Los últimos griegos de Constantinopla

En Estambul, solo quedan cerca de 1.800 griegos tras un siglo de ostracismo, violencia y expulsiones masivas

Los últimos griegos de Constantinopla

ADRIÀ ROCHA CUTILLER

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La primera vez que Nikos Michailidis volvió a Estambul o Constantinopla, su ciudad, el sitio donde había nacido y crecido y de donde le habían echado 30 años antes, no pudo parar de llorar. Era 1994, él ya tenía 48 años y llevaba más de media vida fuera de la que fue su casa, pero no pudo evitarlo: cuando fue a su antigua escuela, a su antigua iglesia y a su antiguo club lloró a mares.

Su Estambul, la ciudad que le obligaron a abandonar cuando tenía 18 años, era ahora una ciudad fantasma: «Ya no quedaba nada del pasado. Todo había cambiado. La ciudad era otra, y yo, al principio, tenía mucha rabia; era muy fanático. Pero ahora me he calmado. Intento volver a menudo, y ya no siento lo mismo. He perdonado, pero no olvido lo que nos hicieron», dice Nikos Michailidis desde Atenas, donde vive desde que le expulsaron a él y a su familia.

Ocurrió en 1964: ese año, el gobierno de Turquía decidió expulsar a todos los ciudadanos griegos, sin excepción, del país. 15.000 familias fueron deportadas –incluida la de Nikos–, a las que se forzó a marcharse con 20 dólares y dos maletas.

Todo lo demás se quedaba. Muchos lo perdieron todo.

«He perdonado,
pero no olvido
lo que nos
hicieron», dice
desde Atenas
Nikos Michailidis, desterrado
en 1964

«Mi padre tenía tres tiendas, y nos las quitaron. Éramos una familia rica, y yo justo iba a empezar Medicina en la universidad, pero nos expulsaron con las dos maletas. Una nos la robaron luego, al llegar a Salónica. Lo perdimos todo, y yo acabé trabajando de polizonte en cargueros», explica Michailidis.

Sus padres formaban parte de los 1,7 millones de griegos que vivían en Turquía al final del imperio otomano y tras la creación de la república turca, en 1923.

Ahora, en el 2020, de todos ellos solo quedan unos 1.800 que, ya ancianos, pugnan para no desaparecer. 

El nacionalismo turco

La guerra de la independencia turca, que terminó en 1923,  lo precipitó todo: «El nacionalismo turco se creó en contraposición del enemigo, y en esa época fueron los griegos, por la guerra y la invasión militar de Anatolia –explica Elçin Macar, profesor de la Universidad Técnica Yildiz–. Es un dato curioso: Grecia se crea [en 1822] en contra del imperio otomano. Y, en 1923, la nueva República de Turquía se crea contra la invasión griega. Así que podemos decir que los dos estados nación se crearon el uno contra el otro».

Una cúpula de una iglesia greco-ortodoxa de Estambul, decorada con un pantocrátor. / ADRIÀ ROCHA CUTILLER

Al final, la guerra terminó, y ambos países firmaron la paz y el tratado de Lausana, que marcó las fronteras de ambas naciones, y algo más: ambos países limpiaron étnicamente sus propios territorios, pensaron, para evitar otra guerra.

«Los dos estados
nación, Grecia y
Turquía, se
crearon el uno
contra el otro»,
explica el
profesor
Elçin Macar

1, 6 millones de griegos –cristianos– de Anatolia fueron expulsados y mandados a Grecia; 400.000 turcos –musulmanes– de Grecia, lo mismo, pero al revés. Solo se permitió que una pequeña parte se quedase donde estaba: 125.000 turcos en Tracia, la parte más oriental de Grecia; y 125.000 griegos en dos pequeñas islas del Egeo que pertenecen a Turquía, y Estambul. Se quedaron, pero se convirtieron en el enemigo en casa. Ellos son los últimos griegos de Constantinopla.

¿Qué hacer con ellos?

Mijalis Vasiliadis es de pelo pobre pero coleta en la nuca, despierto y muy activo pese a sus 81 años y es, además, el director de 'Apoyevmatini', el único periódico que le queda a la comunidad griega en Estambul. Como muchos de su edad, por el covid, hace meses que no sale de su casa. Pero a este señor le importa poco, porque la redacción de su periódico, desde hace años, está en una habitación de su piso. «Aquí yo soy el número uno, y mi hijo es el número dos. Aunque él es cada vez más el número uno, y yo estoy de reserva», dice Mijalis, y señala a su hijo, Minas.

Un repartidor entrega el periódico ‘Apoyevmatini’, de la comunidad griega. / ADRIÀ ROCHA CUTILLER

Ambos son los únicos trabajadores de 'Apoyevmatini'. Lo hacen todo: son reporteros, periodistas, editores, maquetadores, ilustradores, comerciales de publicidad, jefes y lo que les toque.

Y así lleva siendo durante muchísimos años: 'Apoyevmatini' es un periódico familiar. «En 1923, el 75% de la economía turca estaba en manos de las minorías –griegos, armenios y judíos–, y justo después de firmar el tratado de Lausana, el gobierno ya pensaba en arrebatar la economía de las manos extranjeras y dársela a los turcos. Así es como nace 'Apoyevmatini'», explica Vasiliadis padre. 

Mijalis Vasiliadis, director de ‘Apoyevmatini’, en su casa, que sirve también de redacción. / ADRIÀ ROCHA CUTILLER

Sus tíos, dice, tenían una farmacia en Beyoglu, en el centro de Estambul. Pero las autoridades decidieron que le darían la licencia a unos turcos, así que se la clausuraron. Un amigo que trabajaba en la administración prometió ayudarles y, al cabo de un tiempo, en 1925, les encontró la solución: consiguió que el Estado les diese una licencia para crear un nuevo periódico para la minoría griega de la ciudad.

«Raro, ¿verdad? ¿Quieres ser farmacéutico? Pues bueno, aquí tienes un periódico», bromea ahora Mijalis: una decisión administrativa selló su futuro y el de su hijo. Turquía decidió que serían periodistas.

En los años 
20, se prohibió
que miembros
de las minorías
fuesen sastres, abogados,  
farmacéuticos...

Los farmacéuticos no fueron los únicos afectados: en la década de los años 20 se prohibió que miembros de las minorías fuesen abogados o funcionarios públicos, sastres o carpinteros. Algunos años más tarde llegaría un impuesto a la propiedad que serviría para expropiar bienes y edificios a las minorías de Estambul. «Durante toda mi vida he tenido la sensación de que no soy parte del sitio donde he nacido. La forma en cómo nos trata el Estado lo deja claro: aún tener el carnet de identidad turco, nunca pude ser policía, oficial del Ejército, bombero (¡de pequeño quería!), funcionario, hablar mi idioma… El mensaje que nos daban era claro: no eres de los nuestros, lo mejor que puedes hacer es irte», recuerda Mijalis.

Lo peor, sin embargo, estaba por llegar.

Cristales rotos

Eran las cuatro y media de la tarde del 6 de septiembre de 1955 –en plena tensión entre griegos y turcos por el conflicto en Chipre– cuando la noticia estalló: la casa en Salónica de Mustafa Kemal Atatürk, el padre de la patria, había sido bombardeada.

Voceros del gobierno fueron a las calles de Estambul a proclamar la noticia. La gente se acercaba a escuchar. La rabia subía.

Sin embargo, era todo mentira. Ninguna casa había sido bombardeada, ni en Salónica ni en ningún otro sitio, pero eso, a esa hora, daba igual y tampoco se sabía: ya era demasiado tarde. Durante toda esa tarde y la noche que la siguió, una masa de turcos fue recorriendo los barrios de Estambul donde vivían los griegos. Destruyeron todo a su paso.

Vasiliadis lo recuerda a la perfección: «Recuerdo muy bien lo que hizo el portero de nuestro edificio, el señor Mehmet Efendi. El señor Mehmet Efendi sabía lo que ocurría, porque probablemente lo había escuchado en la mezquita. Y él nos conocía a toda la familia, nos quería. Cuando mi madre cocinaba, siempre le invitaba a comer. Así que cuando la turba de gente llegó a nuestro edificio, él salió al portal con una bandera turca y gritó a la multitud que allí no había infieles, que siguieran adelante».

Mijalis continúa: «Lo hizo porque nos conocía, porque pensaba que la familia Vasiliadis era buena gente, no como las otras. Por eso, después, el señor Mehmet Efendi cogió su martillo y se unió a la gente. Fue a romper casas de griegos. Pero nosotros no éramos griegos; éramos sus amigos».

«Siempre he
tenido la
sensación de
que no soy
parte del sitio
donde he nacido», confiesa Mijalis
Vasiliadis

En total, durante la noche del 6 al 7 de septiembre de 1955, cerca de 30 de griegos fueron asesinados y cientos de mujeres de la minoría, violadas. 4.340 tiendas, 2.000 casas, 110 restaurantes, 83 iglesias, 27 farmacias, 26 escuelas, 21 fábricas, 12 hoteles, 11 clínicas, tres redacciones de periódico –la de Apoyevmatini se salvó–, cinco clubes deportivos y dos cementerios fueron destruidos.

La principal teoría es que el gobierno turco lo alentó. «No tengo ninguna duda de que el pogromo fue un acto organizado por el Estado, pero abiertamente no se sabe –dice el profesor Macar–. Después de todas mis lecturas he llegado a la conclusión de que el gobierno turco quería hacer algo, pero que perdió el control de las masas. Se cruzaron muchas líneas rojas. Creo que había un plan, pero no era este, tan grande».

Vigilar lo poco que queda

Uno de los cementerios que quedó arrasado fue el de Sisli, uno de los más históricos de la ciudad y, ahora, protegido por Stavros, un señor de 70 años que, después de retirarse, decidió ayudar a la comunidad de alguna forma. «Quedamos muy poquitos, y pensé que si no venía a hacer de vigilante no lo haría nadie más. Además, mi familia está enterrada aquí», dice Stavros.

El cementerio de Sisli fue destruido en el pogromo de 1955, y restaurado finalmente en el 2012. / ADRIÀ ROCHA CUTILLER

El cementerio de Sisli fue finalmente restaurado en el 2012 –quien dirigió las obras fue Nikos Michailidis, que también tiene a su familia enterrada en el subsuelo de Sisli– y representa a la perfección lo que es, en la actualidad, la comunidad griega de Constantinopla: un oasis que mira al pasado, ungido de nostalgia, en medio de una Estambul frenética, infinita, que se dirige al futuro sin mirar atrás, que no hay tiempo y, además, la historia la escriben los vencedores. Pero pese a todo, la comunidad sigue ahí; no quiere ser soterrada bajo el asfalto negro de la modernidad.

El camposanto 
funciona como
metáfora de lo
que es hoy la
minoría griega:
un oasis que
mira al pasado

«La Estambul moderna no puede ser imaginada sin nuestra presencia –explica Bartolomé I, el patriarca Ecuménico de Constantinopla, cabeza de una institución, el Patriarcado de Constantinopla, que es más antigua que el país donde está ubicada–. Estábamos aquí cuando el apóstol Andrés llegó, y después cuando Justiniano levantó Santa Sofía. Fuimos testigos de eventos históricos como la cuarta cruzada, la ocupación latina de la ciudad, la caída del imperio bizantino y, después, la del imperio otomano que la sucedió. Incluso la fundación de la República de Turquía. Siempre hemos estado aquí: algunas veces hemos sido muchos; otras, pocos, pero siempre aquí. Aquí, nuestros ancestros nacieron, vivieron y murieron. Esta ciudad es nuestra casa. Somos ciudadanos de este país. Nosotros también nacimos aquí y queremos morir aquí».

Para los griegos de Constantinopla, la historia ha sido cíclica: cuando las relaciones entre Turquía y Grecia se tensan, son ellos los que pagan los platos rotos. El 2020 no ha sido una excepción.

El guardia de seguridad del cementerio griego de Sisli inspecciona la sección con las lápidas más antiguas. / ADRIÀ ROCHA CUTILLER

«La Estambul 
moderna no
puede ser
imaginada sin
nuestra presencia», asegura el patriarca Bartolomé I

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«La conversión de Santa Sofía en mezquita», dice Bartolomé I, «es algo que nos causa un gran daño y tristeza, porque, de alguna forma, los sentimientos de un segmento social de esta ciudad –un segmento pequeño, de acuerdo, pero igual a los demás– no ha sido considerado. Santa Sofía es patrimonio de todos los que viven en su sombra, y representa un símbolo de coexistencia entre las religiones y culturas de los habitantes de esta ciudad histórica. Pero ahora, con su conversión, nuestra ciudad es un sitio más pobre». 

Más funerales que bautizos

Después del pogromo, en 1964, llegaron las deportaciones de ciudadanos griegos y la estocada final a la comunidad: desde entonces, los griegos de Constantinopla languidecen para no desaparecer. Mijalis Vasiliadis también abandonó la ciudad, pero en los 90, después de tocarle a él seguir la tradición familiar y dirigir Apoyevmatini, volvió a Estambul. “Volví para reencontrar mis raíces, y las encontré, pero me di cuenta de que el árbol había muerto. La ciudad había cambiado, y yo era un extranjero en mi lugar de nacimiento. Algunos de los griegos de antes seguían aquí, pero sus lugares estaban embrujados, llenos de los fantasmas de los griegos que antes los habitaban”, dice.


En Constantinopla, de 125.000, en cerca de 90 años, se ha pasado a 1.800. El camino que sigue es la desaparición: “Por desgracia, este año solo hemos tenido en el periódico dos bautizos, si recuerdo bien —explica Minas, el hijo de Mijalis—. No sé el número exacto, pero creo que en este tiempo hemos tenido como 10 funerales; puede que 15. La verdad es que desde que empecé a trabajar en el periódico, hace 15 años, nunca ha habido un año en el que haya habido más nacimientos que muertes”.


“Son matemáticas simples —resume Minas—, la mayoría de noticias que publicamos son de gente de la comunidad que muere. De hecho, ¡mi padre es considerado joven! Bueno, los de 60, 65 son jóvenes, si se compara con la media. La cuestión es que el grupo ya no va a crecer ya más por nacimientos… solo si todos empezasen a tener bebés ahora. A menos que mi padre, claro, empiece a sentir el picorcito”.


Mijalis ríe: “¿Yo? ¡Ha! Soy yo el que con la edad se está convirtiendo gradualmente en un bebé”.