10 ago 2020

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Alba Benítez se mudó hace tres años de Barcelona a Sant Pere de Vilamajor.

TRES TESTIMONIOS DE VIDA NEORRURAL

"Para irse al campo hay que poder conciliar el trabajo"

Nacho Herrero

Ahora que un nuevo éxodo rural se está fraguando, alentado por la pandemia, con código postal urbano, y la extensión del teletrabajo, tres vecinos afincados en entornos rurales y procedentes de la ciudad explican los motivos que les impulsaron a mudarse al campo, así como los hándicaps y ventajas que han encontrado en su nueva vida.

Alba Benítez. Periodista. Sant Pere de Vilamajor

"No queríamos asfalto y polución para las niñas"

«Nosotros somos de Barcelona de toda la vida, más de asfalto que la boca metro», ríe Alba Benítez. Allí «teníamos y tenemos la red familiar y de amigos». Pero cuenta que hace unos 10 años, ella empezó a tener «la necesidad de estar más cerca de la naturaleza» y que de una escapada para una barbacoa a Sant Pere de Vilamajor surgió la posibilidad de que les dejaran una casa. «La puerta de atrás daba al bosque, yo sentía que era muy feliz allí y al final aprovechamos que nuestra hija mayor daba el salto al colegio y nos vinimos a vivir aquí, aunque el proceso ha sido largo».

Alba Benítez, con sus hijas de paseo por el Montseny.

Pero ha habido que reinventarse. Ella, que es periodista, teletrabaja y vuelve al 'coworking' que tiene en Barcelona cuando lo necesita. Entre su paseo a la estación y el trayecto tarda una hora en llegar a la estación Passeig de Gràcia. «Es tiempo que pierdo y también que gano, porque voy leyendo o puedo ir adelantando trabajo», explica. Su compañero, que es bombero, tampoco tiene que ir cada día. «En una decisión así, por un lado, está la opción que tengas de conciliarlo con tu trabajo y luego la valentía para dar el salto», apunta.

La decisión, cuenta, también tuvo que ver con sus hijas, aunque luego ellas elijan su propio camino. «No queríamos para ellas asfalto, polución o ruido, que lo escojan si lo necesitan cuando sean mayores porque está claro los núcleos urbanos tienen más oferta», reconoce. Pero ella ya no se mueve de la falda del Montseny.


Zoe Cortiella. Cuidadora. Palanques

"Pensaba que iba a sentir soledad y no ha sido así"

Hace un año, Zoe Cortiella cambió Vinaròs por Palanques. Las dos en Castelló, pero muy diferentes. Pasó de vivir en una ciudad de costa de casi 30.000 habitantes a un pueblo de montaña de unos 30. «A mi pareja le salió trabajo en Morella y yo no tenía, así que decidimos venirnos y estamos contentísimos. Vives más tranquilo, no hay contaminación y tenemos más calidad de vida», asegura.

Zoe Cortiella, con su pareja, en Palanques (Castelló), donde viven. / miguel lorenzo

Lo dice convencida, pese a que el salto fue complicado. «Tengo un hijo de 15  años. Cuando nos decidimos, le preguntamos qué quería hacer y al final se quedó allí con la abuela. No concibe vivir aquí y no puedes traerte a un pueblo así a un adolescente que no está acostumbrado», admite.

Tampoco ella tenía claro que se fuera a adaptar. «Pensaba que iba sentir cierta soledad. Y no. Levantarte, salir a la puerta de casa despeinada y que no pase nada está muy bien», defiende entre risas. «Cuando hablo con mis amigos algunos me dicen que estoy loca, pero me siento muy bien», afirma.

‘Pueblo milagro’

Zoe, que ahora hace sustituciones en residencias de ancianos, se ha mudado a un 'pueblo milagro'. Su pequeño censo apunta hacia arriba (era de unos 20 vecinos hace poco tiempo) y la media de edad es de cuarenta y pocos años. «Somos unos cuantos jóvenes y te acogen muy bien, pero es verdad que es difícil que a la gente le guste la vida en un pueblo. Aquí no hay tienda ni hay bar, nos reunimos en los sitio comunes que tenemos», explica. 


Víctor Mansanet. Alcalde de Simat de la Valldigna

«Volví al pueblo 40 años después y no lo reconocía» 


Salió de Simat de la Valldigna (Valencia) con 9 años. Como muchas otras familias, la suya se trasladó a la ciudad empujada por la crisis del petróleo de 1973 y Víctor Mansanet se fue directo al asfalto. Primero a València, después a Madrid y a Barcelona.

Víctor Mansanet, alcalde de Simat de la Valldigna, de paseo. / miguel lorenzo

En ese periplo, estudió y se hizo escritor y periodista. Volvía al pueblo solo de visita, a comer y poco más. Hasta que un reportaje de investigación sobre los PAI de la zona le devolvió a la comarca. A recorrerla y a hablar con unos y con otros para destapar los intereses económicos ocultos en esas operaciones. «Conocí a una persona, montamos una asociación, nos enamoramos y nos quedamos», resume. Aunque con divorcio e hijos de por medio no fue tan sencillo como lo pinta.

«Volver después de 40 años fue un cambio brutal. Aunque no había dejado de venir, el pueblo ya no lo conocía. Lo redescubrí», reconoce. Enclavado en un fértil valle que le da apellido y rodeado de campos de naranjos, Simat está protegido por el oeste por el monte del Toro y recorrido por el río Vaca. Pero, sobre todo, es conocido por albergar, apenas a unos pasos de su casco histórico, el impresionante Monasterio de Santa María de la Valldigna.

Al final se reintegró tanto en el pueblo que desde hace cinco años es su alcalde. «Me quedan tres y lo dejo», explica de paseo, saludando a unos y a otros y preguntando por la salud de familiares. Lo que ya no parece que vaya a dejar es de ser su vecino.