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Análisis

Una tierra, un dueño

Javier Duarte

Antes que nada quiero felicitar a David Ferrer. Es un gran campeón, ha hecho un Roland Garros descomunal y si en lugar de Rafael Nadal se hubiera medido en la final con Novak Djokovic, pienso que, por el estilo de juego del serbio, hubiera tenido muchas más posibilidades de ganar su primer Grand Slam. Pero la historia quiso que su rival fuera el mejor jugador de todos los tiempos en tierra batida. Para Ferrer, la misión era casi imposible.

Las posibilidades de Ferrer pasaban por una buena mentalización previa más que por su físico, que lo tiene para medirse con Nadal, y su tenis, que también es de un superclase. Pero es difícil alcanzar ese punto mental óptimo ante un rival como el mallorquín. Lo sé porque he estado en tres finales de Roland Garros con tres jugadores distintos y sé que un exceso de mentalización también hace que te pases de rosca.

Rafa impuso su juego y evitó lo que David necesitaba: que pasaran cosas en cada punto, alargar lo máximo posible los intercambios, mover a Rafa, hacerle dudar un poquito, como en sus dos últimos enfrentamientos. Pero no hubo manera. Puede que por la solidez de Nadal o por los nervios de Ferrer, pero lo cierto es que el ya ocho veces campeón en París dominó el duelo y frustró cualquier atisbo de reacción. A cada break de Ferrer, Nadal respondió inmediatamente con otro, evitando que su rival encadenara dos juegos y creyera en la recuperación.

Rafa logró que no pasara nada que no tuviera previsto. Llevó la iniciativa, se adueño de la pista y solo el orgullo de Ferrer evitó que el duelo durara menos. Perder el primer set también supone un duro golpe para cualquier rival de Nadal. En ese momento ya sabes que el partido lo tienes casi perdido y que, en el mejor de los casos, alargarlo supondrá sufrir lo indecible. Puede que Ferrer acusara este aspecto, aunque lo cierto es que nunca dejó de batallar porque le sobra amor propio.

Pero nada emborrona la trayectoria de Ferrer en esta temporada ni mucho menos en la tierra de Roland Garros, que tiene un único dueño. Nadal suma ocho triunfos en París y no se prevé nada que evite que sume el noveno, el décimo u otro más. Cuando Rafa está bien físicamente, está dos niveles por encima de sus rivales en tierra; si está regular, está uno por encima, y si está mal, entonces quizá se iguala a los demás. Solo en ese caso puede tropezar.