madre valona. Somos mejores y podríamos ganar. Pero existe la maldición belga”, dice en el medio tiempo Frederic.

Ante la espantada del resto de continentes, estas semifinales tienen en los diablos rojos el relato más atractivo. Con 11 de 23 jugadores con doble nacionalidad, desafiando el pasado colonial cruel (recuerden las viñetas racistas de Tintín en el Congo, como esa donde el aborigen come un hueso que ni Milú querría), la inmigración más reciente y el difícil encaje entre valones y flamencos (algo que aquí suena a zidanes y pavones), parece bonito imaginar que una selección étnicamente diversa y futbolísticamente atractiva de un país pequeño pueda pasar a la final. “Yo soy de De Bruyne. Es buenísimo y discretísimo. Podría ser tu vecino. O encontrártelo de cajero en el Suma”, me cuenta Frederic, quizás imbuido por la filosofía guardiolista del somos un país pequeño, nos levantamos pronto, no nos tatuamos, etc.

'Volem decidir' en la camiseta

Y en la cervecería Belchica, de la calle Villarroel con Gran Via, hoy todo parece posible. Es tal la expectación que Cristophe, el portero del local que resopla enfundado en una camiseta de “Volem decidir”, quizás un guiño remoto a la guerra en Flandes o reciente a los juicios pendientes, se las ve y se las desea para organizar el tráfico y poner el sello de los que pueden entrar: “¿La camiseta? Llevaba un polo de la marca Ganso con los colores de Francia y el jefe me ha invitado a que me cambiara”.

Sin embargo, en el local, donde la gente corea 'Come on Belgium' y toda la emoción se vive con ganas de aventura pero sin excesos, como en un cómic de línea clara, varios franceses infiltrados celebran el gol de cabeza de Umtiti. Me llega un mensaje de Ciaran, un amigo de Irlanda del Norte: “Esta Francia es tan divertida como ver secarse la pintura de la pared”. Su comentario es un guiño a lo que Gene Hackman dijo sobre el cine de autor francés de la nouvelle vague, y no podría estar más de acuerdo. Tampoco el resto de aficionados belgas.

La gran historia de este mundial era la del belga Lukaku, con su orgullosa ascendencia congolesa y su infancia de pobreza y resentimiento. “Ha marcado Umtiti, que es de Camerún, no hay derecho”, dice un barcelonés que animaba a Bélgica. Y entonces pienso que, por bonito que sea el fútbol, por mucho que obligue a los xenófobos del UKIP a animar a inmigrantes que juegan con Inglaterra y a extremistas flamencos a vibrar con estrellas magrebís, algunos jamás entienden nada.

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