01 jun 2020

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Diego, operario del Ayuntamiento de Castellfort (Castelló), desinfecta las calles.

MIGUEL LORENZO

EL MUNDO POSCOVID / 8

Huir del virus: ¿y si nos vamos a vivir al campo?

Nacho Herrero


«En las últimas semanas ha llamado bastante gente preguntando por casas, incluso alguna inmobiliaria». Lo cuenta, sorprendida, Lucía Martí, alcaldesa de Palanques, un minúsculo pueblo (seis calles, 31 vecinos) en la despoblada comarca de Els Ports, en Castelló pero casi tocando con la no más concurrida Teruel. Ese repentino interés por el mundo rural es una de las inesperadas consecuencias del coronavirus, una pandemia con código postal eminentemente urbano y de la que ya hay quien se plantea huir.

El covid-19 mantiene confinadas a 47 millones de personas en el Estado; es decir asustadas, agobiadas y aburridas. Esa 'triple A', agitada por la extensión del teletrabajo pero también por las dudas de cómo y cuándo abrirán los colegios y por la amenaza de rebrotes, invita a plantearse un cambio de vida. De hecho, solo en las tres primeras semanas de encierro, la búsqueda de viviendas en capitales de provincia en Idealista cayó cinco puntos, que fueron a parar a otros municipios más pequeños. Algo se mueve.

Un nuevo éxodo se está fraguando al calor de la pandemia, con epicentro urbano, y la expansión del teletrabajo

«Puede haber movimiento y seguro que lo habrá», adelanta Dolores Sánchez, profesora del Departamento de Geografía Física y Análisis Regional de la Universitat de Barcelona. «Es posible que haya un retorno al mundo rural, pero no será masivo –aclara–.  Siempre ha habido neorrurales pero han tenido más importancia como tendencia que a nivel estadístico».

Un niño patina en el pueblo de Castellfort (Castelló).  / MIGUEL LORENZO

La intensidad del movimiento dependerá de varios factores, explica, pero especialmente de lo que dure la crisis sanitaria. Si se dilata, si hay rebrotes, apunta, habrá más gente que prefiera vivir a una distancia prudencial del epicentro del problema. «Cuanto más dure, más posibilidades, pero la memoria es frágil y si recuperamos el control de nuestras vidas ese sueño se esfuma», advierte.

La intensidad del movimiento
dependerá especialmente de cuanto se alargue la crisis sanitaria

Lo que ha quedado claro es que el confinamiento en los pueblos «se lleva mucho mejor», admite la alcaldesa Martí. «Te cruzas con menos gente así que piensas que hay menos riesgo de contagiarte», apunta. También hay más flexibilidad horaria y, sobre todo, «no es lo mismo abrir la puerta y asomarte a la ciudad que a la naturaleza», remarca.

Además de la duración de la crisis, por lo que implica de seguridad sanitaria y de restricciones, el gran elemento que determinará el flujo de vuelta al mundo rural será el empleo. Porque allí hay más bien poco. Parece que fue hace un siglo, pero solo tres meses atrás miles de manifestantes clamaban por la falta de oportunidades laborales en la España rural.

Ovejas y ordenadores

Mari Carmen Troncho es pastora de ovejas en Els Ports y no ve a muchos urbanitas haciendo su trabajo. «Esto da para ir tirando. El precio es igual que hace 20 años, así que antes te apañabas con sesenta ovejas y ahora tienes que tener 600. Eso da mucho trabajo: si cuentas las horas, no te deja nada. Así que alguien que trabaje en una ciudad sus ocho horas y tenga sus fines de semana y un mes de vacaciones no creo que quiera esto», reflexiona. Aunque a ella, que dejó un trabajo en una fábrica para hacerlo, le gusta.

La pastora Mari Carmen Troncho, en la comarca castellonense de Els Ports.  / miguel lorenzo

«Vivir de la tierra es muy complicado», confirma de nuevo desde Palanques Lucía Martí. «Lo que se debe lograr es que los que viven de ella lo puedan seguir haciendo y que otros pocos puedan hacerlo del turismo, pero tiene que haber buenas conexiones e internet de calidad para que se puedan activar otras cosas», reclama. No tanto pensando en los que puedan llegar, sino en los que todavía están. «Lo primero es trabajar para que los jóvenes que son de aquí y quieran quedarse lo puedan hacer. Luego, si quiere venir gente de fuera, pues perfecto, porque esta situación puede animar», reconoce.

Ahí entra el 'boom' del teletrabajo, coincide la profesora. «Hemos vivido una revolución estos dos meses, si se consolida sí que podemos empezar a hablar de un retorno más sólido», adelanta. No obstante, Sánchez recuerda que esta opción afecta a un número limitado de trabajos, que el paso se ha dado por obligación y que son muchos los que, como ella, están deseando aparcarlo.

Un traslado vinculado al empleo

Quien puede estar planteándose salir de la ciudad es, básicamente, quien tiene trabajo y se lo puede llevar fuera, al menos parcialmente. No lo hará el que no lo tenga o pueda perderlo. «Es difícil meterse en aventuras en un contexto económico en el que se espera una recesión», señala la vicedecana. «Y si la recesión es profunda, las expectativas y las oportunidades estarán en la ciudad», concluye.

Jornaleros de la naranja descansan en los campos de Simat de La Valldigna (València).  / miguel lorenzo

El tema de irse al pueblo está, por ejemplo, muy presente en un chat de Cèlia Dotu. «Un entorno con hijos y del barrio de Gràcia de Barcelona, por situar», apunta esta trabajadora de servicios sociales. El suyo es uno de los perfiles que se plantearían dar el paso, aunque fuera mixto y también en parte por economía, por precariedad, concretamente. «Aquí estamos pagando entre 1.200 y 1.300 euros por pisos de dos o tres habitaciones, casi todos sin terraza. Nuestras vacaciones no son en el sudeste asiático, sino en la piscina municipal, que no sabemos si van a abrir, y el gran triunfo es hacer una barbacoa con los amigos el fin de semana –explica–. Así que te planteas cambiar cuando piensas que podemos seguir encerrados en pisos pensados para dormir».

"Te planteas cambiar cuando ves que podemos seguir encerrados en pisos pensados para dormir", afirma la barcelonesa Cèlia Dotu

Entre 'memes' y vídeos surgen planes. Por ejemplo, tener una habitación en Barcelona para dormir cuando el trabajo lo exija o el placer urbanita lo pida, y dedicar el superávit a otro alquiler, compartido también, o no, en algún pueblo del interior. Perfiles y modelos hay varios; ventajas e inconvenientes, también.

«Aquí queda mucho por hacer y eso lo dice una convencida de que se vive mejor en el pueblo que en la ciudad», recuerda Martí. Su homóloga en la cercana Castellfort (unos 200 habitantes), Rosa Adela Segura, coincide en las ventajas: «La atención médica es casi individualizada. Yo a mi médico le envío un WhatsApp cuando me duele algo. No hay cola, no hace falta cita previa y es cierto que debes ir a Castelló para el especialista o para cosas graves, pero, total, está a una hora».

Aula  de lectura de la escuela rural de Castellfort.  /miguel lorenzo

Pero hay más. Con el fantasma de ratios máximas de 15 alumnos para el próximo curso, asegurarse que los hijos van a estar de lunes a viernes en la escuela es un punto y en estas zonas hay plazas. «En el colegio son muy pocos, ahora 12 o13 y divididos en dos clases, una de infantil y otra de primaria. Hay veces que me paso y parece que haya más profesores que alumnos», comenta.

La España vacía seguirá igual

En la tienda del pueblo, Fina Adell coincide en las ventajas pero también en que es difícil que muchos den el paso. «Todos nos dicen ‘qué bien vivís aquí’, pero al momento te dicen que esto es muy aburrido», comenta. «Te tienes que acostumbrar a no encontrarte a gente, al frío, a cosas que muchos de los que viven en la ciudad no soportan», reconoce la alcaldesa. «Pero este verano estaremos llenos», apunta la tendera.

"El destino de esta nueva migración serán municipios cercanos a las ciudades, las áreas remotas se seguirán vaciando", apunta la geógrafa Dolores Sánchez

Por todo eso, la profesora Dolores Sánchez cree que el destino de esa nueva migración serán principalmente «municipios con cierto numero de habitantes, dinámicos y en entornos accesibles». La mayoría de los que decidan abandonar una ciudad querrán mantener cierto movimiento y no tenerla muy lejos: «Las áreas más remotas seguirán vaciándose como llevan haciéndolo desde hace un siglo. Es una utopía pensar que van a volver a florecer».

Simat de la Valldigna puede ser un ejemplo de destino, con una población estable de unos 3.500 habitantes, a poco más de 40 kilómetros de València y con una economía eminentemente agrícola. Debido a que el covid-19 y sus múltiples aristas han subido los precios de frutas y verduras, «aquí se han empadronado 14 o 15 personas desde que empezó todo y eso no es normal», cuenta Víctor Mansanet, su alcalde.

El cierre de fábricas de las áreas metropolitanas de grandes ciudades ha llevado a algunos a volver a otros trabajos que durante años han hecho mayoritariamente inmigrantes que ahora no pueden entrar en el país.«Esta crisis ha reforzado el campo. Hay una reactivación, por lo menos en esta zona», asegura. Así que parece que habrá movimiento, pero que la España vaciada tampoco se llenará de golpe, sobre todo la menos poblada. Olvídense por tanto de ver en unos meses pancartas de No os vayáis en manifestaciones en ciudades semidesiertas.