Ir a contenido

CROMOS INFAUSTOS

Andrés Mazali: el portero calavera

Un encontronazo con una misteriosa rubia privó al guardameta uruguayo, doble campeón olímpico, de jugar el primer Mundial

Rafael Tapounet

La selección uruguaya campeona olímpica en 1928, con Andrés Mazali de portero.

La selección uruguaya campeona olímpica en 1928, con Andrés Mazali de portero.

Andrés Mazali debía de ser un tipo fácil de odiar. Campeón sudamericano de 400 metros vallas (tenía el récord continental de la especialidad), campeón de Uruguay de baloncesto con el Olimpia de Montevideo, doble campeón olímpico de fútbol con la selección uruguaya (en París 1924 y Amsterdam 1928), prodigioso bailarín, apuesto casanova, presencia ineludible en las fiestas más fastuosas de la alta sociedad montevideana… Un deportista completo con fama de playboy irresistible. Si los Kinks (y los Jam) querían ser como David Watts, los jóvenes uruguayos de finales de los años 20 querían sin duda parecerse a Andrés Mazali. O asesinarlo.

Iba para delantero, pero acabó bajo los palos por culpa de unos pies demasiado grandes. En aquella época, los jugadores de campo estaban obligados a llevar botas de fútbol, porque la pelota era muy dura y pesada; los porteros, en cambio, podían calzar zapatillas corrientes o incluso zapatos. A Mazali le resultaba muy difícil encontrar botas de su número, por lo que acabó jugando de guardameta.

Y en esa posición también brilló, claro. Rápidamente llegó a la selección nacional y se ganó la titularidad. Defendiendo a la 'celeste' tuvo el dudoso honor de encajar el primer gol directo de córner de la historia (se lo marcó el argentino Cesáreo Onzari en un partido amistoso jugado en Buenos Aires en septiembre de 1924; fue bautizado como 'gol olímpico' porque los uruguayos venían de conquistar la medalla de oro en los Juegos de París), pero también se convirtió en el principal artífice de una impresionante racha de victorias que consolidó al equipo charrúa como la selección hegemónica en el continente.

Un largo encierro

Decididos a no dejar escapar el triunfo en la primera edición del Campeonato Mundial de Fútbol, cuya organización había sido adjudicada a su país para hacerlo coincidir con el centenario de la Jura de la Constitución, los dirigentes uruguayos acordaron suspender la temporada liguera de 1930 y concentrar a los jugadores durante 60 días en un lujoso hotel de Montevideo. 

El encierro resultó demasiado largo para un hombre con los apetitos de Mazali. Una tarde, pocos días antes del inicio de la competición, el portero desapareció misteriosamente y no volvió al hotel hasta la mañana siguiente; lo hizo, como quien dice, con la corbata desanudada y los zapatos en la mano. Tras varias reuniones y conversaciones telefónicas, el joven técnico Alberto Supicci anunció su decisión: Andrés Mazali quedaba apartado del equipo y no jugaría el Mundial.

La versión oficial atribuyó la escapada del futbolista a un deseo irreprimible de visitar a su familia. Algunos años después, el capitán de aquella selección, José Nasazzi, contó una historia un poco diferente. "[Mazali] era muy mujeriego y una noche se escapó de la concentración para irse con una rubia. Lo expulsaron y no hubo defensa para él". La identidad de la rubia en cuestión fue durante un tiempo objeto de morbosas especulaciones; la versión más extendida es que se trataba de alguien que guardaba un estrecho vínculo con un alto dirigente de la Asociación de Fútbol Uruguayo, lo que acaso explicaría la fulminante expulsión del portero.

Uruguay, es sabido, ganó aquel primer Mundial. El único error de Mazali fue celebrarlo antes de tiempo.

0 Comentarios
cargando