01 jun 2020

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Beyoncé, vestida de etiqueta chandalera.

La (azarosa) edad del chándal

Icono de la cultura urbana y monetizado por el lujo, el nuevo traje global también remitirá en adelante a estas semanas de confinamiento, dolor e incertidumbre

Núria Marrón

Decía Karl Lagerfeld que el chándal es «una  señal de derrota», que te compras uno cuando pierdes el control de tu vida. Sin embargo, parece que los tiempos se están riendo a carcajadas de la mordacidad del diseñador. Al fin y al cabo, estos días de confinamiento chandalero no están siendo más que un 'bonus track' en el reinado absolutista de esta pieza tan endiabladamente transversal que, ya antes de erigirse en el uniforme doméstico de esta crisis, tanto la llevaba la 'topmodel' en la alfombra roja como el DJ de moda, el frutero de la esquina o la chavalada que escucha trap por los altavoces del móvil en el parque.

A la izquierda, Paris Hilton, que invirtió los primeros años del 2000 en los chándales Juicy Couture y en inventarse la industria de la atención. A su derecha, dos fieles: J Balvin y A$AP Rocky. 

Lo cierto es que en pocas prendas confluyen tantos significados como en el chándal. «¿Cómo algo tan utilitario puede significar tantas cosas para tanta gente?», se preguntaba en un artículo reciente el periodista Amos Barshad en la augusta 'New Yorker', en alusión a esta nueva hegemonía de una prenda que durante años estuvo confinada al inframundo del supuesto buen gusto y que, como símbolo de las culturas rap y urbana, se ha convertido en el 'dress-code' de jóvenes y adolescentes, y en una baza iconoclasta con la que la industria del lujo intenta cabalgar el siglo XXI. «El chándal no es una tendencia, es un cambio en la cultura de la indumentaria», apunta Charo Mora, profesora y especialista en moda. «Es el nuevo traje global, como en el siglo XX lo fue el 'new american tuxedo': la chaqueta y el pantalón vaquero».

De los ajos al hip hop

La palabra 'chándal' tiene origen francés y proviene de la abreviatura de dos términos, 'marchand d’ail' (vendedor de ajos),  la cual dio nombre, a finales del siglo XIX, a los jerséis de canalé con los que los verduleros del mercado parisino de Les Halles se resguardaban del frío con cierta comodidad. «El deporte como estilo de vida, sin embargo, se remonta a hace un siglo, a principios de los años 20, cuando nació el concepto de juventud, y con él la idea de conservar el cuerpo joven»,  dice la experta en moda y consultora Inmaculada Urrea.

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Así, el deporte moldeó una manera de vestir más cómoda que preparó el terreno, ya en los años 70, para el gran advenimiento del chándal como indumentaria del tiempo de ocio. Ahí estaban los JJOO de Múnich, el 'traje Adidas' de Beckenbauer, los deportes callejeros, el skate y los jóvenes de las barriadas afroamericanas de EEUU que, mirándose en el espejo de sus ídolos deportivos, convirtieron el chándal y el oro –anatemas del gusto burgués– en signos de pedigrí de la incipiente cultura hip hop. Paradigmáticos del nuevo orden fueron el grupo Run DMC, que con sombreros borsalinos, cadenas macizas y 'total look' deportivo incluso lanzaron la canción 'My Adidas'. Adivinarán que las ventas de la marca fueron estratosféricas. «La generación hip hop es la mejor constructora de marcas que el mundo haya conocido», dijo el legendario productor Russel Simmons.

 

En los 80, mientras la cultura rap seguía avanzando en esa tensión irresoluble entre la contestación incendiaria y la comercialidad, el chandalismo también se convirtió en el elemento fetiche del furioso culto al cuerpo –«las marcas se dieron cuenta entonces del filón que tenían las colecciones deportivas», afirma Urrea– y de dos fenómenos eminentemente locales:  fue el vestuario, ridiculizado hasta el aburrimiento, de los sábados en el híper y los domingos en el merendero, y el 'sportwear' preferido de las folclóricas.

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Taquigrafía de clase

Está claro que el dos piezas también tiene su taquigrafía de clase. «Decirme que me quite el chándal es como pedirme que cambie mi color de piel; es lo que soy, soy de los márgenes y es lo que llevo», dijo el músico Novelist. Así, tras pasarse los años 90 vistiendo a la muchachada 'hooligan' y cervecera del brit pop (y en los 2000 a Paris Hilton en su conversión a la industria de la atención), la prenda ha llegado hasta nuestros días «encarnando esa épica del barro, esos héroes presuntamente peligrosos a los que cantan un grueso de grupos de hip hop, trap y reggaetón», apunta Mora. «A día de hoy –añade–, está claro que la cultura hiphopera, con su espectacularización de la indumentaria,  con las uñas y las pedrerías de lideresas como Beyoncé y Rosalía, ha entrado en el torrente sanguíneo de la  moda».

«Desde los años 60, el nervio de la moda está en la juventud del extrarradio», añade Urrea, para quien el chandalismo, además, se ha convertido en el vestuario de otro gran fenómeno contemporáneo: la fluidez de género.

Más allá de eso, en futuras antologías, seguramente el chándal también remitirá a estos tiempos de confinamiento, temor e incertidumbre, en los que las familias no pueden ni despedirse de sus seres queridos y nos preguntamos qué vendrá después, si un mundo más despiadado o un proyecto más cuidadoso con todo el mundo.